Volvemos a 1984. Orwell está de moda

Actualizado: hace 3 días

Las palabras fueron y han sido tan poderosas que llegaron a convertirse en un factor esencial para construir el pensamiento social y científico en el mundo. Pero también pueden ser demoledoras: producir caos, dividir un conglomerado hasta separarlo y confrontarlo, llevándolo a límites inimaginables, como las guerras. Igualmente pueden convertirse en armas de “poder blando”, de manipulación masiva, como se constata en el mundo actual, tecnológico y globalizado.
Las comunicaciones fluyen hoy más rápido que el agua de los ríos, sin dificultad ni filtros que las detengan. Pueden ser productivas y útiles como herramientas básicas para el desarrollo humano, dada la incalculable información que contienen. Ahora bien, no se trata aquí solamente de analizar los mensajes cortos que pululan por las redes, sino los mensajes de poder y el lenguaje utilizado por este en sus comunicaciones con la sociedad.
En concreto nos detendremos en este escrito, no en el mensaje corto, lleno de imágenes, luces y sonido, sino en el lenguaje que ha introducido conscientemente este gobierno de Abelardo De la Espriella. Abandona los mensajes breves —ya utilizados efectivamente durante la campaña-, y los sustituye por discursos enmarcados en consignas bíblicas, en la fe religiosa, en los milagros y, muy sibilinamente, en la moral de estos grupos religiosos.
El lenguaje técnico-administrativo, propio de las políticas de un plan de gobierno acorde con las necesidades propias del desarrollo social y orientado a fortalecer el Estado social de derecho, bajo las premisas democráticas consagradas en nuestra Carta, parece haber desaparecido. Constatamos, por el contrario, cómo se articula hábilmente el discurso político con posturas evangélico-nacionalistas y católicas que calan en los espectadores —los gobernados— como una forma de introyectar mensajes agresivos dentro de códigos humanos aceptables. Se utiliza para ello el recurso de la repetición, con lo que ese discurso termina convirtiéndose en un ritual esperado y aceptable. Así, su contenido adquiere identidad y se acepta sin cuestionamientos.
Es así como la violencia y el retroceso social quedan cubiertos por los conceptos de amor, vida y saber, combinando palabras-marco de profundo contenido emocional en cada programa, para desarrollarlas luego con un propósito ideológico subrayado en líneas totalmente contrarias, pero efectivas, tal como veremos más adelante.
Orwell vuelve a aparecer
Sin lugar a dudas, George Orwell, en su novela “1984”, nos dejó claras pistas de cómo se consolida un régimen totalitario fascista, a partir de idear un plan y apuntalarlo mediante el manejo y manipulación del lenguaje.
Para imponer sus fines en el Estado distópico que le llamó Oceanía, se crean los principales Ministerios: el de la Verdad que manipula la información; el de la Abundancia que administra la precariedad y la pobreza; el del Amor que agencia la represión y promueve el odio y el de la Paz que promueve la guerra.
Para lograr el sometimiento el Estado totalitario creó una lengua a la que llamó neolengua, que consistía en reducir y sustituir el significado de las palabras específicas por otras cada vez más limitadas, simplificando el sentido implícito, los matices y las categorías que enriquecen los conceptos. De esta manera, el lenguaje se empobrece, se despersonaliza y termina diciendo todo lo contrario al significado original de las palabras Vg: la guerra es la paz; la falsedad es la verdad; la pobreza es abundancia.
Veamos más claramente hacia dónde apunta todo este engranaje de palabras contenidas en el “plan de gobierno” de Abelardo De la Espriella,- que como decíamos no es un plan de desarrollo técnico- quien ha presentado un “cuadro” a sus ministros y altos ejecutivos, filtrado por algún allegado. En dicho “cuadro” señala, mediante palabras significantes y escogidas hábilmente, cada aspecto de un supuesto “programa de gobierno”, con sus respectivos desarrollos. Es el llamado:
“Ciclo del milagro”. Veamos:
“Milagro”, según la RAE, se refiere a un “hecho no explicable por las leyes naturales y que se atribuye a la intervención sobrenatural de origen divino” o a un “suceso o cosa rara, extraordinaria y maravillosa”, entonces, tendríamos que el “plan de desarrollo” gubernamental de ADLE sería un hecho “inexplicable” y que dependería de una intervención sobrenatural para ejecutarlo. Y si articulamos este concepto con la palabra “ciclo”, cuyo significado remite a un conjunto de fases, fenómenos u operaciones que se repiten en orden y regresan al punto de partida para comenzar de nuevo, “la patria Milagro” se convertiría en una infinita espiral de milagros atornillada al poder.
Pero eso sería solo un aspecto de todo este andamiaje fabuloso. El punto más grave, está en el marco moral que utiliza, perfectamente articulado con la palabra significante . Por ejemplo, “milagro del amor”teje un puente entre lo moralmente aceptable y unos desarrollos que pueden ser contrarios a derechos consagrados en la Constitución.
En el “milagro del amor”, sus propuestas tienen que ver con temas que, presentados de otra manera, resultarían cuestionables e incluso inaceptables, dado que agrupan medidas relacionadas con porte legal armas,- en un país que cada vez se encuentra más azotado por la violencia-, la represión a los presuntos enemigos del gobierno o el endurecimiento del poder del Estado, sin más componentes que la fuerza letal de las armas. De esta manera se produciría sin ambages, la “transustanciación” Orwelliana.
