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El regreso a Ítaca

  • Roberto Ismael Prada Hernández
  • 26 ene
  • 10 Min. de lectura

Los 12 pasos que cada viajero puede recorrer una y otra vez a lo largo de la vida



En los artículos anteriores de esta serie, vimos a Carlos reunir herramientas esenciales para su camino: la claridad de propósito, la gestión del miedo, la escucha activa, la toma de decisiones consciente, la resiliencia y la capacidad de aprender de los errores. Esas herramientas no quedaron en teoría: se fueron encarnando en su historia y, al mismo tiempo, en la historia de muchos otros viajeros que, sin saberlo, iban en la misma travesía.


Este artículo es el mapa de conjunto: el regreso a Ítaca. No se trata de una isla física, sino de un lugar interior donde Carlos, y todos los que caminan con él,  pueden ser plenamente ellos mismos: en paz con el pasado, presentes en el ahora, orientados por un propósito claro hacia el futuro.


El poema “Ítaca” de Constantino Cavafis nos recuerda que lo importante no es llegar rápido, sino vivir el viaje. Ítaca es un símbolo del alma en plenitud. Por eso, el regreso no es un evento, sino un proceso de 12 pasos que cada viajero puede recorrer una y otra vez a lo largo de la vida.


1. Desea que el camino sea largo

Antes de zarpar, Carlos creía que el objetivo era “llegar”: alcanzar metas, acumular logros, conquistar reconocimiento. Muchos de los viajeros que lo acompañan sienten lo mismo: quieren resultados, cambios rápidos, soluciones inmediatas. Sin embargo, el primer giro interior ocurre cuando descubren algo incómodo y liberador a la vez: el verdadero viaje empieza cuando desean que el camino sea largo.


Desear que el camino sea largo no significa amar el sufrimiento, sino amar el proceso.


Significa entender que cada paso, incluso los que parecen lentos, forma parte de la transformación. Cuando Carlos y sus compañeros aceptan esto, dejan de vivir el presente como un mero trámite hacia “algo mejor” y comienzan a ver cada día como una oportunidad de crecer.

Una tarde, en una conversación entre todos, una viajera dice: “Yo siempre quise llegar rápido… ahora siento que quiero llegar profunda”. En esa frase se resume el paso.

“Ítaca te dio el hermoso viaje; sin ella no habrías emprendido el camino”, escribe Cavafis. El deseo de viajar, más que el de llegar, es el primer acto de liderazgo sobre la propia vida.


2. Prepárate para los mares y los vientos

Ningún viajero serio cree que el mar será siempre manso. Carlos, al inicio, intentaba controlar todo:proyectos, personas, resultados, incluso sus propias emociones. Pero pronto él y sus compañeros de ruta descubren que hay cosas que no pueden controlar: despidos inesperados, cambios en el mercado, crisis familiares, enfermedades, decisiones ajenas.


Lo que sí pueden controlar es cómo se preparan. Este paso es el de la preparación consciente: entrenar la mente, cuidar el cuerpo, ordenar las finanzas, nutrir las relaciones, fortalecer la conexión espiritual. Es aprender a reforzar el barco antes de la tormenta.


En uno de los encuentros del grupo, un viajero comenta: “Yo siempre reacciono cuando ya la tormenta está encima. Nunca me preparo antes”. A partir de ahí, comienzan a diseñar prácticas simples: tiempos de silencio, ejercicio, estudio, conversaciones importantes pendientes. No eliminan el riesgo, pero llegan más enteros a cada oleaje.


La frase que resuena en sus corazones es: “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo”. No es una promesa de ausencia de tormentas, sino de una fortaleza distinta para navegarlas.


3. Encuentra sabios en cada puerto

Cuando Carlos empezó su camino, creía que un “sabio” era alguien lejano, casi inalcanzable. Con el tiempo, descubre, junto a los demás viajeros, que la sabiduría se esconde en lugares mucho más cotidianos: en un compañero de trabajo que ha atravesado pérdidas profundas, en una madre que no se rinde, en un colega que se atrevió a decir “no” a lo que no estaba alineado con su esencia.

