Otra suerte
- Camila Echeverri Duarte

- hace 7 días
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A mi suerte, desde donde sea que me guarde y me vea andar de nuevo por Estambul. Allá arriba, cual ojo de pájaro o de todos los dioses que aquí predicaron, gracias.
Ando por el Bósforo, entre calles sin andenes o con retazos de cemento, cual ropa mal cosida.
Por alguna razón, camino y estoy segura de que voy a llegar, no porque sepa a dónde, sino porque simplemente llego y, ante mis ojos, ahí están: prácticamente todos los musulmanes de Estambul, esparcidos en los prados de la gran Mezquita Azul. Es el fin del ramadán y yo ni sabía.
Hay gente arrodillada, gente orando, gente ya comiendo, familias enteras y amigos con mesas, sillas de picnic y hasta velas. Otros muchos, sentados en el pasto con sus recipientes, sus termos y sus cubiertos. Grupos de a dos, de a cuatro, de a seis, de a diez; lo que importa es que están juntos, con los suyos. Es su primera comida diurna en un mes y yo no sé qué brilla más: los lilas y rosados de semejante cielo o la mezquita en el fondo, iluminada desde todas sus esquinas, dorada, más reliquia que nunca.
¿Cómo le respondo a la suerte que me toca? ¿Acaso es el mundo queriendo que lo vea? ¿Puedo pedir mi lugar en él? Sea quien sea que asigne eso, ¿qué pretende que haga con lo que me pone al frente?
De niña, me mudé diez veces por toda Bogotá. Cuando me fui a Los Ángeles para la universidad, me mudé dos veces y vi a Trump ser elegido por primera vez. Desde allá voté sí al proceso de paz. Desde allá vi a los campesinos e indígenas más lacerados por la guerra también votar sí. Las víctimas del atroz ataque a la iglesia en Bojayá, los desplazados, los indígenas nasa masacrados a manos de todos los grupos ilegales... el 67% de los municipios más azotados por el conflicto y el 86% de los municipios más pobres votó sí. Pero, por solo cinco décimas, ganó el no. Cuando regresé a Colombia nos mudamos otras tres veces; luego tuvimos la primera vicepresidenta negra y feminista. V olví a irme y, desde Alemania, vi a la ultraderecha, vinculada al neonazismo, obtener la mayor cantidad de votos desde la Segunda Guerra Mundial.
Vi también a mis amigos holandeses votar en manada por un primer ministro gay y ambientalista. Viví en la Europa cómplice del genocidio en Gaza y, mientras todos los gobiernos callaban sangre, el segundo mandato de Trump invadió Venezuela y puso a Colombia al límite con acusaciones imperialistas asquerosas. Si no hubiera viajado a Estambul, mi plan era ir a Chipre. Dos días después fue el ataque del dron iraní. Sumo todo este recorrido y es inevitable sentir que solo me ha tocado asomarme al abismo.
Verlo desde el bordecito delgado pero inmenso, justo antes de caer. Este privilegio me aterra porque, cual bingo para aprender las letras en primaria, me tocó a mí, a mis amigos, a mis conocidos y muy probablemente a ustedes que leen esto. Todos nosotros tenemos la suerte de poder buscar un lugar en el mundo, mudarnos más de veinte veces porque queremos y no
porque nos toca.La Historia se escribe a pesar de nosotros; eso lo sabe bien Estambul. Pero en este pedazo de relato, usan la magnitud de los conflictos que nos atraviesan para hacernos creer que estamos maniatados, impotentes, incapaces de hacer nada más que salir a marchar y gritar por todos los niños bombardeados.
¿En qué realidad vivimos para que algo así se sienta tan diminuto?
Da tanto miedo reconocer el mundo en el que vivimos; mucho más, intentar descifrar nuestro papel en él. Llevamos años viendo guerras desde el sofá o en la pausa del almuerzo. Presenciamos quince segundos de aniquilación y seguimos, si no es que antes ya habíamos bajado y bajado en la pantalla. Pero la indolencia con la que nos toca vivir no puede confundirnos. Hoy podemos ver la verdad por lo que es, en tiempo real, sin agendas de poder, en voz de las víctimas. ¿Entendemos que ya no se trata de enterarse de una noticia, sino de ser los responsables de que la verdad se sepa a la par que las víctimas la sufren? Que esta agonía humillante no nos entumezca. Por primera vez en la Historia, nombramos algo e inmediatamente existe para todos. Ya no solo una vez, sino en el bucle eterno de estados y reels compartidos. Por eso, no dejemos de hablar de Gaza, ni de las fosas comunes, ni de las madres de Soacha, ni de sus 6.402 hijos, ni de los campesinos, ni de los indígenas.
No dejemos de hablar de las víctimas, por favor, no.
Si el bingo de letras en primaria nos tocó en otros idiomas, recitemos en todas esas lenguas las vidas que las víctimas tuvieron y las que pudieron haber tenido. Se hacen realidad cada vez que las pronunciamos. El aliento con el que nosotros seguimos viviendo y ellos no es lo que les debemos. Con nuestra voz y su recuerdo, concedámosles otra suerte. No dejemos de nombrarlos.
*Estudios de Redacción creativa digital. U, de los Andes. Estudios de actuación en Los Angeles (California). Docente Online en enseñanza de inglés.

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