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Venezuela como un socio natural para Colombia; practicidad vs ideología

  • Miguel Angel Perez
  • hace 4 días
  • 10 Min. de lectura


La variable constante en la política exterior colombiana

Hay algo que une a gobiernos tan distintos como los de Álvaro Uribe y Gustavo Petro: Venezuela siempre termina siendo un tema de agenda. No importa el color político del presidente de turno. Los más de 2.219 kilómetros de frontera compartida, la historia común y la complementariedad económica hacen que ignorar a Venezuela sea, sencillamente, imposible.


La pregunta que define a cada gobierno no es si relacionarse con Venezuela, sino cómo hacerlo. Y en esa disyuntiva emerge la tensión central del debate: ¿hasta qué punto la ideología puede sacrificar la practicidad, o viceversa?


Para entender el drama que ha significado la relación comercial con Venezuela, hay que partir del dato que todos los analistas citan como referencia y que ningún gobierno ha podido replicar. En 2008, bajo los mandatos de Álvaro Uribe en Colombia y Hugo Chávez en Venezuela, las exportaciones colombianas al vecino país alcanzaron los USD $6.071 millones, convirtiendo a Venezuela en el segundo socio comercial de Colombia, solo superado por Estados Unidos. En términos del intercambio total, la cifra llegó a los USD $7.211 millones ese año.


Lo paradójico es que ese fue también el año en que comenzó el deterioro. Los contratos ya estaban firmados, pero las fricciones políticas entre Uribe y Chávez —acusaciones cruzadas sobre las FARC, el episodio de Angostura, las tensiones en la OEA— empezaron a erosionar una relación que parecía inquebrantable. Para 2009, las exportaciones colombianas ya habían iniciado su caída.


Uribe (2002–2010): el pico y la primera ruptura

La relación con Venezuela durante el gobierno de Uribe fue de contrastes agudos. La primera mitad de su mandato coincidió con el boom petrolero venezolano y con una economía que demandaba productos colombianos masivamente. El comercio creció de forma sostenida entre 2002 y 2008. Pero la segunda mitad fue de escalada de tensiones: acusaciones sobre la presencia de las FARC en Venezuela, la crisis diplomática de 2010 cuando Colombia denunció ante la OEA la existencia de campamentos guerrilleros en territorio venezolano, y la ruptura temporal de relaciones.

Para cuando Uribe dejó el poder, las exportaciones ya habían colapsado. En 2010, se ubicaron alrededor de USD $1.000 millones —una caída de más del 80% frente al pico de 2008.

Lección del período: La seguridad y la ideología predominaron sobre el comercio. Colombia ganó en músculo retórico frente a Caracas, pero sus empresarios perdieron miles de millones y unas 4.000 firmas vieron comprometida su actividad exportadora.


Santos (2010–2018): la normalización pragmática

La llegada de Juan Manuel Santos a la presidencia representó un giro inmediato. Uno de sus primeros actos fue normalizar las relaciones con Venezuela, en un movimiento que la academia ha descrito como el tránsito de una política exterior ideológica a una pragmática orientada al comercio. Con Santos, la relación mejoró y los flujos comerciales se recuperaron parcialmente, aunque sin acercarse a los niveles de 2008. En 2011, las exportaciones colombianas llegaron a USD $1.750 millones.

Sin embargo, el período Santos también reveló los límites estructurales de la relación. A pesar de la normalización diplomática, el deterioro de la economía venezolana —marcado por la escasez, el control de cambios y la expropiación de empresas— limitó la capacidad de compra del vecino. Las exportaciones se ubicaron en un rango entre USD $1.000 y USD $2.500 millones durante sus años de gobierno, muy lejos del potencial demostrado en 2008. En 2015, Venezuela cerró unilateralmente la frontera con Colombia tras un incidente con militares venezolanos, lo que golpeó nuevamente el comercio, especialmente en las regiones fronterizas.

Lección del período: La diplomacia abre puertas, pero no reemplaza la estabilidad macroeconómica del socio. Venezuela podía querer comprar, pero la crisis interna limitaba su capacidad de pagar.