Este paso habla de la humildad para reconocer que cada persona en el camino puede convertirse en maestro. Un día, en un descanso, uno de los participantes del grupo comparte una historia de fracaso empresarial. No lo cuenta desde la vergüenza, sino desde el aprendizaje. Al terminar, el silencio que sigue no es de incomodidad, sino de respeto. Todos entienden que acaban de escuchar a un sabio.


Los viajeros entrenan la escucha activa: hacen preguntas, dejan de interrumpir, se abren a perspectivas distintas. Carlos se da cuenta de que cuanto más escucha, más se transforma. Deja de ser el “experto” que tiene respuestas para volverse un líder que crea espacios donde la verdad puede aparecer.

 

“El sabio de corazón recibirá los mandamientos”, dice la sabiduría bíblica. El sabio no es el que más habla, sino el que mejor escucha y recibe.


4. Aprende a distinguir entre lestrigones y mercancías

En el poema, los lestrigones y cíclopes son monstruos que atemorizan al viajero. Cavafis nos recuerda que, si el alma está en paz, estos monstruos no aparecerán, o no tendrán poder.


Carlos y los viajeros descubren que muchos de sus terrores no venían de fuera, sino de dentro: miedos antiguos, historias que se cuentan sobre sí mismos (“no sirvo”, “no puedo”, “si fallo me hundiré”), culpas y vergüenzas escondidas.


Este paso invita a discernir: ¿es un peligro real o es un monstruo mental? ¿Es una crítica constructiva o una voz interna castigadora? ¿Es una crisis externa o la repetición de un patrón no sanado? En una dinámica, el grupo escribe en una columna sus “lestrigones” (miedos, creencias, fantasmas) y en otra, sus “mercancías valiosas” (virtudes, talentos, experiencias que los hicieron más fuertes).


La sorpresa es grande: todos tienen monstruos, pero todos también tienen tesoros. Aprenden a mirarse con más equilibrio, a no definirse solo por sus sombras. Se dan cuenta de que parte del liderazgo interior consiste en elegir qué llevan en el barco: vínculos que nutren, aprendizajes, convicciones profundas, no solo rótulos de éxito.


“Examinaos a vosotros mismos”, invita Pablo. No para condenarse, sino para distinguir con honestidad qué lestrigones necesitan ser nombrados y qué mercancías merecen ser honradas.


5. Lleva contigo perfumes sensuales y hermosas mercancías

Durante un tiempo, muchos de los viajeros confundieron espiritualidad con severidad. Creían que para crecer había que renunciar a la alegría; que para ser responsables había que vivir en tensión constante. En este paso descubren que el viaje también necesita belleza, descanso, placer sano, ternura.


Los “perfumes sensuales” de Cavafis se convierten en metáfora de todo aquello que da sabor a la vida: una conversación profunda, un abrazo largo, una comida compartida, un paisaje, un momento de risa hasta las lágrimas. Carlos se sorprende cuando entiende que, cuando se permite disfrutar de lo bueno, trabaja mejor, escucha mejor, decide mejor.


Varios viajeros comparten que vivían apagados, como si reír fuera una traición al dolor del mundo. Empiezan a ver que el gozo no niega el sufrimiento, sino que lo equilibra. La disciplina sin ternura endurece; la ternura sin disciplina dispersa. Ambas son necesarias.


“He venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”, dice Jesús. Abundancia no es solo dinero ni éxito, es plenitud de sentido y de alegría.


6. No temas a los lestrigones ni a los cíclopes

Si en el paso 4 aprenden a distinguirlos, aquí aprenden a mirarlos a los ojos. Los monstruos internos no desaparecen por negarlos. Se transforman cuando se los nombra, se los comprende, se aprende a ponerles límites.


