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La era Trump cambia "la banalidad del mal" por el mal en sí mismo.

  • Foto del escritor: Esperanza Niño Izquierdo
    Esperanza Niño Izquierdo
  • hace 4 días
  • 3 Min. de lectura

En días pasados el constitucionalista y exmagistrado José Gregorio Hernández, en columna del diario El Tiempo, con suficiente rigor legal, analiza la vulneración sistemática de la dupla del gobierno Trump–Netanyahu con respecto a los cuatro Convenios de Ginebra relativos a la defensa y protección humanitaria en los conflictos armados, suscritos por las naciones en 1949. Convenios que habían sido acatados y respetados por los países miembros, con algunas excepciones. Hace un llamado el constitucionalista a retomar estos principios de protección a la población civil y a los prisioneros de guerra involucrados en estos conflictos.


Pero bien es cierto que desde que Benjamin Netanyahu ha sostenido una política expansiva en la región, bajo una lógica que remite a proyectos históricos de ampliación territorial, se ha instalado una preocupación creciente. En distintos escenarios públicos, y apoyado en narrativas geopolíticas y bíblicas ha defendido una visión de seguridad y control regional que, para muchos analistas, se aproxima a la idea del llamado “Gran Israel”, concepto que en ciertos discursos ha sido interpretado como una proyección que desborda las fronteras actuales del Estado israelí.


Estas declaraciones, sumadas a su ejecución militar sobre territorios como Palestina, el Líbano o Siria, han abierto una grieta profunda en el orden internacional, vulnerando principios establecidos en la Carta de la Organización de las Naciones Unidas.


Todo ello ha llevado a tensionar este mundo, hoy en manos de dirigentes que, en el imaginario histórico, evocan figuras consideradas entre las más cuestionadas del poder occidental. Se mencionan con frecuencia a Nerón, Calígula y Heliogábalo. No obstante, es importante precisar: más allá de las narraciones que los describen como crueles o excesivos, estos emperadores ejercieron su poder en contextos sin controles institucionales efectivos.


En el caso de Nerón, por ejemplo, aunque la tradición lo señala como responsable del incendio de Roma, fuentes como Tácito sugieren que su papel es objeto de debate histórico. Sí es claro que persiguió a los cristianos y consolidó un gobierno autoritario. Calígula y Heliogábalo, por su parte, simbolizan formas de poder desligadas de límites políticos y sociales.


La diferencia con el presente no es menor. Para Donald Trump y Netanyahu no parecen existir normas ni líneas rojas infranqueables. Pero, más allá de la comparación, lo relevante es entender la naturaleza de sus decisiones.


Es importante diferenciar que estos personajes no actúan bajo obediencia ciega ni carecen de criterio. No encajan en la noción de la “banalidad del mal” desarrollada por Hannah Arendt. Por el contrario, sus actuaciones sugieren conciencia plena de las consecuencias. El daño no aparece como efecto colateral, sino como parte de una lógica de acción.


No de otra forma se podría entender que el primer ministro israelí haya dejado tras de sí territorios marcados por la destrucción, el desplazamiento y la crisis humanitaria, bajo el argumento de la defensa frente al terrorismo, extendiendo esa lógica a nuevos escenarios de confrontación.


Por su parte, Trump ha traspasado múltiples límites en el lenguaje político y en la práctica internacional. Incluso, al plantear escenarios extremos de confrontación, ha llegado a instalar en el debate una idea que resulta particularmente inquietante: la posibilidad de “acabar con una civilización”.


Y aquí es necesario detenerse.

Acabar con una civilización no significa únicamente destruir ciudades. Implica desarticular sus formas de vida, expulsar a su población, borrar su memoria, fragmentar su tejido social y anular su posibilidad de continuidad histórica. Es una forma de violencia total: material, cultural y simbólica.


Que una idea de esta naturaleza circule en el discurso de un jefe de Estado sin una reacción proporcional del sistema internacional debería encender todas las alarmas.


Sin embargo, los países que conforman la OTAN, la Unión Europea o la misma ONU no han mostrado la contundencia necesaria para enfrentar este tipo de posturas. El derecho al veto sigue operando como mecanismo de protección para las grandes potencias, generando un escenario de impunidad selectiva.


Ha llegado la hora de exigir que instancias como la Corte Internacional de Justicia asuman con mayor firmeza su papel frente a posibles crímenes de guerra. La pregunta es inevitable: ¿se necesitan más pruebas o el mundo seguirá reaccionando tarde? Y de colofón, las respuestas políticas frente a hechos recientes, incluso aquellos que bordean lo absurdo, terminan reforzando la sensación de desconexión entre el poder y la realidad que viven millones de personas afectadas por estas decisiones.


Lo que está ocurriendo no admite neutralidad.

Si el mundo cuenta con normas, este es el momento de aplicarlas.Si existen instituciones, este es el momento de que actúen. Porque cuando la destrucción de territorios y sociedades se vuelve tolerable, lo que se pone en riesgo no es solo una región, sino la credibilidad misma del orden internacional.


 *Abogada, Magister en Administración pública, . Autora de la obra Mujeres rescatadas del olvido.(Ed EKEPSY,2023) colaboradora de la revista Columna 7, Santa Marta.


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