A punto de ser otra, tantas.
- Camila Echeverri Duarte
- 25 ene
- 3 Min. de lectura

Hace tan sólo un año aprendà qué son las estaciones. Como alguien que nació y creció atravesada por la lÃnea del ecuador, mi percepción del clima, es decir, mi percepción del tiempo, era una extensión indivisible. Pero entonces, de este lado opuesto del hemisferio, los dÃas empezaron a acumularse hasta que vi el recorrido completo: desde el inicio de semillas volando en el cielo recién despejado, hasta el final desnudo de árboles más sabios que los siglos. Sólo entonces supe qué era llegar.
Con esta forma de marcar un inicio y un final, de repente podemos voltearnos y darnos cuenta quién hemos sido. Es tentador pensar que un paso después de otro dejó una ruta determinante. SÃ, fuimos de un punto a otro y sÃ, desde el final parece que fue eso lo que nos trajo aquÃ. Pero no, no es lineal. Andar en una dirección es, a la vez, no ir en otra.
Estamos hechos de todos los quizás que dejamos pulsando.
Ahora que estoy parada ante la vida que quiero hacer tan lejos de casa, llamo a mi papá y recuerdo que me perdà su cumpleaños; que estoy eligiendo ser joven aquà mientras él se hace viejo allá. Aun asÃ, la celebración que no compartimos nos alumbra y ampara. No porque vayamos a tenerla, sino porque, ante la imposibilidad, nos asomamos a imaginarla. Llamo a mi papá para decÃrselo. En algún lugar estamos sentados en una mesa, hay torta y velas, pero no mucha gente porque él pasa de conversar a menos que la persona realmente le caiga bien. Y ahÃ, en esa celebración imaginada, alcanzamos a caber. Él recordando sus decisiones, yo apostando por las mÃas.
A decir verdad, no han sido más que intentos ahogados por reclamar algo. No tenÃa ni idea qué, pero querÃa que fuera mÃo. En ese chapotear de mis manos, probé querer y terminé cortándome el pelo, me abrà el mismo piercing dos veces, cambié de ciudad tres y el doble de carrera. Aprendà francés, pero no entendà el alemán, ni lo de salir con varias personas, ni tampoco lo de establecer acuerdos. Rompà amistades, descuidé otras, pedà disculpas, perdoné y muchas de esas veces me pregunté si asà era querer. Pasé varias noches sin dormir porque habÃa que llorar y a la vez buscar pistas y repetirse que todo pasa. Subà y bajé de peso, sentà mis costillas, rechacé mis muslos y luego los quise. De repente me gustó madrugar y por fin, después de tanto tratar, los intentos dejaron de ser sólo intentos.
¿Quién concede ese alivio? Pienso en toda la gente que va en el mismo metro, todos a punto de llegar a ser maestros, enfermeros, amigos, nietos de alguien, esposos y amantes de otros. Quizás seguirán siendo pasajeros para ir aún más lejos. Cuando lleguen, los llamarán y sólo porque la voz al otro lado lo confirma, habrá un antes y un después.
No es que esa vaya a ser la verdad, mucho menos que el destino de tanto esfuerzo deba ser la certeza. Pero en ese devenir hay una especie de aleteo alrededor, como si por llevar tanto tiempo decidiendo también debiéramos conocer la ternura de lo que por fin no es como antes.
Hay una parte de mà que anhela los años de mi papá, poder estar donde está, pararme a pensar toda esa distancia y ver los momentos en que mi vida estuvo a punto de ser otra, tantas.
Si quien soy ahora es a la vez todas mis direcciones, creo que mi tiempo es escarcha regada, compañera de todo lo que sà voy viviendo.
*Estudios de Redacción creativa digital. U, de los Andes. Estudios de actuación en Los Angeles (California). Docente Online en enseñanza de inglés.