Duque (2018–2022): el congelamiento total

El gobierno de Iván Duque representó el punto más bajo de la relación en tiempos recientes. El reconocimiento de Juan Guaidó como "presidente interino" de Venezuela en 2019, la ruptura total de relaciones diplomáticas por parte de Maduro, y el cierre de los pasos fronterizos llevaron el intercambio comercial a su mínimo histórico: USD $237 millones en 2019, de los cuales apenas USD $196 millones fueron exportaciones colombianas.

Para contextualizar la magnitud del colapso: en 2008 Colombia exportaba a Venezuela más de USD $16 millones por día. En 2019, exportaba menos de USD $540.000 diarios. Una empresa que en su mejor momento facturaba $100 al mes, ahora facturaba $3,2.

Lección del período: La ideología tuvo un costo medible y cuantificable. El alineamiento con la postura de Washington frente a Maduro aisló a Colombia de un mercado históricamente natural.


Petro (2022–2026): la reapertura y sus límites

Cuando Gustavo Petro asumió la presidencia en agosto de 2022, el restablecimiento de relaciones con Venezuela fue una de sus primeras y más simbólicas decisiones. En septiembre de ese año se reabrió la frontera y comenzó la recuperación del intercambio comercial. En 2023, el comercio binacional llegó a USD $797 millones. En 2024, alcanzó USD $1.137 millones, un crecimiento del 42,7% respecto al año anterior. Para 2025, entre enero y noviembre las exportaciones colombianas sumaban USD $1.051 millones.


Pero las cifras también revelan las limitaciones del modelo. Los dos gobiernos habían pactado en 2023 una meta de USD $1.700–1.800 millones para ese año. Dos años después del restablecimiento, el intercambio acumulado apenas superaba esa cifra total. La meta de USD $10.000 millones que CAVECOL proyectó para 2024 resultó una fantasía con los pies en el cielo.


Lección del período: La afinidad ideológica facilita la apertura de canales, pero tampoco garantiza el comercio. La capacidad de compra de Venezuela sigue siendo el cuello de botella estructural, junto con la incertidumbre política y los problemas de pago.

La balanza comercial: siempre a favor de Colombia

Año

Exportaciones Colombia→Venezuela

Importaciones desde Venezuela

Intercambio Total

2005

~USD $2.097 M

~USD $1.022 M

~USD $3.119 M

2008

USD $6.071 M

USD $1.140 M

USD $7.211 M

2010

~USD $1.000 M

~USD $1.000 M

2011

USD $1.750 M

USD $534 M

~USD $2.284 M

2015

USD $1.060 M

2019

USD $196 M

USD $41 M

USD $237 M

2022

USD $632 M

2023

USD $673 M

USD $117 M

USD $797 M

2024

USD $1.003 M

USD $134 M

USD $1.137 M

2025 (ene–ago)

USD $680 M

USD $74 M

~USD $754 M


Fuentes: DANE, Cámara Colombo Venezolana, CAVECOL, Analdex

Un dato que se mantiene constante a través de todos los gobiernos y todas las coyunturas: la balanza comercial ha sido sistemáticamente favorable para Colombia desde el año 2000. Es Colombia quien vende, y Venezuela quien compra. Esto define la asimetría del vínculo: quien más pierde cuando se rompen las relaciones es Colombia, específicamente sus exportadores.


El episodio de la CAN: cuando la ideología venció a la integración

En abril de 2006, durante una reunión en Asunción con los presidentes de Bolivia, Paraguay y Uruguay, Hugo Chávez anunció sorpresivamente la salida de Venezuela de la Comunidad Andina de Naciones (CAN), a la que describió como una institución "muerta" y "al servicio de las élites". La justificación formal fue la negociación de tratados de libre comercio (TLC) por parte de Colombia y Perú con Estados Unidos, algo que Chávez consideró incompatible con el espíritu de integración regional y funcional a los intereses del "imperialismo".

La paradoja es notable: Venezuela usó un argumento ideológico —la oposición a los TLC— para abandonar el único marco de integración efectivo que regulaba su comercio con Colombia. Las consecuencias fueron inmediatas. Colombia perdió a su segundo socio comercial más importante dentro de un marco preferencial. Venezuela perdió acceso a bienes colombianos en condiciones arancelarias favorables.