Carlos reconoce su propio lestrigón: el miedo a no ser suficiente. Otro viajero identifica el suyo: la necesidad compulsiva de agradar. Otra, el terror a equivocarse. Cada uno, en un círculo de confianza, comparte su monstruo principal. No para quedarse atrapado allí, sino para quitarle poder al sacarlo a la luz.


La experiencia es liberadora. Al escuchar a los otros, cada uno entiende que no está solo en su batalla. Descubren que la vulnerabilidad compartida genera fuerza colectiva. “Yo pensé que era el único que sentía esto”, dicen varios.


“El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?”, resonará en más de un corazón. No se trata de una frase mágica, sino de una postura: reconocer que no caminan solos, que hay una luz más grande acompañando el viaje.


7. Mantén viva la esperanza, pero no la urgencia

En esta etapa del viaje, muchos se sienten cansados. Quieren que las cosas cambien ya. Quieren ver resultados en su liderazgo, en su familia, en su trabajo. La urgencia, sin embargo, se convierte en un peso que los agota.


Carlos propone un ejercicio: diferenciar esperanza de prisa. La esperanza les permite levantarse cada día y seguir caminando, aunque el cambio sea lento. La prisa les exige llegar ya, los hace compararse con otros, los lleva a tomar atajos que traicionan su esencia.


El grupo diseña un nuevo ritmo: objetivos claros, sí, pero acompañados de descansos, pausas conscientes, tiempos de evaluación. Aprenden a celebrar avances pequeños, no solo grandes conquistas. La constancia se vuelve más importante que la velocidad.


“El amor es paciente”, leen juntos. Y entienden que, si quieren liderar con amor, hacia otros y hacia sí mismos, necesitarán cultivar esa paciencia que confía en procesos, no solo en resultados.


8. Aprende a navegar con el viento y contra la corriente

Hay días en que todo parece fluir: puertas que se abren, conversaciones que avanzan, proyectos que encajan. En esos días, Carlos y los viajeros aprenden a aprovechar el viento a favor, a soltar el exceso de control y dejar que la vida los impulse.


Pero también hay días de corriente en contra: resistencia al cambio, críticas, malentendidos, dificultades económicas, cansancio. En esos días, este paso los invita a no rendirse, pero tampoco a pelear contra todo. La clave está en la flexibilidad con propósito: pueden ajustar velas, cambiar tácticas, revisar estrategias, sin abandonar el rumbo profundo que los guía.


“El pesimista se queja del viento. El optimista espera que cambie. El líder arregla las velas”, dice una frase atribuida a John Maxwell. Carlos sonríe al escucharla, porque resume lo que están viviendo: han dejado de ser víctimas del clima emocional y circunstancial para volverse navegantes conscientes.


9. No dejes que el miedo a la llegada te detenga

Algo curioso comienza a suceder: mientras avanzan y se acercan a sus Ítacas personales, esos lugares interiores de mayor coherencia y propósito, aparece un miedo silencioso: ¿y si no soy capaz de sostener esta nueva vida? ¿Y si descubro que no soy quien pensé? ¿Y si ya no encajo en los lugares donde siempre estuve?

Carlos lo siente cuando empieza a liderar de otra manera. Algunos lo apoyan, otros lo miran raro. Una viajera lo experimenta cuando decide poner un límite en su familia y teme perder afecto. Otro lo vive cuando renuncia a un cargo que no encaja con su propósito y se enfrenta a la incertidumbre.


Este paso enseña que también da miedo llegar. Llegar implica asumir una nueva identidad, un nuevo nivel de responsabilidad, una forma más honesta de vivir. Implica dejar atrás viejos personajes que ya no encajan con quien uno es.

“La fe es la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve.” No pueden ver del todo cómo será su vida desde esa nueva autenticidad, pero dan pasos confiados. Entienden que el miedo a llegar es natural… y que no tiene por qué detenerlos.