La palabra amor tiene una carga moral positiva: cuidado, protección, solidaridad, vida. Pero el contenido concreto en el programa de Abelardo es exactamente lo contrario. Aquí aparece el doblepensar orwelliano: aceptar simultáneamente dos ideas incompatibles sin que se explicite la contradicción.
El “milagro de la vida” ocupa todo un campo moral que llevamos como eje tutelar de la existencia humana. ¿Quién podría estar en contra de la vida? Si se incluyen allí propuestas como revertir las leyes que permiten el aborto al amparo de una concepción de la moral cristiana o establecer la cadena perpetua, a abusadores de menores entre otras. Así el término “vida” funciona a la perfección.
Aquí el marco moral es tan amplio que preselecciona cualquier interpretación. Ya no hay discusión sobre qué derechos entrarían en conflicto, cuáles serían las consecuencias de esas políticas o qué concepción de justicia estaríamos adoptando. La manipulación del lenguaje permite que las verdaderas intenciones queden ocultas. La fórmula poderosa no describe la política: establece de antemano el marco desde el cual debe ser juzgada.
En el “milagro del saber”, la operación es todavía más clara: se propone la eliminación de lo que se denomina “ideología de género” que según la interpretación de las iglesias evangélicas, distorsiona el concepto de familia, -ya que considera que solo existe una forma de familia en nuestro país-. de la vida ya que desconoce el saber científico de la gestación. Otra inversión del valor intrínseco de la palabra saber, que claramente remite al conocimiento, a la investigación, a la educación y por ende el pensamiento crítico.
Pero si bajo esa noción se disponen políticas destinadas a restringir determinados conceptos o perspectivas educativas, aparece la tensión entre la acepción de la palabra y la acción concreta. La palabra “saber”terminaría funcionando como una especie de blindaje moral: no es censura o restricción al conocimiento; es “saber”. De esta soterrada manera, las políticas concretas adquieren parte de la carga moral positiva de su título.
Cuando se sustituyen las palabras
El manejo y la manipulación del lenguaje aparecen también en las comunicaciones de algunas instituciones del nuevo gobierno. Es el caso del ICBF, que ha ordenado sustituir la palabra “niñas” por “niñez” o “niños”. Por otra parte, existe una directriz interna de comunicaciones de la Agencia Nacional de Tierras (ANT) en la cual se ordena evitar el uso recurrente de la palabra “campesino”, priorizando el término “productor rural”; también se plantea sustituir “reforma agraria” por “acceso a tierras” o “formalización” de la propiedad agraria. Estos cambios pueden invisibilizar tanto a las niñas como a los campesinos. En el primer caso, se corre el riesgo de considerar equivalente el tratamiento de programas de protección para niñas y niños en situaciones de abandono, abuso o vulnerabilidad, ignorando las consecuencias diferenciales para unas y otros. En el caso de los campesinos, se desnaturaliza e invisibiliza un estamento reconocido de nuestra sociedad y se transforma a un sujeto histórico, en un gran colectivo útil al mercado. Los programas de respaldo al desarrollo rural incluirían así tanto a los dueños de la tierra —los grandes latifundistas— como a quienes la trabajan como si fueran sujetos equivalentes. Y, por último, tanto más grave: en el concepto de “acceso a tierras” caben todos, tanto quienes han sido desplazados de ellas como quienes promueven su concentración. Así nos confunden y nos ahogan en un profundo mar de contradicciones, difíciles de desglosar, racionalizar y criticar.
El poder no siempre necesita prohibir una idea; a veces le basta con cambiar las palabras con las que pensamos esa idea. Reducir la capacidad de pensar mediante el uso del neolenguaje convierte al lenguaje en un campo de batalla político o, como se dice ahora, en parte de la “batalla cultural”. No se trata únicamente de que alguien nos diga qué pensar, sino de conseguir que determinadas ideas dejen de ser fácilmente pensables y expresables.
Los ejemplos del “Ciclo del Milagro” y, por ende, de “la Patria Milagro” son especialmente interesantes porque permiten pasar de Orwell como literatura a un mecanismo contemporáneo de resemantización política del lenguaje.
La resemantización política del lenguaje, es el proceso mediante el cual el poder interviene en el significado social de las palabras: conserva términos reconocibles y cargados de valor, pero desplaza, amplía o invierte su sentido para adaptarlos a un determinado proyecto político. De este modo, una palabra puede mantener su apariencia familiar mientras cambia aquello que permite pensar y legitimar.
La disputa política no ocurre entonces solo en el campo de las ideas, sino también sobre quién tiene el poder de nombrarlas y de fijar su significado. Porque cuando se modifica el sentido de las palabras, también se modifica el marco desde el cual interpretamos la realidad.
Las palabras tienen poder. Y cuando un nuevo discurso político comienza a normalizar ideas que cuestionan los principios democráticos, quizá estemos creando, sin percatarnos de ello, un monstruo antidemocrático parecido al “Gran Hermano” de Orwell. Un verdadero Leviatán que, de consolidarse, podría conducirnos hacia un Armagedón fascista y poner en riesgo aquello que este país, a pesar de sus luchas políticas, sus violencias y sus profundas contradicciones, ha construido con gran esfuerzo: sus instituciones democráticas. Instituciones que hoy, más que nunca, debemos defender.
*Abogada, Magister en Administración pública, . Autora de la obra Mujeres rescatadas del olvido.(Ed EKEPSY,2023) colaboradora de la revista Columna 7, Santa Marta.

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