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La miseria humana del acosador sexual.

  • Alberto Morales Gutierrez
  • 25 abr
  • 5 Min. de lectura


No creo que tuviese aún los 15 años cuando Jairo Mazo, ese compañero del colegio que era un genuino crápula, alborotador, audaz, resistente a toda norma, malcriado, grosero, inteligente, divertido y el más leal y solidario de los amigos; nos propuso sobornar al taquillero de un teatro arruinado que funcionaba en Manizales, para que entráramos a ver “Lujuria Tropical”, una película cuya promesa era la desnudez total de Isabel Sarli, el oscuro objeto del deseo de los adolescentes, los adultos y los ancianos de mi época.


¡Lo logramos! Pero la escena del desnudo fue una estafa monumental. Isabel se veía en una playa. La toma era a kilómetros y su imagen lejana era minúscula e indescifrable en la distancia. La frustración fue total. Ni siquiera alcanzamos a descubrir la trama de la película, porque los recortes de todas las escenas “impresentables” desbarajustaron cualquier argumento. El taquillero, más inteligente que todos nosotros, se dejó sobornar porque sabía que la proyección era no solo inocente, sino incomprensible.


Lo verdaderamente fascinante fue la parafernalia para conseguir el dinero de las entradas; las conversaciones en torno a la belleza de Isabel; lo que desencadenaba en nosotros el solo pronunciar su nombre, las fantasías sin fin. Ya a esa edad, las narrativas fundamentales del dominio patriarcal estaban debidamente instaladas en nuestros cerebros pequeñitos: Isabel era un “objeto”. Asumida esa lección, claro que acosamos a muchas de nuestras amigas. Nos sentíamos con el derecho.


Los estados calenturientos nos convocaban a imaginarlas desnudas, a mirarlas transparentando sus prendas con nuestros rayos X, a pensarlas como “cosas” de placer. La agitación sexual se había apoderado de nosotros. Era un horror porque, de otro lado, el párroco en la misa dominical y en el confesionario y el rector en las peroratas del colegio y en los retiros espirituales; no cesaban en su satanización de los “pecados de la carne” y en su promesa de un infierno para toda la eternidad. ¡Qué encrucijada!


Tres o cuatro años después, sin haber encontrado el reposo, me fue dado conocer a don Julius Evola en su texto más emblemático: “La Metafísica del Sexo”. El librito circulaba con cierto morbo porque trataba un tema prohibido, pero resultó ser una revelación. En mi caso, tuvo un efecto liberador.

Entendí con Evola un tema del que nadie me había hablado: “el amor sexual”, esa experiencia exclusivamente humana que puede comprender un conjunto de factores mentales, afectivos, morales e incluso intelectuales, que exceden el ámbito biológico.

Evola cita al filósofo Ludwig Klages quien sostiene que “es un error, una falsificación deliberada, denominar al instinto sexual, instinto de reproducción”, y ese ir en contravía del discurso del padre Esteban, el de la parroquia, y el del padre rector, me pareció extraordinario. Fui estremecido, de igual manera, por otra afirmación demoledora de Evola: “la sexualidad humana no es, decididamente, una prolongación de la sexualidad animal”.


Pocos años después, terminé de entenderlo todo con don George Bataille y su “Breve Historia del Erotismo” Ediciones Calden. Uruguay, 1970. La embriaguez superior de los amantes -explica- es una frontera que traspasa la voluptuosidad incluso. Es una embriaguez no física, que constituye el trasfondo de todo eros. Supe entonces lo que era el erotismo y lo experimenté además de manera apoteósica, sublime, didáctica, con la bella Inés, esa chica mayor por la que fui desflorado con una exquisitez inolvidable.


El sexo ha de ejercerse entre dos y ejercerse de manera consentida. Es una relación de igualdad mediada por el respeto, en la que no deben existir protagonismos dominantes. El sexo es bueno, decididamente bueno. Lo voy a repetir: el sexo es bueno, y su bondad reside en que es placer compartido. Es una bella locura mutua que lo mismo puede durar dos horas o una vida.


