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¿Qué es la batalla cultural?

Foto del escritor: Alvaro Echeverri Uruburu
Alvaro Echeverri Uruburu
hace 4 días
6 min de lectura

El fascismo será democrático a la manera estadounidense.

(Bertolt Brecht 1942).



En su discurso de posesión presidencial Abelardo de la Espriella, anunció que su Gobierno emprendería una “batalla cultural” para recuperar, “el valor de la familia, el mérito, la disciplina, el respeto por la ley, el amor por la patria, la creencia en Dios y la responsabilidad individual…” De La Espriella introducía así, un concepto desconocido hasta ahora en el debate político nacional, el de la “batalla cultural”.


Hace algunos días en una alocución que precedió a la orden de desmontar más de 30 obras del Museo Nacional, abandonó las generalidades para de manera directa precisar el contenido de dicha batalla. “vamos a acometer una lucha abierta, decidida y patriótica contra el ‘Wokismo’, que no es más que una corriente ideológica que apunta a transformar los fundamentos morales, culturales y sociales en occidente, pervirtiendo los valores, la tradición familia, la identidad nacional.”


El “Wokismo”- concluyó  De la Espriella, “desconoce las diferencias biológicas entre hombres y mujeres, falsifica la historia reduciéndola a una sucesión de pugnas entre opresores y oprimidos…”


Estas expresiones han dejado al descubierto el manual que desde el movimiento Maga de Trump se viene impulsando como guía ideológica para los gobiernos de ultraderecha alineados con las políticas de Estados Unidos, alineación a la cual acaba de ingresar de manera bastante servil el gobierno de De  la Espriella.


Las expresiones “woke”, “wokismo”, son palabras importadas de la lucha política en  los Estados Unidos. Ellas traducirían  “estar atento” y  surgieron  a mediados del siglo XX en las comunidades afroamericanas para enfrentar las injusticias sociales, la discriminación y los atropellos policiales contra esa población. Como movimiento cobró enorme impulso a nivel de toda la Unión Americana, a raíz de la muerte brutal e injustificada del hombre de color Jorge Floyd a manos de la policía de Minneapolis, Minnesota en el 2020 con el lema “Black Lives Matter” (La vida de los negros importa) unido al también extendido movimiento (#Me Too), que denunciaba el acoso contra las mujeres en el mundo del cine, e incorporó otras reivindicaciones: el feminismo y en particular el derecho al aborto sometido a restricciones ilegales en muchos Estados; los derechos de la población LGTBIQ+; la defensa del medio ambiente en contra  al negacionismo del cambio climático y finalmente, el reconocimiento de los aportes del multiculturalismo a la cultura nacional.


El movimiento “Woke” se ha convertido para Trump y los republicanos Maga, en el trompo de poner para atacar al partido Demócrata tachándolo de “izquierda comunista”. Así por ejemplo, un furibundo anti “Woke”, el Gobernador de la Florida Ron de Santis, ha sostenido dentro de su ignorancia supina que “la cultura ‘Woke’ es la religión de la izquierda”.


Ahora bien, basta conocer los enunciados de las demandas del movimiento “Wok” para entender que estas no responden a ideologías típicamente de izquierda, aunque sin duda, quienes militan en movimientos sociales y políticos de ese signo manifiesta  conformidad y apoyo a muchos aspectos de ese movimiento.


Lo que en realidad ha venido siendo atacado por la extrema derecha norteamericana y sus imitadores del trópico son principios y valores de estirpe liberal. Porque ha venido ocurriendo desde hace varios años en los Estados Unidos, que ser liberal o llamarse liberales, para los sectores más conservadores es lo mismo que ser socialista o comunista. Así, por ejemplo, para Trump y el movimiento Maga Republicano, las universidades que actúan bajo los principios de libertad de cátedra e investigación, son en realidad “centros de adoctrinamiento de la juventud en las ideas de izquierda”.


La pretendía “batalla cultural” en la que se ha empeñado la extrema derecha, manifiesta como objetivo “el rescate de los valores tradicionales” del Occidente Cristiano. Pero esta empresa  termina por enfrentar y desconocer los ideales de la modernidad nacidos de las revoluciones liberales de los siglos XVII y XIX. Por ejemplo, la idea defendida por este movimiento, según la cual la religión debe volver a enseñarse obligatoriamente en las escuelas ataca la neutralidad religiosa del Estado moderno y el derecho a la libertad en consciencia de todos las personas,  incluidos los menores de edad que deben quedar al margen de imposiciones dogmáticas de cualquier tipo.


La defensa privilegiada de la familia heterosexual como la única forma de organización familiar, lo que la “batalla cultural” llama a “la familia tradicional” desconoce la pluralidad cultural de la sociedad, en la cual coexisten distintos tipos de familias a las cuales no se les puede  negar la protección jurídica so  pretexto de no corresponder a la “familia tradicional”.

