Segundo paso: Alístate para los mares y los vientos.
- Roberto Ismael Prada Hernández
- 22 abr
- 8 Min. de lectura
“El arte de preparar el alma antes de zarpar”

“Cuando emprendas tu viaje a Ítaca, pide que el camino sea largo, lleno de aventuras, lleno de experiencias.” Kavafis no solo invita a viajar, a caminar; Invita a prepararse y disponerse para el trayecto; a comprender que toda travesía auténtica requiere alistamiento interior. Porque antes de encarar el mar, el navegante debe reconocer que no controla el viento pero sí puede, robustecer su embarcación, precisar su dirección, afinar su rumbo y alinear su espíritu.
Después de haber dicho “sí” al viaje, llega una verdad más exigente: el camino no se recorre con ingenuidad. Hay mares que estremecen, corrientes que confunden y vientos que prueban la estabilidad del alma. Por eso, el segundo paso no es avanzar con prisa, sino prepararse con sabiduría, humildad y firmeza.
La travesía interior no se sostiene solo con deseo. También necesita carácter, disciplina y una brújula moral que no se quiebre cuando el cielo se oscurece. Como dijo el Rey Salomón, “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida.” Prepararse para los mares y los vientos es, en esencia, aprender a cuidar el corazón antes de enfrentar la tempestad. Hay que revisar el barco.
El puerto de la partida interior
David fue el primero en entenderlo. Estaba acostumbrado a dirigir empresas, responder crisis y tomar decisiones bajo presión, pero nunca se había detenido a preguntar si su vida interior estaba lista para soportar su propio éxito. Una noche, después de una reunión difícil, se quedó en silencio frente al mar y reflexionó: “Puedo navegar con destreza mercados internacionales, liderar campañas complejas, pero ¿puedo guiar mi mundo interior?”
Esa pregunta lo desarmó. Porque al igual que hay personas que saben gobernar equipos, finanzas, patrimonios o proyectos, no han aprendido a gobernar sus emociones, sentimientos, agotamiento o sus vacíos.
Se vio reflejado en la superficie del mar exterior mostrándose muchas veces tranquilo; cuando en su interior, miraba ese mar profundo, agitado, tormentoso y oscuro que surgía con cierta frecuencia.
María también lo descubrió. Su agenda estaba llena, pero su espíritu estaba cansado. Había sido tan eficiente en sostener a todos, que olvidó revisar si aún tenía fuerzas para sostenerse a sí misma. Sofía, por su parte, sentía que la vida la había convertido en una superviviente silenciosa. Y Carlos, que siempre parecía fuerte, comenzó a admitir que no todo lo urgente era importante.
Prepararse para los mares y los vientos implica reconocer una verdad sencilla: el liderazgo transformacional no se improvisa…se forja.
Como dijo John C. Maxwell, el liderazgo es influencia, y toda influencia comienza con la capacidad de gobernarse a sí mismo. Alistarse para el viaje entonces, es aprender a ejercer esa influencia primero sobre la propia vida.
El barco del alma
Un barco no se construye para lucirse en el puerto sino para navegar a un destino, para resistir durante el viaje el oleaje y enfrentar las tormentas. Así también el alma humana no fue diseñada solo para brillar en tiempos de calma, sino para permanecer firme cuando la vida se agita. El verdadero liderazgo comienza cuando la persona decide examinar su estructura interna, conocer la ruta, fortalecer sus velas y verificar si el timón apunta a un propósito digno.
Hay tres elementos que todo viajero debe atender:
El mapa de navegación, que representa acciones concretas, hábitos, requerimientos de la nave para la travesía e integridad.
Las velas, que representan la disposición al cambio para llegar al destino o propósito.
El timón, que representa la dirección interior, valores y convicciones personales que guían las decisiones.
Luis, con la calma y serenidad que dan los años, lo sintetizó así en una de las reuniones del grupo: “Durante décadas cuidé la apariencia de mi vida, pero no siempre cuidé la solidez de mi interior. Ahora entiendo que la madurez no consiste en parecer estable, sino en haber sido transformado por dentro.”
Mateo, habituado a moverse entre escenarios, reconoció que incluso los viajes más hermosos pueden convertirse en distracción si no hay trascendencia. “Tal vez”, dijo, “he aprendido a moverme mucho sin aprender a vivir en equilibrio, desenfocándome en muchas oportunidades y por lo tanto desviándome de lo esencial de la vida”.
