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¿Y que vuelvan las mujeres a la cocina?

  • Foto del escritor: Esperanza Niño Izquierdo
    Esperanza Niño Izquierdo
  • hace 4 días
  • 7 min de lectura

Los derechos de las mujeres jamás están asegurados.

Nunca olvidemos que basta una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres sean puestos en peligro”.(extractos del pensamiento de Simone de Beauvoir)



“El feminismo es un obstáculo que hace a las mujeres competitivas con los hombres; por eso hay que cambiarlo por la feminidad”. “El feminismo aleja a la mujer de Dios”. Erika Kirk

“No todas las mujeres deberían votar” y la defensa de un sistema de voto por hogar forman parte de las posiciones públicas de Savanna Stone, influencer vinculada a los movimientos de mujeres conservadoras y tradicionales.


¿Qué dirían Christine de Pizan, Mary Wollstonecraft, Olympe de Gouges, Caroline Norton, Rosa Luxemburgo, Clara Zetkin, Clara Campoamor, Esmeralda Arboleda y tantas otras mujeres que, siglos atrás, escribieron y proclamaron la igualdad entre hombres y mujeres? Mujeres que exigieron educación igualitaria, participación en las decisiones del hogar, derechos sobre los hijos y sobre los bienes heredados o trabajados con su propio esfuerzo. Mujeres que, mediante manifiestos, huelgas y luchas políticas, incluso entregaron su vida para conquistar los derechos sociales, políticos y laborales de los que hoy disfrutamos en Occidente.


El patriarcalismo, que parecía haber cedido en buena parte en este mundo globalizado y que daba por sentados los derechos conquistados por las mujeres, parece estar dando una vuelta de tuerca al revés. Nos quiere devolver a épocas en las que la libertad femenina era castigada, cuando las mujeres eran perseguidas por poseer conocimientos medicinales, buscar explicaciones sobre la naturaleza o, simplemente, por atreverse a pensar y a vivir en libertad.


Lo más paradójico de este retroceso, visible tanto en Estados Unidos como en América Latina, es la participación activa de mujeres en movimientos como el de las tradwife, que reivindican determinados roles domésticos y familiares tradicionales. En junio de 2026, unas 3.000 mujeres participaron en el Women’s Leadership Summit de Turning Point USA en San Antonio, Texas, donde Erika Kirk presentó una visión de la mujer centrada en la fe, el matrimonio y la maternidad, y cuestionó abiertamente el feminismo.


Después de haber vivido una primavera de igualdad, volvemos al averno como la mítica Perséfone, condenada a regresar una y otra vez al inframundo. Así parecen estar hoy algunas de las conquistas de los movimientos por los derechos de las mujeres: la autonomía sobre el propio cuerpo, la educación, la participación política y científica, y los derechos laborales que tanto costó conseguir. Algunas mujeres parecen dispuestas a devolverlas, como Perséfone, a una tierra fría y estéril.


El fenómeno, sin embargo, no es nuevo. Peter Glick y Susan T. Fiske formularon a mediados de los años noventa la teoría del sexismo ambivalente, que distingue entre un sexismo hostil y otro aparentemente benevolente. Este último presenta a las mujeres como seres que deben ser protegidos, idealizados o mantenidos dentro de determinados roles tradicionales. Ambos, aunque de manera diferente, terminan justificando y manteniendo relaciones desiguales de poder.


Lo preocupante hoy es que una parte de estas ideas ya no circula únicamente en espacios privados. Está siendo difundida masivamente a través de redes sociales, podcasts, TikTok, Instagram y YouTube, donde los algoritmos contribuyen a amplificar contenidos que despiertan identificación, indignación y polémica.


Uno de los fenómenos más visibles es precisamente el de las tradwifes: mujeres que reivindican una feminidad asociada al hogar, la obediencia y la dependencia económica, evocando un modelo familiar tradicional en el que la mujer aparece principalmente como esposa, madre y cuidadora. El fenómeno ya no es marginal y ha adquirido espacios públicos y políticos de considerable visibilidad.


