Una monja del siglo XIX reescribe la Novena de Navidad hasta hoy vigente.
- Esperanza Niño Izquierdo

- 27 nov 2025
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Los colombianos tenemos algunos símbolos, deportes y costumbres que nos unen y son manifestaciones que por sus características apasionan a grandes y chicos. Entre una de las más conocidas y celebradas es el tiempo de Navidad. Somos testigos de que cada año que pasa el comercio se apodera de las vitrinas desde mediados del mes de octubre cuando aún no ha pasado la “fiesta de brujas”, para ofrecer un sinnúmero de artículos, adornos, árboles luces, imágenes del nacimiento de Jesús, etc. que adornara las casas en el mes de diciembre, atendiendo a las posibilidades de cada bolsillo.
La idea de celebrar la Navidad en familia es un sentimiento propio de este país del sagrado corazón, al que une con “sagrada pasión” la Novena de Navidad, buñuelos, natilla, tortas y todas las viandas posibles para acompañar la Tutaina y el burrito sabanero, después de compartir entre muchos la lectura del librito que contiene unos versos un poco ilegibles, poco entendibles y palabras que no son del dialogo cuotidiano. Este escrito se ha tratado por décadas de actualizar sin ningún éxito. Siempre hay comercios y editoriales prestos a reeditar y vender la novena, pero “ la original”. Tampoco falta cada año, el lingüista que sale a ilustrar el significado palabras rebuscadas que suenan a la lectura del Quijote en el mencionado librito, tales como padre “Putativo”, “prosternado,“humanado” “benignísimo”, “cayado” entre algunas de ellas.
Sin embargo, muy pocos de los que rezan con gran entusiasmo la citada novena saben de donde salieron esos versos y canticos que se acompañan con maracas, panderetas, tamboriles, entre otros. Pues bien, para sorpresa de muchos esta prosa sofisticada, anticuada y muy alambicada, fue reinventada en las primeras épocas republicanas , por una monja del convento de La Enseñanza llamada María Ignacia Samper Acosta cuyos textos antiguos habían llegado a Bogotá de las manos de un Fraile Franciscano de nombre Fray Fernando de Jesús Larrea de origen ecuatoriano, quien los envío a la Madre superiora doñaClemencia Gertrudis de Jesús Caicedo Vélez Ladrón de Guevara de Aróstegui, fundadora del convento y del Colegio de la Enseñanza que fuera la primera institución educativa para señoritas en Bogotá a la cual ingresó María Ignacia, quien después llegaría a ser la superiora de esta institución.
María Ignacia Samper, hija de Soledad Acosta de Samper una de las primeras escritoras colombianas y de José María Samper, escritor y diplomático colombiano, quienes le ofrecieron a su hija una educación fuera de lo común en esa época, lo que le permitió aprender idiomas como el inglés y en francés, leer de primera mano la literatura mística española, desde antes de ingresar al convento, de donde pudo surgir su inspiración para lograr los versos dedicados al niño Jesús.
Lo curioso de esta historia es como se adelantaba el ritual hacia 1730 cuando se instauro la novena, -aunque se conoce que su publicación se hizo por vez primera hasta 1884 según los datos*, en la ciudad de Quito- que imponía a los monjes en las capillas y en los conventos a las religiosas, un ritual bastante severo y que exigían sacrificios tales como besar el piso varias veces durante al menos una hora, rezar mínimo 150 aves marías; ayunos y otras mortificaciones bastante particulares.