Y entonces, el acosador y su instinto patriarcal, desde el más profundo de los atrasos conceptuales, lo echa todo a perder. El acosador cree, desde su miseria humana, que ahí, en frente de él, hay un ser inferior, un objeto, una cosa de la que puede disponer para saciarse. Asume que tiene patente de corso para hacerlo, porque es un hombre, porque tiene el poder. El acosador carece de respeto, en él no habita la ternura. No existe la más mínima poesía en su gesto. Se comporta como una bestia. El acosador ve una boca, un cuello, unas tetas… no ve más. Sus estremecimientos son solo genitales, su pobreza afectiva es infinita.


El acosador suele defenderse alegando confusión. Que sus palabras y sus gestos carecían siempre de mala intención, que fue interpretado de manera inadecuada. Esa, lo digo desde mi posición de hombre, es una mentira colosal. El acosador premedita cada palabra, cada gesto y asume (esa es su fantasía) que la interlocutora lo va a entender como él quiere que lo entienda y, claro, va a ceder. Ignora, en su miseria, que la vibración de un acto de coquetería es sustancialmente diferente y cada mujer lo sabe entender a cabalidad. Por el contrario, la palabra del acosador la agrede, la intimida, la asusta; porque esa vibración meramente genital, sin alma, se siente a la distancia.


Cuando los acosadores tienen cierta presencia pública y tienen familia y son desenmascarados, es recurrente el clamor en defensa del sufrimiento de sus hijos, hijas y sus parejas. Hacen una extraña convocatoria al silencio para “no causar más dolores y otros daños”. Se trata de una falacia, una manera perversa de ocultar el hecho, cuando la responsabilidad de todo es exclusiva del acosador. Es él y solo él, quien ha causado el dolor a su familia.


Un texto de Belvy Mora que leí en “Mujeres en Red”, el periódico feminista, me permitió ver un aspecto adicional, cuando se define al sexismo como “un sistema de pensamiento y de conducta en el que el mundo se divide en sujetos y en objetos. Los “sujetos” ejercen influencia, controlan y son superiores, mientras que los “objetos” son influidos, controlados e inferiores”.


Hay pues una asignación política de roles en los que los sujetos son los varones y los objetos las mujeres. Tal puesta en escena facilita la construcción de una fantasía que, es delirante desde luego, pero que encaja en el “ethos” patriarcal y que parece concebida para neutralizar a las mujeres inteligentes, es decir, las mujeres diferentes, en el ambiente laboral. Su impulso por penetrarlas ya sea literal o simbólicamente, es para colonizarlas. Una manera de que pasen a ser suyas (del acosador) pues logrado su objetivo, esa mujer ya no es diferente y deja de ser una amenaza. Su acoso es una lucha inconsciente por la sobrevivencia. Por eso no existe en el acosador el más mínimo arrepentimiento. El acoso es su “buena” causa.


Las mujeres en el trabajo son muy incómodas para los acosadores. Su visión patriarcal del mundo las concibe solo aptas para las labores en el hogar, para tener hijos, para cocinar. Así, el acoso sexual funciona entonces “como un medio de control.” Detener a esa intrusa que se fue de la casa y es ahora una “callejera”


Es ahí en donde reside el silencio cómplice, el mirar a otro lado, el no darle importancia en las organizaciones; no solo para eternizar esa dominación, sino para que nadie señale los culpables.


Ahora, cuando ese escenario se sale de las manos, cuando no hay manera de controlar el escándalo, fingen sorpresa y emergen entonces, como por arte de magia, los comunicados institucionales cuidadosamente redactados para la historia, en los que se quiere dar la sensación de que se está del lado de las víctimas. Están mintiendo y son miserables. Eso todo el mundo lo sabe, pero ellos se niegan a creerlo. Confían en la dimensión de la logia patriarcal, en el abrazo protector de su relato dominante, pero no van a lograrlo…


*Abogado

1 comentario


Invitado
hace 17 horas

Este artículo es de gran sensibilidad y demarca claramente las pulsaciones sanas del sexo, de aquellas que se acercan a lo bestial. Excelente.

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