¿Quien nos informa?
- Jorge Mendoza

- hace 4 días
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Actualizado: hace 2 días

Mas de 26 millones de colombianos tomamos la decisión de quien va a dirigir el país en el próximo cuatrienio presidencial. Meditemos un poco en otra decisión importantísima que debemos tomar: qué medios de comunicación vamos a elegir para que diariamente nos entreguen su versión del país y del mundo.
Los medios de comunicación cumplen una función esencial en la vida de cualquier sociedad: son el principal canal a través del cual las personas acceden a la información, forman su opinión y comprenden lo que ocurre a su alrededor. Sin embargo, su funcionamiento nunca es completamente neutro. Depende de quiénes sea sus dueños, con qué fines operan y cómo seleccionan los contenidos que difunden. En Colombia, esta realidad se observa con claridad en la estructura de propiedad de los medios, marcada por una fuerte concentración en pocas manos y por la coexistencia de tres sectores: público, privado y comunitario.
El sector público, gestionado por el Estado a través de RTVC Sistema de Medios Públicos, incluye canales como Señal Colombia y el Canal Institucional, además de cadenas regionales. En radio, destacan Radio Nacional de Colombia, Radiónica y las Emisoras de Paz. Aunque cumplen una función cultural y educativa, su alcance es limitado frente a los gigantes privados.
El sector privado es el más dominante. En televisión, sobresalen RCN Televisión, del Grupo Ardila Lülle, y Caracol Televisión, del Grupo Valorem (familia Santo Domingo), acompañados por otros canales como Canal 1, Citytv y NTN24. En radio, Caracol Radio y RCN Radio lideran la audiencia, seguidos por la Organización Radial Olímpica y otras cadenas menores.
sector comunitario y educativo, formado por iniciativas sin ánimo de lucro impulsadas por juntas vecinales o universidades, cuenta con licencias especiales, pero con un alcance mucho más reducido. Su aporte es valioso en términos de diversidad, aunque su impacto nacional es limitado.
La misma dinámica se repite en la prensa escrita. No existen diarios nacionales de propiedad estatal, y la actividad está casi totalmente en manos privadas. El grupo más influyente es la Casa Editorial El Tiempo, vinculada al Grupo Planeta y al empresario Luis Carlos Sarmiento Angulo, que publica El Tiempo y El Espectador, además de revistas como Semana, Dinero y Cromos. El Grupo Valorem también tiene presencia en este ámbito, complementando su dominio televisivo. A nivel regional, diarios como El Colombiano en Medellín, El País en Cali, El Heraldo en Barranquilla o La Opinión en Cúcuta pertenecen a familias locales con trayectoria. En conjunto, se estima que tres o cuatro conglomerados controlan más del 60% del mercado mediático, aunque las cifras varían según el año y el sector analizado. Lo relevante es que sus dueños suelen estar vinculados también a sectores clave como la banca, la industria o el comercio, lo que plantea interrogantes sobre la independencia informativa.
Este panorama conecta con el análisis de autores como Noam Chomsky y Edward S. Herman, quienes en Manufacturing Consent (1988) sostuvieron que los medios no son espacios neutrales, sino mecanismos que ejercen influencia ideológica al servicio de las élites. Su modelo de los cinco filtros explica cómo se define lo que se difunde: la estructura de propiedad de los medios, la dependencia de la publicidad, la relación con el poder estatal, la presión de grupos de interés y la selección misma de los contenidos. Según esta visión, no hace falta censura abierta: basta con filtrar y organizar la información para marginar puntos de vista incómodos y mantener a la población en una actitud pasiva.
La lógica de concentración se consolidó con el auge de la televisión a partir de la década de 1950. En sus inicios, era un medio limitado, disponible solo en grandes ciudades de Norteamérica y Europa, con señal en blanco y negro y pocos aparatos receptores. En América Latina, la televisión llegó un poco más tarde: México inauguró transmisiones en 1950 y Colombia en 1954. Durante los años sesenta, gracias a redes de repetidores y satélites como el Telstar, la cobertura se amplió notablemente, permitiendo transmisiones en vivo entre continentes.
