Chile en clave de emergencia: el experimento Kast
- Juan Domingo Ramírez
- hace 7 días
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Actualizado: hace 5 horas

El triunfo de los movimientos de ultraderecha en el mundo —y en nuestro continente— obliga a un proceso de reflexión profunda, que nace de la necesidad de explicar cómo las fuerzas de centro, centroizquierda y la derecha moderada han podido dejar campo libre al avance de los extremos.
Una explicación simple es, sencillamente, el fracaso de las llamadas fuerzas progresistas y el arrollador mensaje derechista, que basa su discurso en elementos básicos y —sin duda— en la necesidad de escuchar a la ciudadanía. De Donald Trump para abajo, pasando por Argentina, El Salvador y Ecuador, entre otros, el discurso es el mismo: hacer grande al país, eliminar la delincuencia, crecer y mejorar la economía, y contener la inmigración.
En Chile, José Antonio Kast Rist, recién posesionado, no varió su discurso. En una campaña vacía de propuestas, planteó expulsar a 350 mil migrantes: primero por avión; luego, que se vayan solos; y ahora, construyendo 299 kilómetros de zanjas en la frontera con Perú y Bolivia, además de aumentar la presencia militar con 700 efectivos en la zona.
Diversos analistas plantean que es poco probable que esta idea prospere, y ya ha sido cuestionada por los países limítrofes. Zanjas para que nadie entre —como el muro de Trump—. Pero ¿qué hacer con quienes ya están en el país? Difícil será plantear un proceso como el de la ICE en Estados Unidos.
Sobre la delincuencia, otro tema que preocupa a la ciudadanía, Kast ha mirado con atención a su socio Bukele, con sus cárceles masivas y de alta seguridad, cuestionadas por organismos de derechos humanos. Al menos en estos pocos días de gobierno, Kast no ha hecho propuestas concretas, quizá porque no hay ideas novedosas que ofrecer, salvo que quiera dar más poder a las policías o contar con el apoyo de las Fuerzas Armadas para combatirla.
Kast es un ultraderechista surgido de uno de los partidos de derecha que defendió a ultranza a Pinochet, lo cual se cuidó mucho de obviar en su campaña. Lo mismo ocurrió con sus posturas: oposición al aborto en cualquier causal, cuestionamientos a los movimientos feministas y a las minorías sexuales, y su conservadurismo católico, vinculado al movimiento Schoenstatt. Cuando era consultado por estos temas, los eludía señalando que “eso no es lo que interesa a los chilenos”. Sin embargo, existen múltiples declaraciones al respecto que pueden encontrarse en redes sociales y que evidencian su postura.
Postura que también ha mostrado en lo que denomina el ahorro de recursos. En un gesto inédito, abandonó su casa en las cercanías de Santiago y se fue a vivir —junto a su esposa— al palacio de gobierno, La Moneda, lo que no ocurría desde 1958. A esto el nuevo presidente lo ha llamado austeridad, lo que implica incluso almorzar en los comedores comunes que utiliza el personal.
Las primeras medidas del llamado “gobierno de emergencia” han provocado rechazo en la oposición y una mirada preocupada de los partidos de derecha más moderada que lo apoyan. Ejemplo de ello es el retiro de la subvención a los combustibles, basado en la necesidad de destinar esos recursos a otras tareas fiscales. El aumento en el valor de los combustibles implica un alza general de precios en la economía y una presión inflacionaria que difícilmente sería una medida popular.
Asimismo, se plantea bajar impuestos a las empresas, de 27% a 23%, para mejorar la inversión. Si bien la teoría de los años 70 podría respaldar esta medida, hoy los analistas sostienen que las rebajas impositivas no tienen, per se, un efecto directo en la inversión, sino que más bien generan una disminución en la recaudación fiscal.
La batería de 40 propuestas iniciales de Kast busca mostrar un gobierno que actúa, independientemente de la popularidad de sus medidas. “Hay que sacrificarse”, dice el presidente. Y reduce en un 3% los presupuestos de los ministerios, cuestiona la jornada laboral de 40 horas (aprobada durante el gobierno de Boric) y propone limitar la gratuidad universitaria. Todo ello bajo la idea de que es necesario reconstruir Chile: que el país se ha derrumbado, que la economía está rota y que el crecimiento se estancó. Así, lleva adelante su eslogan de campaña: Chile se caía a pedazos.
