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¿Un discurso histórico?

  • Foto del escritor: Alvaro Echeverri Uruburu
    Alvaro Echeverri Uruburu
  • hace 6 días
  • 4 Min. de lectura

En el foro de Davos, Suiza, celebrado este año entre el 19 y el 23 de enero, la intervención a cargo del primer ministro de Canadá, Mark Carney, fue celebrada por los asistentes y la prensa mundial como trascendental.


En su discurso Mark Carney- ciertamente un hombre destacado de la élite económica mundial capitalista como gerente de los Bancos de Inglaterra y Canadá- reconoció que se ha producido una “ruptura” definitiva del orden mundial sometido a reglas, al tiempo que señalaba que este había sido una ficción que pocos se habían atrevido a reconocer. Que se había vivido, por tanto, en una cómoda y beneficiosa mentira.


Este “descubrimiento” del premier canciller canadiense lo ha sido para lo que él  ha llamado “potencias intermedias”, entre las cuales se encontraría desde luego su país, lo mismo que algunas otras naciones pertenecientes a la Unión Europea, como la Gran Bretaña, Alemania, Francia o Italia.


La reiterada política del presidente Trump de imponer aranceles a todos los países que registrasen superávits en sus relaciones comerciales con la potencia norteamericana o cuyas políticas internas no resultasen de su agrado -como en el caso de Brasil, castigado con aranceles de un 50%  a sus exportaciones a raíz del juicio seguido al  ex presidente Jair Bolsonaro ,amigo de Trump, por tentativa de golpe de Estado-, lo mismo que las reiteradas amenazas de Trump de apoderarse militarmente de Groenlandia, todo lo cual le ha permitido a Mark Carney descubrir lo que era evidente desde hace tiempo para los países del sur global : que en el marco de unas relaciones internacionales asimétricas y en contradicción a “un orden sometido arreglas iguales para todos”, estos países se encuentran obligados indefectiblemente al cumplimiento de las normas del Derecho Internacional. En cambio, esas mismas normas operan de manera parcial para las grandes potencias y solamente cuando sirven a sus intereses.


Así, en contra de claras disposiciones legales de naturaleza internacional, las naciones más débiles han sufrido golpes de Estado cuando han intentado autonomizarse de las grandes potencias; intervenciones militares sin autorización del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, cómo las realizadas  por Estados Unidos en distintos países del planeta o las efectuadas por las nostálgicas potencias coloniales europeas en sus antiguos dominios de África o de Asia, alegándose en todos los casos “razones de seguridad hemisférica”-léase  intereses económicos de occidente-.


La última acción militar del poder hegemónico en nuestro continente ha sido la invasión a Venezuela, que condujo a la captura de su presidente en ejercicio, Nicolás Maduro. Aunque el régimen de este era una incuestionable dictadura, acusada de violaciones sistemáticas de los derechos humanos y con una legitimidad de origen cuestionada, ninguna de estas circunstancias autorizaba la violación de la soberanía del Estado venezolano y el “uso de la fuerza en contra de su independencia e integridad territorial”, de acuerdo a la regla del artículo 2.4  de la Carta de las Naciones Unidas.


Volviendo al discurso de Mark Carney, la solución que él propone en este mundo fragmentado y de “rivalidades entre las grandes potencias” para enfrentar la nueva realidad de unas relaciones internacionales sin reglas, consiste en desarrollar “autonomías estratégicas compartidas” entre los países que él ha clasificado como potencias intermedias. Gracias a que éstas tienen los recursos naturales más apreciados, tecnologías avanzadas y el capital humano capacitado, pueden enfrentar de manera conjunta y eficaz a las potencias hegemónicas (Estados Unidos, China y Rusia). Se trata de actuar juntos para sobrevivir: “si no estamos en la mesa estaremos en el menú”, lo expreso Carney  con cierto  humor negro.


Los países de desarrollo intermedio como Colombia y los más pobres y débiles del planeta, no parecen haber quedado incluidos en esta ecuación propuesta por el premier canadiense.

En el caso particular de los países latinoamericanos, que han  constituido desde el siglo IX “el patio trasero del hegemón norteamericano” y ahora sujetos de manera explícita a la vieja “doctrina Monroe”, redefinida en los términos de Trump - “doctrina Donroe”- , que en su nueva estrategia de defensa de los Estados Unidos ,plantea la imposibilidad para estos de “constituir autonomías estratégicas” de cualquier orden que impliquen la injerencia  de potencias rivales como China o Rusia en este hemisferio, como podría ocurrir de manera individual o  mediante asociación con los países BRICS.


Los países de Europa que apoyaron al gobierno de Dinamarca en su diferendo con Trump acerca de sus pretensiones imperiales sobre Groenlandia han demostrado que con unidad y firmeza se pudo obligar a retroceder por ahora, retroceder por ahora  al gobernante norteamericano.


Infortunadamente, en América Latina, priman en este momento más las posturas de izquierda o de derecha de sus gobernantes que la necesidad de construir posiciones unificadas que  permitan a sus países definir sus políticas internas y sus relaciones internacionales de manera autónoma enfrentando con prudencia y determinación el injerencismo  abusivo del poder norteamericano. En este aspecto tuvo razón Mark Carney cuando dijo: “no se engañen creyendo que la obediencia compra seguridad”.


*Ex-Costituyente 1991. Ex-Magistrado Consejo Superior de la Judicatura. Magister en Ciencia Política.

 

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