En los setenta se extendió la televisión en color y los sistemas satelitales llegaron a zonas antes aisladas. En los ochenta y noventa aparecieron la señal por cable y la transmisión directa al hogar, logrando cubrir a más del 90% de los hogares en países desarrollados, aunque en algunos lugares europeos esa cifra se alcanzó más tarde. Así, la televisión se convirtió en el medio masivo por excelencia, capaz de difundir una misma narrativa a millones de personas simultáneamente.
Con la llegada de internet y el desarrollo de las redes sociales, el panorama informativo experimentó una transformación profunda. Sus orígenes se remontan a sistemas de mensajería y foros de los años setenta y ochenta, hasta que en 1997 apareció SixDegrees, considerada la primera red social moderna, aunque cerró en 2001 por falta de sostenibilidad. El uso masivo llegó a principios de los 2000 con Friendster y MySpace, y en 2004 la aparición de Facebook marcó un cambio definitivo al extenderse rápidamente por todo el planeta. Posteriormente surgieron otras plataformas de gran alcance: YouTube, WhatsApp, Instagram, Snapchat, TikTok y X (antes Twitter), consolidándose como espacios de difusión de noticias y debate público.
Aunque estas herramientas parecen ofrecer mayor libertad y diversidad de voces, en la práctica mantienen dinámicas similares a los medios tradicionales. Una característica central es el funcionamiento de los algoritmos selectivos, que recopilan datos de cada usuario —clics, tiempo de visualización, búsquedas, ubicación y preferencias— para elaborar un perfil y mostrar únicamente aquello que se calcula captará más su atención. El resultado son las llamadas burbujas informativas: cada persona recibe una versión particular de la realidad, donde se refuerzan sus creencias previas y se reduce el contacto con opiniones distintas. Además, también aquí existe concentración de la propiedad: Meta controla Facebook, Instagram, WhatsApp y Threads; Alphabet es dueña de YouTube; X Corp gestiona X; ByteDance posee TikTok; Microsoft administra LinkedIn y Tencent es propietaria de WeChat.
El uso de estas plataformas varía según edad y región. TikTok concentra una mayoría de usuarios menores de 30 años, especialmente en Asia y América Latina, mientras que Snapchat es más fuerte en Norteamérica y Europa. Instagram predomina entre jóvenes de 18 a 34 años; Facebook y X tienen mayor presencia entre adultos mayores de 25 años; y servicios como YouTube y WhatsApp son transversales a todas las edades. Geográficamente, los mayores volúmenes de usuarios se encuentran en India, Estados Unidos, Indonesia, Brasil y México. En América Latina, la penetración supera el 70% y en algunos países llega al 80%, con predominio de usuarios jóvenes.
Ante esta realidad, distintos gobiernos han establecido regulaciones para equilibrar derechos de los usuarios y control de contenidos. La Unión Europea aprobó la Ley de Servicios Digitales, que obliga a las empresas a explicar cómo funcionan sus algoritmos, limitar la difusión de contenidos dañinos y garantizar acceso a información variada, con multas de hasta el 6% de sus ingresos anuales. En Australia, algunos estados han propuesto prohibir el uso de redes sociales a menores de 16 años, aunque aún no existe una prohibición nacional vigente. En Brasil y Colombia, las leyes se han centrado en proteger datos personales y exigir mayor transparencia, como la Ley 1581 de 2012 en Colombia. En otros lugares, como China y Rusia, las normas son más estrictas, con un control estatal directo sobre lo que se publica.
Desde una visión crítica, estas medidas generan un debate importante: aunque buscan proteger a la ciudadanía, también pueden convertirse en herramientas de control político. Al final, la lógica sigue siendo similar a la de la televisión: son mecanismos automáticos e intereses corporativos los que terminan definiendo qué información llega a cada persona, manteniendo la influencia de los sectores dominantes sobre la manera en que entendemos la realidad.
Conclusión
La pregunta “¿quién nos informa?” sigue siendo crucial. En Colombia y en el mundo, la concentración de la propiedad mediática y el poder de los algoritmos muestran que la información nunca es completamente neutral. Por ello, resulta indispensable fortalecer la ética periodística, diversificar las fuentes y fomentar una ciudadanía crítica capaz de reconocer los filtros que median entre los hechos y su representación. Solo así podremos aspirar a una comprensión más amplia y plural de la realidad que nos rodea.
*Economista, especialista en Economía Internacional.

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