Piden más


¿Todo esto para qué? ¿Para qué los amigos de visita? ¿Para qué terminar temprano los viernes? ¿Para qué ir a tomar algo? ¿Para qué escuchar con atención? ¿Para qué hablar de lo que me pasa? ¿Para qué el amor de mi familia? ¿Para qué mi infancia? ¿Para qué la fila antes de pagar? ¿Para qué el trayecto en bus y el pelo de mi perro? ¿Para qué la ternura o la bondad? ¿Para qué todo esto?
P es la clase de persona que podría responder, pero cuando se lo pregunto, me habla de buscar una fe y yo me asusto. ¿Cómo puedo creer en algo ahora? En estos días míos tan infinitamente lejos de la muerte y el abuso y la guerra. Una niña de universidad privada viendo la pantalla de su celular. Eso soy, todos los días. Seguro mis datos ya los tiene el nuevo gobierno, el de Estados Unidos y el de Israel, que doce días después del terremoto ya tenía militares en Cali y Pereira. Militares tomándose selfies junto a escombros cuando debajo había gente.
Yo me fui de Colombia 2 años antes del terremoto, 2 años antes de este gobierno y cuando me preguntaba para qué todo esto, sentía que iba tras de alguien que en algún lugar ya existía: la de las respuestas. Eran días de pensar que allá adelante me esperaba una identidad alcanzada a pesar de los otros. El privilegio absoluto de ser un pero: la que nació Colombia, pero en Bogotá, pero en Usaquén, pero en casa de cuatro pisos, pero en madera, pero con chimenea, pero con jardín. Diseccionar mi suerte, eso hago ahora que no estoy más en esos días. Estaba segura de que Colombia no iba a venir por mí nunca.
Acá en España se cumplen 90 años de la Guerra Civil. Hace poco oí a una chica decirle a otra: "debes pedir permiso. Si estás a punto de tener más años que tus muertos, debes honrar que vas a vivir más que ellos".
Yo llegué justo a los 50 años de muerto Franco. Dos años después de caer el régimen, en el 77, España decidió aprobar una ley para liberar a los presos políticos. Personas encerradas por crímenes que la dictadura inventó, se quedaron sin vida profesional y no podrían acceder a una pensión. Sin embargo, fueron los franquistas disfrazados de nuevos demócratas quienes terminaron redactando la ley. Quedaron exentos de sangre todos los crímenes de la guerra civil y los de 40 años de régimen. Como si nunca hubieran perseguido, torturado, ejecutado, desaparecido, violado. La llamaron la ley del olvido y sigue vigente. 90 años sin condenas.
En Colombia, desde el día del terremoto se ejecutaron bombardeos que, a la hora que escribo esto, han acabado con la vida de seis niños. Como siempre, salió gente muy angustiada a preguntar qué hacían niños ahí, que cómo era posible. Esos seis niños reclutados en zona de conflicto hicieron lo que este país los obliga a hacer:
sobrevivir.
En España una ley pudo perpetuar el indulto, pero en Colombia no hace falta tanto. Aferrarse al rencor ha bastado para legitimar a quien se mata. Resienten al país por todos sus sufrimientos y a la vez están seguros que Colombia nunca va a ir tras ellos. Creen en la venganza como si los absolviera. ¿Eso es privilegio? ¿Celebrar a un presidente que camina entre cuerpos caídos en combate? ¿Clamar a viva voz que quieren más? ¿Vivir tranquilos entre la predación y lo mundano?
Presenciamos ráfagas y ráfagas de muerte en nuestros teléfonos para luego llegar a una casa donde alguien nos espera. Dicen por todos lados que ya conocimos los peores nacionalismos, que todos los dictadores empezaron siempre con este mismo revanchismo, que no hay que creerles a los salvadores de patria. Pero nos aferramos a quienes nos esperan en casa porque su bondad sí es la legítima. Apostamos por un futuro y nos creemos dueños de él porque la Historia les pasa a otros.
A las víctimas.

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