El dato habla por sí solo: en 2008, el intercambio entre Venezuela y sus socios andinos alcanzó el récord de USD $12.421 millones. De esa cifra, USD $7.290 millones correspondían solo al intercambio colombo-venezolano. Era el motor de la integración andina, y Chávez lo desconectó. Pero la ideología como argumento se puede cuestionar a favor del dirigente venezolano. La CAN había nacido como un proceso de integración latinoamericano pero sus integrantes empezaron a firmar acuerdos de libre comercio con estados unidos, lo cual iba en contravía del espíritu de los esfuerzos andinos. En mi tesis de grado; el papel de la interdependencia económica en la comunidad andina, se  menciona este capitulo de Venezuela y además se explica que la clave para los ´procesos de integración económica es crear interdependencia compleja; para que los costos de abandonar los procesos de integración.


La salida de la CAN fue definitiva. En 2011, cinco años después del anuncio, Venezuela completó su proceso de retiro formal. Hasta hoy, los dos países funcionan bajo el Acuerdo de Alcance Parcial N° 28, un instrumento que el gobierno Petro actualizó en 2022 añadiendo preferencias arancelarias para más de 1.200 productos adicionales.


El potencial de mercado: ¿qué tan grande es la oportunidad?

La pregunta que recurrentemente se hacen los empresarios colombianos es: ¿cuánto podría venderle Colombia a Venezuela si las condiciones fueran óptimas? Para responderla, es necesario mirar los fundamentos del mercado venezolano.


Venezuela tiene una población estimada de 28,5 millones de habitantes —de los cuales varios millones residen en el exterior tras años de emigración masiva— y un PIB per cápita que el FMI estimó en torno a los USD $4.510 en 2024, con una contracción proyectada para 2025. La economía creció alrededor del 8,5% en 2024, impulsada principalmente por el sector petrolero, pero el consumo interno siguió siendo débil. Los salarios en el sector privado promediaban USD $255 mensuales, y la inflación, aunque bajó frente a años anteriores, se mantuvo por encima del 50% anual.


El PIB total de Venezuela se estima actualmente en alrededor de USD $90.000–100.000 millones, una fracción de los USD $482.000 millones que el país alcanzó en 2014. La teoría económica sugiere que el consumo de los hogares representa entre el 60% y el 70% del PIB de una economía, lo que situaría el consumo privado venezolano en el orden de los USD $55.000–70.000 millones anuales.


Con exportaciones colombianas que hoy rondan los USD $1.000 millones anuales, Colombia apenas captura entre el 1,5% y el 2% del consumo privado venezolano. El contraste con el punto de máxima integración de 2008 —cuando Colombia capturaba una porción mucho mayor de ese mercado— muestra la magnitud de la oportunidad desaprovechada.


La Cámara de Integración Económica Venezolano Colombiana (CAVECOL) ha proyectado metas ambiciosas de hasta USD $10.000 millones de intercambio anual, lo cual implica multiplicar por diez las cifras actuales. Esa meta solo sería posible si Venezuela lograra estabilizar su macroeconomía, recuperar capacidad de pago, y Colombia pudiera ofrecer financiamiento y mecanismos de pago seguros para sus exportadores.


Los productos colombianos que más demanda tiene Venezuela hoy son reveladores de la situación: confitería, leche, plásticos, aceites, bombas para líquidos. Son los bienes básicos de una economía que no ha podido reconstruir su industria nacional. Ahí está la oportunidad, pero también la fragilidad: depende de que Venezuela siga siendo incapaz de producirlos, lo cual no es un escenario deseable para nadie a largo plazo.

 

Los retos del próximo gobierno: cuatro tareas impostergables


1. Controlar el crimen transfronterizo

La frontera colombo-venezolana no es solo una línea en el mapa: es uno de los corredores criminales más activos de América Latina. El ELN, el Estado Mayor Central de las FARC y la Segunda Marquetalia han utilizado el territorio venezolano como base de operaciones, refugio y corredor para el narcotráfico durante más de una década. Con el repliegue forzado tras la caída de Maduro, Colombia enfrenta una presión adicional sobre sus territorios fronterizos.