En ese momento, alguien recordó una verdad de Viktor Frankl que cayó en el grupo como una brújula en medio de la niebla: “Quien tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo.” Y todos entendieron que la preparación no consiste en eliminar las tormentas, sino en descubrir un sentido que permita atravesarlas sin perder el alma.
Y esa es la gran lección: antes de pedir mares favorables, hay que convertirse en una persona capaz de atravesar cualquier mar.
Navegar no es controlar
Aquí aparece una de las enseñanzas más liberadoras del viaje: no se trata de controlar el viento, sino de aprender a navegar con él. El viajero sabio no combate toda tormenta; aprende a leerla. No se obsesiona con imponer su voluntad sobre todo lo que cambia; aprende a ajustar sus velas a la realidad.
La vida no siempre obedece nuestros planes. Hay pérdidas inesperadas, retrasos, cambios de rumbo, silencios de Dios y olas que no pedimos. Pero el liderazgo interior maduro sabe que el crecimiento no siempre ocurre cuando todo sale bien, sino cuando el alma decide permanecer orientada aún, en medio de la incertidumbre.
David lo comprendió al mirar su propia historia: “Yo creía que liderar era anticipar cada escenario. Ahora veo que liderar también es confiar cuando el mapa deja de ser suficiente.”
María añadió: “Me he pasado la vida resolviendo lo de afuera. Hoy empiezo a entender que necesito aprender a habitar mi mundo interior con la misma atención.”
Esa es la diferencia entre un viajero que solo desea llegar y un viajero que desea transformarse. El primero se desespera por el control; el segundo aprende el arte de la confianza, el desprendimiento y el descanso en los resultados después de haber hecho lo mejor.
La tormenta como maestra
No toda tempestad destruye. Algunas revelan. Hay vientos que quiebran ilusiones, pero también fortalecen convicciones. Hay mares que desordenan, pero también purifican. En el viaje de regreso a Ítaca, la tormenta no es solo obstáculo; también es escuela; para unos, básica, para otros, maestría y doctorado, siempre será para pasar al siguiente nivel..
Sofía fue la que más se resistió al principio. Ella pensaba que prepararse significaba tener todo resuelto antes de moverse. Pero entendió que nadie llega listo al cien por ciento al verdadero viaje. “Si espero sentirme fuerte para empezar”, confesó, “quizá nunca empiece. Tal vez la preparación también consista en caminar mientras aprendo a sostenerme en el equilibrio y balance.”
Eso cambió el tono de la conversación. Porque prepararse no es posponer, es disponerse. No es perfeccionismo, es madurez. No es miedo disfrazado, es conciencia.
Santiago 1:2-4 lo expresa con una sabiduría que atraviesa los siglos: las pruebas producen paciencia, y la paciencia, madurez completa. El alma, cuando acepta ser formada por la prueba, deja de ver la dificultad como castigo y empieza a verla como proceso.
El mar enseña que el alma no se fortalece evitando la dificultad, sino atravesándola con sentido. Por eso, el viajero transformacional no le pide a la vida ausencia de tormentas sino capacidad para permanecer fiel en medio de ellas.
La dimensión bíblica del segundo paso
La Escritura está llena de personas que tuvieron que prepararse antes de cruzar sus propios mares. Moisés no salió de Egipto con una solución completa, pero sí con una obediencia clara. Los discípulos no caminaron con Jesús porque ya lo entendían todo, sino porque aceptaron seguirlo y vivir el proceso. Y Pablo entendió que la fortaleza no consiste en ausencia de debilidad, sino en gracia suficiente para sostenerla.
Prepararse para los mares y los vientos es también una actitud de fe. Es reconocer que no basta con tener intención; hace falta formación interior. El alma necesita raíz para no ser arrastrada por cualquier vendaval. El liderazgo con propósito exige carácter, disciplina espiritual y una convicción más profunda que el temor.
Por eso Isaías 41:10 sigue siendo una palabra poderosa para el viajero: “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo.” La preparación no significa que no habrá lucha; significa que no se navegará solo.
Las preguntas que alistan el corazón
En el grupo de viajeros, la conversación se volvió más honesta. Ya no preguntaban solo “¿a dónde voy?”, sino también “¿con qué recursos interiores estoy caminando?”
Carlos se preguntó:
¿Qué parte de mi vida necesita orden?
¿Qué hábitos sostienen mi vocación y cuáles la desgastan?
¿Estoy preparado para perder control sin perder propósito?
