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Palabras del profesor emérito doctor Hernando Herrera Mercado

Hernando Herrera Mercado
24 sept
11 min de lectura

Actualizado: hace 3 días

Apreciados asistentes, magistrados de las cortes y tribunales, dignatarios del Estado colombiano, directivas de la Universidad del Rosario, colegas, compañeros, amigos y familia:


Permítanme ceder el uso de la palabra al corazón, a pesar de estar presente en esta distinguida tribuna del intelecto. Acudo al corazón porque, como bien discernió Borges, preserva de manera más fidedigna el trasegar existencial.


Pretendo, con esta licencia cuya dispensa solicito, compaginar y refrendar lo que representa este egregio patronato de más de tres siglos y medio de fundación y el inquebrantable vínculo que me ata al Rosario.


Deseo también gravitar en la órbita del órgano originador de nuestros latidos, porque el cerebro, hijo de la razón, suele ser excesivamente altivo y fácilmente desata su vínculo con lo espiritual. Mi convicción, aunque como buen volteriano respeto otras, es que a mí me gobierna Dios. En consecuencia, no sobra hacer caer en cuenta que, aunque en este instante luzco físicamente de pie, en realidad permanezco de rodillas, admirando de frente a la Virgen de los rosaristas, la Virgen de la Bordadita, cuya imagen entroniza este magno auditorio.

A ella encomiendo este inmerecido privilegio que llevaré de aquí adelante como presea invisible al ser exaltado por nuestra alma mater. Por esta devoción indeclinable me he denominado como liberal mariano: ciertamente libre pensador, pero seguro de saber quién es el hacedor de nuestros designios.


A ella y al Creador corresponde ofrendar este acto que me enaltece en grado mayúsculo y por el que extiendo mi fervoroso agradecimiento a nuestras directivas. 


Deseo reconocer, en primer lugar, a nuestra primera mujer rectora, la doctora Ana Isabel Gómez Córdoba, quien, con el tino propio de los prudentes, elevado carácter rosarista y gran desprendimiento, tomó las riendas de la Universidad en una de sus horas más desafiantes. Su gestión merece reconocimiento, como también el de quienes han contribuido a conducir esta institución.


Mi gratitud se extiende igualmente a la vicerrectora, doctora Rocío Araujo Oñate; al decano Erick Rincón Cárdenas; a la Consiliatura, al Consejo Académico de la Facultad de Jurisprudencia y a todos aquellos que hicieron posible que hoy pueda dirigirme a ustedes desde este emplazamiento, engrandecido por las oratorias de tantos hombres ilustres de nuestra historia.


Lo hago con enorme emoción y casado con aquel dicho hispano que dicta que “la gratitud en silencio no sirve a nadie”. O, como lo consignara Quevedo: “El agradecimiento es la parte principal de una persona de bien”.


Gracias, igualmente, a todos y cada uno de los que me acompañan en este acto. Les agradezco infinitamente ser destinatarios y, a la vez, protagonistas de una felicidad que maximiza mi existencia. Con razón manifestaba Heródoto que, de todas las posesiones, la amistad era la más valiosa. 


El Rosario y la historia


Es un honor indescriptible estar aquí, en este atril por el que han desfilado personas de destacada hechura intelectual. Pero es igualmente gratificante contemplar este pabellón arquitectónico, sus majestuosos plafones, sus estucos y los espacios que han servido de escenario al otorgamiento de las mayores dignidades de este templo de la academia.

Quisiera sumergirme en este majestuoso entorno, mosaico que recrea nuestro pasado colectivo como institución educativa y que también retrata el de la República. Estos lienzos, esta invaluable pinacoteca, custodian algo más que la tradición del Rosario y su saber fundacional: son también huellas de épocas de una Colombia a veces atribulada, a veces desafiada y siempre resiliente.


Las miradas aparentemente congeladas en el tiempo de los protagonistas de estas pinturas surcan los siglos para refrendar el trascendente papel de esta institución, edificada sobre muros coloniales cuyas paredes deberían ser, por encima de todo, espejos, porque reflejan nuestro trasegar académico y la réplica, en este terruño, de erudiciones tan exquisitas como la de la Ilustración.


La colección pictórica que nos rodea no solo exhibe arte; también preserva un registro histórico de la Nación.


Aquí se gestó parte de lo más excelso de la escuela del pensamiento granadino; aquí se adoptaron parámetros conceptuales del Renacimiento; aquí se proveyó de cuna a ideas de la Independencia y aquí germinaron pensamientos que acompañaron distintos procesos constitucionales, incluido aquel que, con ocasión del movimiento estudiantil de la Séptima Papeleta, derivaría en la Constitución de 1991.