De otra parte, en este mismo campo, se les pretende desconocer a las personas LGBTIQ+ los derechos que el principio de igualdad legal les ha reconocido después de largas e intensas luchas. Al tiempo que el integrismo religioso les niega derechos, se les humilla como supuestos practicantes de comportamientos “antinatura” o afectados por trastornos de salud mental.


La “batalla cultural”, como quedó claro en la alocución de De la  Espriella, que mencionamos al principio, se  opone a cualquier visión crítica de la historia nacional. Aquellas lacras del pasado que quieren callarse, como ocurre por ejemplo en los textos escolares en Norteamérica en los cuales no se menciona la esclavitud y menos aún que todos “los padres fundadores” eran dueños de esclavos. Tampoco se relata el exterminio de la población indígena durante el proceso de expansión de esa nación hacia el oeste.


En Colombia Abelardo, seguramente desearía retrotraernos en el tiempo a los idílicos amores de los padres de la patria, Bolívar y Santander por las célebres señoritas Ibáñez. Nada de relatos sobre los grandes convulsiones sociales que han dado origen a nuestra nacionalidad y reconstruidos narrativamente con maestría estilística por ese gran intelectual y ex canciller Indalecio Liévano Aguirre en su conocida obra, “los grandes conflictos económicos y sociales de nuestra historia”, lo mismo que investigaciones como la de Gonzalo España, “El País que se hizo a tiros” sobre las guerras civiles del siglo XIX. Por supuesto una obra que molestó y sigue molestando a la élite del país “La violencia en Colombia” de Monseñor Germán Guzmán Campo, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna, porque en ella “el fenómeno de la violencia” deja de ser una fuerza metafísica (Daniel Pecaut) para señalar a los autores de esa tragedia nacional. 


Lo que la Academia Colombiana denominó en su momento “la nueva historia” para oponerla a la vieja Historia narrativa y anecdótica, y que  ha tenido entre sus exponentes destacados a figuras como Luis Eduardo Nieto Arteta y Orlando Fals Borda, no tendrá cabida en el estrecho y sectario espacio de los exponentes de “la contrarreforma cultural”.


Bajo esa perspectiva sesgada y acrítica de la historia, se entiende por qué el gobierno ordenó arbitrariamente el retiro de varias obras del Museo Nacional que daban cuenta del reciente acontecer del país.


Este atentado cultural infortunadamente no ha sido excepcional y por el contrario trae a la memoria  los actos de censura de las expresiones artísticas durante el período de la llamada “violencia de la década de los 50” del siglo pasado se recuerda como el entonces Ministro de Relaciones Exteriores en 1948, Laureano Gómez a raíz de la conferencia Panamericana que daría origen a la OEA, ordenó censurar, cubriendo con una tela negra, el fresco del artista Ignacio Gómez Jaramillo que representaba la liberación de los esclavos durante el primer Gobierno liberal de José Hilario López en 1851 y que todavía hoy se encuentra en el ala izquierda del Capitolio Nacional


Pocos años después en Medellín, el alcalde laureanista de la ciudad José María Bernal, dispuso que se cubriesen con grandes telas las escenas  del muralista Pedro Nel Gómez, pintados en el Palacio Municipal -hoy Museo de Antioquia- que representaban el trabajo de los obreros en las minas y denunciaban el control extranjero de los recursos naturales del país. Los conservadores en el Gobierno y la Iglesia católica unánimemente condenaron esas obras por inmorales y comunistas. La  gran artista  Debora  Arango, hoy rescatada del olvido (en el billete de 2.000 pesos), fue hostigada, sus exposiciones prohibidas y se le condenó al ostracismo por más de 20 años.


La historia se repite, ayer como tragedia y hoy como comedia.


En conclusión, “la batalla cultural” de la extrema derecha es el primer paso para la  construcción  de un Estado y una sociedad  iliberales  que abriría el camino a un poder autoritario y fascista. Una sociedad civil en donde los valores liberales son desmontados para ser sustituidos por antivalores no democráticos: así, en vez de la libertad de cada persona para definir su proyecto de vida, se le impone un único tipo de relaciones sexuales y una sola forma de organización familiar; en vez de la libertad de cultos y una educación laica, se exaltan y exhiben las convicciones religiosas en actos públicos por parte de los gobernantes y se establece como obligatoria la enseñanza religiosa; en vez de la prohibición de todo tipo de censura del pensamiento y la libre expresión se elimina libros y escritos en escuelas y bibliotecas públicas y se eliminan obras y exposiciones de “arte molesto”  en los museos.


Por tanto, la defensa de la libertad cultural en contra de cualquier intento de censura y exclusión obedeciendo a criterios ideológicos sectarios, no es una lucha accesoria sino que hace parte sustancial del compromiso democrático por mantener vigente y fortalecer  nuestro Estado Social de Derecho.


*Ex-Costituyente 1991. Ex-Magistrado Consejo Superior de la Judicatura. Magister en Ciencia Política.

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