Según el Índice Global de Terrorismo 2026, Colombia figura entre los diez países más afectados por el terrorismo a nivel mundial, con la frontera colombo-venezolana como el principal foco del fenómeno en América Latina. El próximo gobierno deberá asumir un enfoque integral que combine presencia militar efectiva, inteligencia sofisticada y cooperación binacional —ahora con el nuevo gobierno venezolano— para recuperar el control de esos territorios.


2. Evaluar la pertinencia de la zona económica binacional

El concepto de zona económica especial en la frontera ha flotado en el debate académico y político durante años. La frontera Táchira–Norte de Santander, según el propio PNUD, concentra uno de los mayores potenciales económicos de América Latina y opera muy por debajo de su capacidad. Cúcuta concentra más del 52% del flujo de comercio binacional, pero la informalidad, el contrabando y la inseguridad han impedido que ese potencial se traduzca en desarrollo sostenible.


La pregunta no es si existe el potencial —existe claramente— sino si las condiciones de seguridad, gobernanza y estabilidad política son suficientes para justificar una apuesta institucional de largo plazo.


3. Cooperar con Estados Unidos en seguridad regional

El modelo de cooperación entre Colombia y Ecuador —donde Bogotá y Washington han articulado esfuerzos contra el crimen organizado transnacional— ofrece una plantilla replicable para el contexto venezolano. Con la presencia militar estadounidense en Venezuela como nueva variable geopolítica, Colombia tiene una oportunidad única de posicionarse como socio estratégico en la transición del vecino, aportando experiencia institucional, capacidades de inteligencia y una agenda de seguridad regional coherente.

Este no es un alineamiento ideológico: es pragmatismo puro. Colombia tiene los mismos intereses que Washington en una frontera estable, con grupos armados desarticulados y flujos migratorios manejables. El próximo gobierno deberá construir esa agenda de seguridad compartida sin sacrificar su capacidad de interlocución con Caracas —sea quien sea quien gobierne Venezuela— ni su autonomía diplomática.


4. Aumentar significativamente el comercio con incentivos y mecanismos concretos

La apertura de fronteras es condición necesaria pero no suficiente para que el comercio fluya. Los exportadores colombianos que intentaron trabajar con Venezuela durante el período Petro enfrentaron problemas reales y concretos: incertidumbre en los pagos, falta de mecanismos financieros seguros, volatilidad cambiaria y ausencia de garantías jurídicas. Muchas pequeñas empresas optaron por no arriesgarse, a pesar de la reapertura formal.


El próximo gobierno necesita construir una arquitectura institucional que proteja a los exportadores: mecanismos de seguro de crédito a la exportación, cuentas en terceros países para pagos bilaterales, marcos de arbitraje transparente, y una agenda de facilitación logística que reduzca los costos de cruzar la frontera. Sin esos instrumentos, el comercio seguirá dependiendo de la voluntad política de los presidentes de turno, en lugar de responder a la lógica empresarial de las oportunidades de mercado.


Conclusión: la geopolítica no se elige, pero la estrategia sí

Colombia no eligió tener a Venezuela como vecino, así como no eligió la longitud de su frontera ni la historia que comparte con ella. Lo que sí elige, gobierno tras gobierno, es cómo gestionar esa realidad.


Los datos son contundentes: cada vez que la ideología ha predominado sobre la practicidad —en cualquiera de sus versiones, tanto la izquierda que idealiza a Caracas como la derecha que la demoniza— Colombia ha pagado un costo económico cuantificable. Cada vez que la pragmática ha guiado la política exterior, el comercio ha respondido.


Pero la practicidad sin principios también tiene sus trampas. Mantener relaciones comerciales a cualquier costo, ignorando las violaciones a los derechos humanos y el refugio dado a organizaciones criminales, no es solo éticamente cuestionable: también es geopolíticamente miope, porque erosiona la confianza de los aliados democráticos y legitima regímenes que, paradójicamente, han sido los principales obstáculos para que esa relación comercial alcance su verdadero potencial.


El verdadero reto del próximo gobierno colombiano no es elegir entre ideología y practicidad. Es construir una política exterior lo suficientemente sofisticada para combinar principios claros con intereses bien definidos. Eso significa defender la democracia y los derechos humanos en Venezuela sin cerrar la frontera; combatir el crimen transfronterizo sin renunciar al diálogo; y multiplicar el comercio sin depender de la buena voluntad de ningún autócrata.


*Politologo

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