El discurso adquiere mayor fuerza cuando se presenta como una decisión libre y voluntaria. Algunas de sus representantes llegan incluso a cuestionar el derecho de las mujeres a participar políticamente. Savanna Stone, por ejemplo, ha defendido públicamente que las mujeres no deberían votar y ha respaldado la idea de un voto por hogar.


A esto se suma el crecimiento de sectores religiosos ultraconservadores que proponen el regreso de la llamada “sumisión bíblica” y cuestionan derechos políticos conquistados hace más de un siglo.


Uno de los casos más llamativos es el del pastor Douglas Wilson, cofundador de la Communion of Reformed Evangelical Churches (CREC). Wilson, ha defendido públicamente la derogación de laDecimonovena Enmienda, que reconoció el derecho de las mujeres al voto, y propone sustituirla por un sistema de votación por hogar, en el cual la representación política correspondería al jefe de familia. También propone que Estados Unidos sea una teocracia y que la estructura del Estado tenga la misma organización jerárquica como la iglesia, es decir, sin que las mujeres puedan participar en dicha estructura, según la teología pauliana.


La influencia de este movimiento religioso se amplía en E.U. Es así como la CREC cuenta con aproximadamente 170 congregaciones. Pete Hegseth, secretario de Defensa de Estados Unidos, pertenece a una congregación vinculada a esta red donde participa activamente. Wilson, por su parte , fue invitado a dirigir un servicio de oración en el Pentágono en febrero de 2026, junto a Hegseth, con lo cual irradia su gran poder.


El problema trasciende las fronteras estadounidenses. Estas ideas circulan con rapidez por América Latina y Europa y encuentran un terreno especialmente fértil en una sociedad hiperconectada, donde los discursos simplistas, provocadores y emocionalmente eficaces penetran con facilidad entre los más jóvenes.


Es allí donde aparece la llamada manósfera, una extensa red de sitios, foros y perfiles dedicados a debatir sobre masculinidad y que con frecuencia difunden discursos antifeministas y misóginos. La investigación reciente señala, además, que algunos de estos espacios se han relacionado con posturas de extrema derecha y con procesos de radicalización en línea.


El fenómeno alcanza también a mujeres que aceptan, reproducen e incluso defienden estos discursos, que terminan a la postre, restringiendo sus propios derechos.


¿Por qué unas ideas que antes parecían inaceptables comienzan a convertirse en normales?

Una de las explicaciones más conocidas es la ventana de Overton, concepto desarrollado por el analista político estadounidense Joseph P. Overton. La idea central es que existe un conjunto de posiciones que una sociedad considera políticamente aceptables en determinado momento y que esa ventana puede desplazarse.


Simplificada para efectos de comprensión, la idea permite observar cómo determinadas propuestas pueden pasar de ser impensables a discutibles, después aceptables y finalmente susceptibles de convertirse en decisiones políticas.


Ese proceso ayuda a comprender cómo discursos xenófobos, supremacistas, antifeministas o religiosos radicales pueden comenzar como expresiones marginales y terminar normalizándose a fuerza de repetición. El algoritmo hace el resto: muestra una y otra vez los mismos mensajes hasta convertirlos en una especie de verdad compartida.


No es entonces casual que algunas propuestas que parecían imposibles hayan comenzado a llegar a los congresos y a convertirse en proyectos de ley.


El ejemplo estadounidense resulta especialmente ilustrativo. El SAVE Act, aprobado por la Cámara de Representantes en abril de 2025 pero que no logró avanzar en el Senado, exigía acreditar documentalmente la ciudadanía para registrarse al momento de votar. Organizaciones de derechos electorales advirtieron que las nuevas exigencias afectarían especialmente a personas sin determinados documentos y, entre ellas, a muchas mujeres casadas cuyos documentos no coinciden con el apellido que utilizan después del matrimonio. En 2026 el proyecto y sus variantes volvieron a impulsarse en el Congreso.


