EL MUNDO DE RUBIK
- Jorge Mendoza

- hace 6 días
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La visita del presidente Donald Trump a China, del 13 al 15 de mayo de 2026, estuvo precedida de una gran expectativa, pues no se conocían con precisión los objetivos que se buscaban ni el clima que se encontraría en la cumbre de los líderes de las dos naciones más poderosas del mundo.
En China se publicó la visita con muy poca anticipación, y en Estados Unidos se sabía poco de los preparativos del encuentro. Obviamente, se esperaba que se buscara un camino expedito para avanzar en la solución de las guerras de Rusia-Ucrania y Estados Unidos + Israel-Irán. También se suponía que se resolverían las diferencias comerciales derivadas de la guerra de aranceles impuesta por Trump a China, se abordaría el tema de la venta de armas estadounidenses a Taiwán y, en general, se abriría un diálogo de alto nivel sobre temas de importancia capital para el futuro de la humanidad. En resumen, se esperaba una medición de fuerzas entre los pesos pesados para definir quién se mostraría más apto para dominar el mundo.
Pues bien, el presidente Trump se presentó acompañado de un equipo muy fuerte, NO de geopolíticos, estrategas o negociadores tradicionales, sino de empresarios de grandes compañías de tecnología (Tesla, Apple, Nvidia), del sector financiero (Black Rock, Citigroup, Visa), industria militar (Boeing, General Electric), alimentos, biotecnología y otros. Trump no intentó incomodar al presidente Xi Jinping con un apretón de manos desmesurado, una sonrisa burlona o un comentario altisonante, como suele hacer. Se comportó a la altura.
El presidente Xi Jinping, en su discurso, aplicó toda su diplomacia oriental y, en medio de palabras de cordialidad e invitación a la cooperación, mencionó dos puntos que debieron resonar en la mente de toda la delegación estadounidense. Primero dijo: “este año ustedes cumplen 250 años de su independencia”. Obviamente era un recordatorio de los más de 5.000 años de civilización china. Y segundo: “no debemos caer en la trampa de Tucídides”, refiriéndose al historiador griego que narró la Guerra del Peloponeso (siglo V a. C.) entre Esparta (potencia dominante) y Atenas (potencia ascendente), y afirmó: “Fue el ascenso de Atenas y el temor que esto infundió en Esparta lo que hizo inevitable la guerra”. Esa observación se ha convertido en una metáfora clásica para explicar cómo el miedo y la rivalidad pueden llevar a la guerra cuando una potencia emergente desafía el orden establecido. Claramente, el líder chino le advertía a Trump que su nación actuaba movida por el temor de perder la hegemonía mundial ante el auge de China.
Al final no fue una pelea de gladiadores, sino una reunión de negocios multimillonaria y una confirmación inequívoca del respeto mutuo entre las dos naciones más poderosas de la Tierra. Fue una excelente noticia, pues el mundo es como un cubo de Rubik que se desarma y se vuelve a armar, pasando del caos a una posición caórdica que mantiene el equilibrio estratégico (ver mi artículo “Viva el Caos”, publicado en esta revista en julio de 2024). En el siglo XXI estamos viendo cómo el caos geopolítico se manifiesta en guerras regionales, mientras los principales bloques económicos luchan por encontrar su lugar en el nuevo orden internacional, como piezas del cubo que, dando giros, se reacomodan en el panorama global.
Lo anterior queda confirmado con la visita del presidente de Rusia a China solo pocos días después de la de Donald Trump. Los temas anunciados fueron la asociación integral y cooperación estratégica, la conmemoración del 25º aniversario del Tratado de Buena Vecindad, Amistad y Cooperación (2001), la cooperación económica, comercial, energética, financiera e industrial, el intercambio de opiniones sobre temas globales (Ucrania, Oriente Medio/Irán, Corea del Norte, etc.) y la inauguración de los “Años de la Educación Rusia-China 2026-2027”, orientados a aumentar los intercambios educativos, científicos y culturales, programas conjuntos de universidades, colaboraciones entre jóvenes y profundizar los lazos "pueblo a pueblo".
Al final de las dos visitas a China, Estados Unidos logró vender 200 aviones Boeing, China acordó compras de productos agrícolas por decenas de miles de millones de dólares anuales (incluyendo soja), una reducción recíproca de aranceles en ciertos productos, la venta de chips avanzados NVIDIA H200 a varias empresas chinas y posibles compras de petróleo y gas natural estadounidense. Gran logro para las grandes empresas y sus dueños. ¿Algo concreto para el pueblo estadounidense? Poco o nada. Entre tanto, el presidente Putin habló con su homólogo chino de becas estudiantiles, intercambios culturales y científicos, fortalecimiento de los sistemas educativos y temas acordes con una visión de estadista preocupado por el bienestar futuro de los rusos.
Grandes líderes que gobiernan las tres mayores potencias del planeta. Sin embargo, tanto Vladimir Putin como Donald Trump se encuentran actualmente empantanados en sendas guerras que diariamente dejan miles de muertos civiles y militares, y que afectan de manera importante la economía y la política mundial. Son las dos caras de una humanidad que no termina de madurar, que no recuerda los principios universales de convivencia, el respeto por las diferencias, ni prioriza los valores humanos más elementales.
De todas formas, el orden hegemónico tripolar ya está en marcha. Durante el resto del siglo XXI veremos a Estados Unidos, China y Rusia como los líderes que orienten las soluciones a los problemas mundiales más relevantes, apoyados en los avances tecnológicos y el desarrollo del pensamiento humano. Los demás bloques geopolíticos (BRICS, Oriente Próximo, África, el Este Asiático, Israel y las Américas) deberán definir su posición en el cubo de Rubik reordenado en el que viviremos la segunda mitad de este siglo.
Queda pendiente para Colombia definir el camino que va a escoger para integrarse al nuevo orden: cuál será su posición estratégica y, sobre todo, cuál será el modelo de país que aporte el mayor bienestar a sus habitantes. Lo que está claro es que ni China ni Rusia son monstruosos enemigos que buscan dominarnos o invadirnos. Debemos alejarnos de las preconcepciones implantadas por narrativas atemorizantes de los medios de comunicación y las redes sociales, y definir con pragmatismo dónde queremos quedar al final de este reacomodamiento planetario.
*Economista de la Universidad de los Andes y Economía Internacional en la Universidad del Rosario de Bogotá.

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