¿Qué puede esperarse durante los próximos cuatro años del gobierno de José Antonio Kast Rist? Difícil saberlo sin ubicarse en alguna de las posturas políticas, tanto de quienes lo apoyan como de la oposición. Sin embargo, tampoco es posible hacer un análisis completamente neutro frente a escenarios tan contrastantes. Kast asume luego de un gobierno de izquierda —que incluyó desde el Partido Comunista hasta sectores de la Democracia Cristiana— al que acusa de haber destruido el país, su economía, permitir la delincuencia y una migración descontrolada.
Es cierto que el gobierno de Gabriel Boric cometió errores importantes en materia económica, migratoria y en el combate a la delincuencia, además de casos de corrupción que afectaron a sectores cercanos a su coalición. Y ello le pasó la cuenta, permitiendo, en cierto modo, el triunfo casi arrollador de Kast con un 58,17% frente al 41,83% de la candidata opositora, Jeannette Jara. Kast, en todo caso, hizo una campaña casi perfecta, con dos o tres eslóganes y muy poca profundidad programática.
¿Cómo va a transformar esos eslóganes en realidades políticas? Algunos analistas anticipan lo que llaman un “veranito” presidencial. Las primeras encuestas le otorgan a Kast un 57% de apoyo, pero no hay que llamarse a engaño: la cifra es apenas superior a la obtenida por el expresidente Boric al inicio de su mandato. ¿Por dónde va entonces el nuevo presidente? Por lo que él ha denominado un “gobierno de emergencia”: poner en orden lo que considera los errores del pasado y generar nuevas políticas públicas, especialmente en migración, economía y seguridad.
El problema es que muchas de sus propuestas deben pasar por un Congreso bicameral en el que no tiene mayoría en la Cámara de Diputados y donde el Senado está prácticamente empatado. ¿Negociación? Es lo único esperable. Sin embargo, su estilo, a veces percibido como arrogante, podría dificultar esos acuerdos, en un Congreso altamente fragmentado.
A ello se suma otro factor: la conformación de su gabinete. Kast optó por perfiles empresariales, sin experiencia política, lo que ha generado tensiones incluso dentro de su propio sector, que anticipa mayores dificultades en la negociación. Un ejemplo es el ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, consultor y analista de mercados complejos, pero sin militancia política. O Trinidad Steinert, ministra de Seguridad Pública, exfiscal, también independiente.
Quizá un caso aún más sensible es el del canciller, Francisco Pérez, empresario con alguna experiencia internacional, que deberá enfrentar desafíos como la relación con Estados Unidos y, especialmente, el vínculo comercial con China, en medio de las tensiones globales y las presiones de Trump. China es uno de los principales socios comerciales de Chile, con fuerte presencia en minería y telecomunicaciones.
Incluso durante la dictadura de Pinochet, China mantuvo relaciones comerciales intensas con Chile. En 2025 concentró el 32,7% del intercambio comercial chileno, con un total de 65.332 millones de dólares. Las principales exportaciones chilenas son el cobre y sus derivados, además de un intercambio significativo de litio.
¿Bastará un empresario para liderar negociaciones de esta complejidad? Vale recordar la reciente polémica por el cable de fibra óptica entre Chile y Hong Kong, suspendido tras sanciones de Estados Unidos a funcionarios chilenos, bajo acusaciones de riesgo para la seguridad hemisférica.
Kast asumió un riesgo importante con su equipo. Sin embargo, fiel a su trayectoria, parece no estar dispuesto a reemplazar a sus cercanos por figuras políticas, incluso de su propio sector. Es un hombre de convicciones firmes, con un aire casi mesiánico, que parece moverse bajo una lógica clara: o se está con él, o se está en su contra.
Javier Milei, Nayib Bukele y Giorgia Meloni figuran entre sus referentes, sin dejar de lado a Donald Trump, a quien visitó antes de asumir —aunque no fue recibido—. ¿Podrá parecerse a ellos? No será fácil en un país como Chile, con una historia distinta y con movimientos sociales activos que ya han advertido que no están dispuestos a perder las conquistas logradas en las últimas décadas.
La pregunta final es si José Antonio Kast Rist y los partidos que lo respaldan estarán dispuestos a enfrentar esos movimientos para llevar adelante su llamado “gobierno de emergencia”.
*Chileno. Doctor en Comunicación y Periodismo. Magister en Desarrollo Rural.

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