Aquí conviene hacer una precisión: el SAVE Act no establecía que las mujeres casadas perderían automáticamente el derecho al voto por utilizar el apellido del esposo. El problema señalado por sus críticos era que las exigencias documentales podían crear obstáculos adicionales para registrarse, precisamente en los casos en que el apellido actual no coincide con el certificado de nacimiento, que es lo consuetudinario en Estados Unidos.

Estas propuestas tampoco aparecen en el vacío. Forman parte de una discusión política en la que el voto femenino adquiere enorme importancia y en la que las diferencias de comportamiento electoral entre hombres y mujeres tienen consecuencias políticas, dado que según las estadísticas electorales, se puede deducir que las mujeres votan más por las posturas liberales.


En Argentina, el retroceso también presenta señales preocupantes. El Gobierno de Javier Milei eliminó el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad y transfirió sus funciones a otras estructuras administrativas. En enero de 2025, además, el ministro de Justicia anunció la intención de eliminar del Código Penal la figura del feminicidio.


No se trata de afirmar que el feminicidio haya sido eliminado: esa modificación fue anunciada como propuesta, pero la figura continúa siendo reconocida en el sistema penal argentino. De hecho, el Registro Nacional de Feminicidios de la Justicia Argentina identificó 200 víctimas directas de posibles feminicidios durante 2025.


La preocupación, entonces, no es una fantasía. Naciones Unidas informó en 2024 que casi una cuarta parte de los gobiernos del mundo reportaron un retroceso en los derechos de las mujeres.


Y en marzo de 2026, Sarah Hendriks, directora de Política, Programas y Asuntos Intergubernamentales de ONU Mujeres, advirtió que, mientras el mundo enfrenta retrocesos democráticos, conflictos, presiones económicas y reducción del espacio cívico, existe una respuesta cada vez más organizada contra la igualdad de género y un retroceso de los derechos de las mujeres.


En Estados Unidos también se han producido decisiones judiciales recientes que afectan directamente al debate sobre los derechos de las personas trans. El 30 de junio de 2026, la Corte Suprema resolvió que las leyes de Virginia Occidental e Idaho podían establecer la elegibilidad para los equipos deportivos femeninos escolares sobre la base del sexo biológico, lo que implica la exclusión de las personas trans en dichos deportes.

Lo que se conquista también puede perderse.


Por eso es necesario visibilizar los efectos de estas redes, organizaciones e iglesias que, desde posiciones antifeministas, vienen ampliando su influencia en el mundo occidental. No se trata solamente de combatir una determinada opinión. Se trata de analizar cómo se construyen, se repiten y se normalizan discursos capaces de convertir en debatibles derechos que durante décadas creímos irreversibles.

Hoy la batalla también se libra en las pantallas.


Y para enfrentarla no basta con indignarse. Hay que contrarrestar, analizar, verificar y discutir con la misma amplitud con la que estas ideas son difundidas antes de que nos sorprenda la distopía de “El Cuento de la Criada”. Porque aquello que dejamos de defender puede terminar convirtiéndose, mañana, en lo que ya no podamos recuperar. Lo hemos aprendido con los derechos de las mujeres que hasta hace poco parecían indiscutibles. Si no los defendemos activamente corremos el riesgo de que un futuro cercano la única coordenada cultural aceptable vuelva a ser una: ser madres y, sumisas al esposo, permanecer en el hogar dedicadas al cuidado de los hijos, -como si fueran ante todo responsabilidad de las mujeres- y asumir las tareas domésticas, y de contera, despojadas del patrimonio.


*Abogada, Magister en Administración pública, . Autora de la obra Mujeres rescatadas del olvido.(Ed EKEPSY,2023) colaboradora de la revista Columna 7, Santa Marta.

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