Para dar un ejemplo tenemos algunas de las imposiciones de la época necesarias para iniciar el ritual de la novena:
“Además de la confesión y la comunión, los feligreses debían dedicar una hora diaria de oración para luego rezar con fe la Novena que sugería «mortificaciones» muy serias para lograr «benignas influencias». Por ejemplo, para el primer día se debían hacer «reverencias a las camisitas del Niño» y besar 33 veces el suelo. En el segundo se reverenciaban «los pañales de Jesús» y era necesario orar por las ánimas del Purgatorio. Para el tercero había que procurar el silencio durante todo el día. En el cuarto, era obligatorio rezar un Rosario de 150 avemarías y en el quinto la penitencia incluía el Viacrucis. En el sexto eran de estricto rigor 50 actos de contrición y en el séptimo tocaba dar limosnas a los pobres y visitar enfermos. Los dos últimos días eran los más severos: en el octavo tocaba dormir en una cama dura y golpearse con una disciplina y en el noveno, la pena era postrarse siete veces ante el Divino Infante y, si fuera posible, ayunar con agua y pan.”*
Un siglo después Maria Ignacia, ya convertida en monja, publica la novena una vez reescrita y modernizada, suprimiendo todos los rituales de sacrificio como las nueve oraciones que se debían leer después de cada consideración y por el contrario introduce una redacción más cálida y familiar, adicionando musicalidad con los gozos y los villancicos como Tutaina, incluyendo el matiz de la idiosincrasia colombiana. Cambia desde la oración inicial que denomina “oración para todos los días: “Benignísimo Dios de infinita caridad”. También redacta de su propia cosecha la oración al Niño Jesús: “acordaos, oh! dulcísimo niño Jesús”, basada en su devoción originada en las lecturas escritas en 1636, por una carmelita descalza Margarita del Santísimo Sacramento a quien según la mística católica se le había aparecido el “Divino Niño” y le había hecho su revelación: “todo lo que quieras pedir, pídelo por los méritos de mi infancia y nada te será negado”. Insatisfecha con sus inspiración y cambios decide incluir unos melodiosos versos como “dulce Jesús mío mi niño adorado, ven a nuestras almas, ven/ ven /ven a nuestras almas/ ven no tardes tanto”. Todo ello con el ánimo claro de llegar a las gentes del común. Versos que aún después de más de dos siglos se sigue recitando de igual manera. Finalmente le da el nombre de Novena de aguinaldotal como la conocemos los colombianos y ecuatorianos hoy.
La monja María Ignacia, para ejercer en el convento elige el nombre de Bertilda como fue conocida por las gentes de su entorno. Una vez aceptado por su comunidad el texto, la monja Bertilda decide hacer un proceso para que sea reconocida por la curia y obtener la licencia eclesiástica para poder publicarla. Surtido este engorroso y fallido tramite, decide hacer una labor de enseñanza y pedagogía en los barrios bogotanos, para convencer a los ciudadanos que se podía rezar el novenario en sus hogares y no solo en la iglesia y sin la compañía de un cura, rezar junto al “pesebre” en el entorno familiar. Es decir, que no era necesario aplicar la creencia incrustada en los católicos que para llegar a Dios era necesario un mediador que solo era potestad de la iglesia, además de tratar de explicar a los creyentes el significado que podían tener expresiones literarias y poéticas propias de su cosecha y estudios teológicos.
Aunque nunca fue una publicación oficial de la iglesia, los obispos y párrocos de las ciudades colombianas le dieron su aprobación. Por tanto, la pervivencia de la novena —en su forma actual— se debe, en buena medida, a la reescritura emprendida por esta mujer de la época republicana cuya labor permanece relativamente invisibilizada en la historiografía colombiana. Su intervención permitió que un texto originalmente diseñado para la vida monástica colonial, se transformara en una práctica comunitaria ampliamente difundida y, sobre todo, en un símbolo cultural compartido por millones de colombianos y ecuatorianos cada diciembre.

Esperanza. Mil gracias por compartir la historia de la monja del colegio laEnseñanza. Muy interesante. Corina
Esperanza, Qué buena nota sobre la historia de la novena de aguinaldos o novena navideña, que rinde culto al nacimiento del niño Jesús. Un saludo para ,ti que cubra a Álvaro y toda tu familia, en los días que se avecinan y que el 2026 nos traiga prosperidad y un gobierno diferente y no tan nefasto como el que está a casi 8 meses de terminar
Muchas gracias por compartir este relato que nos muestra la "historia" detrás de los textos de la Novena con la que tantos colombianos crecimos.