México y la sombra de un capo: fosas, culto narco y la normalización del horror.
- María J. Garcia
- hace 6 días
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Ha pasado más de un mes desde la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, el hombre que durante más de una década encarnó el rostro más brutal y expansivo del narcotráfico en México. Tenía 59 años. Su caída fue presentada como un golpe estratégico, casi definitivo. Pero en el país de los cárteles, la muerte de un jefe no significa el fin de la estructura: apenas inaugura una nueva disputa por el poder.
El Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), una de las organizaciones criminales más violentas y sofisticadas del continente, fue descabezado, pero no desmantelado. El propio secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, lo reconoció con cautela: la operación que abatió a “El Mencho” no implicó la disolución del cártel. En otras palabras, el sistema sigue intacto. Y en ese sistema, siempre hay un relevo en espera.
Las cifras —aunque siempre parciales en un país donde la violencia también se oculta— son estremecedoras. Estimaciones de organismos independientes y análisis de seguridad atribuyen al CJNG decenas de miles de asesinatos y desapariciones en los últimos años. México arrastra, además, una tragedia silenciosa: más de cien mil personas desaparecidas. Una herida abierta que no cierra.
De esa herida emergen las llamadas “madres buscadoras”, uno de los rostros más desgarradores del México contemporáneo. Mujeres que, ante la ausencia del Estado, se han convertido en peritas, rastreadoras y excavadoras. Recorren desiertos, cerros y lotes baldíos con picos y varillas, buscando restos humanos. No buscan justicia: buscan algo más elemental y difícil de obtener: una certeza.
Porque en México la muerte no siempre tiene cuerpo. Muchos de los desaparecidos fueron víctimas de reclutamiento forzado o de economías criminales que devoran personas. Otros fueron simplemente “descartados”. Sus cuerpos, cuando no fueron calcinados, terminaron en fosas clandestinas o sometidos a prácticas que el lenguaje popular ha normalizado con una crudeza perturbadora: “pozolear”, disolver cuerpos en químicos hasta borrar toda evidencia.
La violencia no solo mata. También transforma el lenguaje. Y con él, la sensibilidad.
En octubre de 2025, un hallazgo sacudió esa normalización del horror: cerca del Estadio Jalisco, en Guadalajara, se descubrió una fosa con cientos de bolsas de restos humanos, en un terreno destinado a infraestructura turística para el Mundial de 2026. El contraste era brutal: sobre la promesa de fiesta global, el subsuelo guardaba la evidencia de una guerra no declarada.
Ni siquiera los colectivos de búsqueda daban abasto. Tras la muerte de “El Mencho”, una reacción inusual tomó fuerza en redes sociales: miles de voces pidieron que su cuerpo no fuera entregado a la familia. La razón no era jurídica, sino simbólica. México está lleno de tumbas convertidas en altares del narco, espacios donde la muerte se glorifica y el crimen adquiere estética de poder.
En Culiacán, por ejemplo, el cementerio Jardines del Humaya se ha transformado en un museo involuntario del exceso: mausoleos de varios pisos, con aire acondicionado, salas de estar y comodidades para los vivos que visitan a sus muertos como si fueran anfitriones. Allí, la frontera entre duelo y celebración se ha diluido.
Es el narco como cultura. Como aspiración. Como arquitectura. Pero una vez más, la petición de las víctimas fue ignorada. “El Mencho” fue enterrado en el Recinto de la Paz, en Zapopan, con honores que contrastan con el anonimato de sus víctimas: ataúd dorado, caravanas de flores, música, vigilancia. Un funeral que no fue discreto, sino demostrativo. Incluso después de muerto, el poder necesita exhibirse.
Hoy, jóvenes en motocicleta patrullan el cementerio. Nadie los identifica, pero todos entienden. El lugar, antes sobrio y minimalista, podría transformarse pronto. Porque en el México del narco, la muerte no iguala: jerarquiza. Y queda flotando una pregunta incómoda, casi inevitable: ¿qué ocurre cuando una sociedad deja de escandalizarse?
La historia de “El Mencho” no termina con su muerte. Continúa en las fosas, en los mausoleos, en el lenguaje cotidiano, en la música, en los imaginarios juveniles, en la economía informal, en la política local y en la cultura popular que, poco a poco, ha aprendido a convivir con la violencia hasta volverla paisaje.
México no solo enfrenta a los cárteles. Enfrenta algo más profundo: la lenta normalización del horror.
*Analista e investigadora independiente

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