10. Aprende a leer los signos del camino

Hasta aquí, el viaje les ha enseñado que la vida habla, aunque no con palabras. En este paso, Carlos y los viajeros afinan su sensibilidad para leer los signos: patrones que se repiten, “casualidades” insistentes, emociones que se activan, resistencias internas, puertas que se abren o se cierran.

Empiezan a registrar: “Cada vez que ignoro esta incomodidad, termino agotado”; “Siempre que escucho esta intuición, algo bueno ocurre”; “Cuando mantengo esta relación, pierdo paz”. No son supersticiones, son observaciones profundas de la propia experiencia.

Desarrollan también la capacidad de leer los signos en los otros: el cansancio en un equipo, la falta de sentido en una organización, el dolor detrás de la agresividad de alguien. Eso los vuelve líderes más humanos y más lúcidos.

“El que tenga oídos para oír, que oiga”, decía Jesús. Oír no es solo percibir sonidos; es captar el mensaje detrás de lo que la vida presenta día a día.


11. Cuando llegues, no esperes tesoros ni multitudes

Finalmente, llegan. Carlos y los viajeros comienzan a experimentar momentos de mayor coherencia: viven más alineados con su propósito, se relacionan de manera más auténtica, lideran con más consciencia. Y, sin embargo, no hay fuegos artificiales ni alfombras rojas.


Este paso les ayuda a no confundirse: el verdadero tesoro no es un premio externo, ni un título, ni un aplauso. Es la serenidad interior de vivir en coherencia. Muchos se dan cuenta de que las personas que más los aman quizá ni siquiera usan la palabra “éxito” para describirlos, pero sí sienten paz y confianza a su lado.


La grandeza no está en nunca caer, sino en levantarse cada vez. La Ítaca a la que llegan no es perfecta, pero es verdadera. Y eso basta.

12. Entiende ya qué significan las Ítacas

Al final de este ciclo, Carlos y los viajeros comprenden algo esencial: Ítaca no era un lugar al que llegar una sola vez, sino una forma de vivir. Cada vez que regresan a su propósito, cada vez que se atreven a ser auténticos, cada vez que lideran desde el servicio y la verdad, vuelven a Ítaca.


Entienden también que sin el viaje, Ítaca no tendría sentido. Son las heridas, las preguntas, las búsquedas, los encuentros y los errores los que han ido tallando su identidad. Ítaca es, en el fondo, el recuerdo de quienes son en su mejor versión, sostenidos por la gracia y el aprendizaje.


“Ítaca te dio el hermoso viaje; sin ella no habrías emprendido el camino.” La frase suena distinta ahora. Ya no es solo un poema; es la síntesis de su propia historia.


Invitación a los viajeros que llegaron con Carlos

Carlos no regresó a Ítaca solo. A lo largo de este camino, tú también estuviste allí: en sus dudas, en sus miedos, en sus decisiones, en sus descubrimientos. Sus preguntas se parecen a las tuyas; sus luchas reflejan las tuyas; sus pequeños triunfos resuenan con los de tu propia vida.


Por eso, este artículo no es un cierre, sino un umbral. La travesía continúa con la serie “12 Pasos de Transformación y Liderazgo con Propósito”, donde veremos cómo cada uno de estos aprendizajes se convierte en herramientas concretas para liderar equipos, proyectos, familias y comunidades desde un lugar más consciente, más humano y más espiritual.


El viaje interior no termina al llegar a Ítaca. Empieza un nuevo capítulo, más profundo, más libre, más luminoso.


Y este nuevo viaje, lo haremos juntos… con las velas del corazón abiertas al viento, la voz del alma como brújula, y la mirada puesta en la luz del propósito.

 

*Ingeniero Industrial; Maestría en Gestión Ambiental y Desarrollo Sostenible; Coach Ontológico certificado; estudios en Coaching con PNL y Neuroteología. Con experiencia en el sector privado y público, sector farmacéutico, financiero, informático, académico y eclesiástico.

 

 

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