María escribió:
Necesito recuperar descanso, silencio y verdad.
No puedo seguir sirviendo desde el agotamiento.
Mi alma también merece cuidado.
David admitió:
Debo dejar de confundir velocidad con dirección.
No todo lo que crece afuera está creciendo adentro.
Necesito disciplina para no naufragar en mi propio éxito.
Luis, con serenidad, concluyó:
La experiencia no sustituye la preparación.
El alma también envejece si no se renueva.
Nunca es tarde para afinar el timón.
Y Mateo, quizás el más resistente al principio, reconoció algo decisivo:
Tal vez mi desafío no es dejar de viajar, sino aprender a viajar con verdad.
Liderazgo que se fortalece en el mar
El liderazgo transformacional no evita los vientos; aprende a trabajar con ellos. Entiende que la presión revela la calidad del interior. Por eso, el segundo paso del regreso a Ítaca enseña que la preparación no es una pausa: es una inversión espiritual, emocional y ética.
Quien se prepara para los mares y los vientos desarrolla cinco capacidades esenciales:
Discernimiento para leer la realidad sin negarla.
Resiliencia para no quebrarse ante la presión.
Humildad para aceptar que no lo controla todo.
Disciplina para sostener el rumbo.
Fe para seguir avanzando cuando el horizonte se cubre.
Ese es el perfil del viajero-líder: alguien que no solo desea llegar, sino que aprende a convertirse mientras navega.
Ejercicio para el viajero-líder
Tómate un momento y responde con honestidad:
¿Qué mares estoy enfrentando hoy en mi vida?
¿Qué vientos me están desordenando o empujando?
¿Qué necesito fortalecer antes de seguir avanzando?
Luego escribe esta frase y repítela en silencio:
“Me preparo para el viaje con humildad, fe y firmeza. No necesito controlar el mar; necesito aprender a navegarlo.”
Así avanza el regreso a Ítaca: no con arrogancia, sino con un alma que acepta ser formada por el camino. Porque el viajero sabio sabe que el mar no solo separa orillas: también revela quiénes somos cuando ya no podemos fingir.
Próximo artículo: Tercer paso — “Aprende a leer las estrellas”
Después de decidir el viaje y prepararse para los mares y los vientos, llega una habilidad decisiva: aprender a orientarse cuando el horizonte no está claro. No siempre habrá señales evidentes, y por eso el viajero-líder necesita algo más que fuerza; necesita discernimiento, quietud y una mirada capaz de leer dirección en medio de la incertidumbre.
En este tercer paso, nuestros viajeros descubren que las estrellas no solo están en el cielo: también aparecen en forma de convicciones, valores, consejos sabios y esa voz interior que no grita, pero insiste. Carlos entenderá que no todo rumbo es bueno solo porque parece exitoso; María descubrirá que el cansancio nubla la visión; David aprenderá que un líder sin norte puede avanzar mucho y aun así extraviarse; y Mateo, que parecía tenerlo todo, empezará a sospechar que la verdadera brújula no siempre señala hacia afuera, sino hacia adentro.
Pronto verás que este paso no trata de adivinar el futuro, sino de reconocer qué luz sostiene el camino cuando la noche se vuelve larga. Y ahí aparece la pregunta que cambia todo: ¿qué estás usando hoy para guiar tu vida?
Si los dos primeros pasos te invitaron a despertar y a prepararte, este tercero te llevará a una capa más profunda: la del discernimiento. Es el capítulo donde el viaje deja de ser solo emocional y empieza a volverse estratégico, espiritual y verdaderamente transformador.
Lo más interesante es que aquí el liderazgo ya no se mide por velocidad, sino por claridad. Quien sabe leer las estrellas no elimina la oscuridad, pero aprende a caminar sin perder el rumbo; y eso, en la vida real, puede cambiarlo todo.
En el próximo desarrollo descubrirás que no todas las luces del cielo sirven para guiar, y que hay estrellas falsas que seducen al viajero cansado. Pero también verás que, cuando el corazón se aquieta, la dirección correcta se vuelve más visible de lo que parecía.
*Ingeniero Industrial; Maestría en Gestión Ambiental y Desarrollo Sostenible; Coach Ontológico certificado; estudios en Coaching con PNL y Neuroteología. Con experiencia en el sector privado y público, sector farmacéutico, financiero, informático, académico y eclesiástico.
Contacto: pradarobertocoach@gmail.com

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