Por eso puede afirmarse que recintos como este suscitan la historia, la evocan y, por supuesto, la provocan. Lugares imbuidos de la agenda humana nos resultan imprescindibles porque son guardianes de nuestro pasado.


Esta Aula Máxima siempre me ha parecido semejante al Café Procope de París, contemporáneo en el año de su fundación de esta institución, lugar frecuentado por Rousseau y Voltaire y testigo de las ideas que impulsaron la Revolución Francesa. Se parece al Rosario porque aquí también se ha gestado la historia. Ambos son escenarios en los que la vida intelectual se convierte en parte de la memoria colectiva.


Que la vida nos premie permitiéndonos estar presentes en albergues intelectuales cargados de tanto simbolismo constituye una dispensa existencial sublime. Se entenderá entonces mejor la razón por la que este acto me desborda en sensaciones. 


El Caribe, los ancestros y la familia


Excúsenme ahora si apelo a reseñar de dónde vengo y de dónde vienen mis ancestros.

Vengo de ese Caribe inmenso, que es como nuestro Mediterráneo; de ese mar fantástico, crisol de razas que hermana litorales donde se replican por millares los Macondos. Venimos de un Caribe donde los adjetivos adornan historias que funden lo cotidiano con lo fantástico y donde la música no es solo ritmo, sino también relato.


Venimos de donde habitan las mariposas amarillas y donde los grillos verdes son tenidos como amuletos de buena suerte; de donde las tertulias y las crónicas ancestrales han servido como paliativo para adormecer los inclementes calores que no conocen descanso.

Vengo, como lo describió poéticamente el Tuerto López, del “noble rincón de mis abuelos”, de ese rincón al que tanto se quiere que se parece al cariño que uno “le tiene a sus zapatos viejos”.


Mis ancestros proceden del viejo Bolívar, aquel que integraba en un solo departamento lo que hoy son Córdoba, Sucre y el mismo Bolívar. También vengo de estirpes liberales arraigadas, de cuando los seres humanos trasegaban por la coherencia del pensamiento.

El destino me quedó debiendo poder tratar a mis abuelos, aunque siempre he vivido orgulloso de ellos. Mi abuelo materno murió siendo magistrado del Consejo de Estado; el Palacio de Justicia de Montería lleva su nombre. Con mi abuelo paterno solo coincidimos algo menos de tres años en este plano existencial, pero su obra también fue importante y estuvo vinculada al Ministerio de Trabajo.


Ambos tuvieron el privilegio de contar con mujeres de enorme valía. Mis abuelas fueron, tal vez, parte de aquella última generación que hizo memorables a las matronas costeñas.

De mis padres recibí la disciplina del trabajo y el respeto por la palabra empeñada. Nunca vi a mi padre dejar de madrugar y heredé de él la devoción por la profesión y la costumbre de trabajar incluso los fines de semana.


Mi madre, mujer de marcado carácter costeño y dueña de una franqueza singular, se impuso a sí misma el seudónimo de “Pensamiento Hablado”. De ella heredé algo de esa manera de expresarme sin rodeos.


A ellos, a mis padres y a mis hermanos, mi agradecimiento. Seguramente mis padres hubieran querido un hijo menos radical, temperamental y fustigador que quien les habla. Pero, como dijo alguna vez un exdecano de esta Universidad: “No hay chiquito que no sea bravo y usted ejerce permanentemente”.


Gracias también a mis tíos y primos, que me han acompañado con afecto, cariño y enseñanzas. 


Treinta y cinco años con el Rosario


Y cómo no agradecerte a ti, Universidad del Rosario.

A ti te debo mi formación jurídica; el haber conocido amigos que han sido bendiciones; y fue en tus predios donde conocí al amor de mi vida. De ti me he llevado lo mejor y espero, durante estos treinta y cinco años de ligadura profesoral, haberte sido recíproco.

Me has recriminado muy poco, a pesar de ser uno de los rosaristas menos escolásticos que han pasado por tus aulas y de haber incurrido en alguna que otra blasfemia, como proponer que fuera revisado el dicho fundacional de que esta es una congregación de varones ilustres para darle cabida a la mujer, o cuestionar el procedimiento de elección del rector.

Estas tres décadas y un lustro desde que se me brindó la posibilidad de ingresar a la disciplina profesoral han corrido vertiginosamente.


A mediados de los años noventa era designado estudiante monitor de la materia de Ideas Políticas, trabajando de la mano de los juristas Gonzalo Suárez y Camilo Ospina. Poco después fui profesor auxiliar de Jaime Vidal Perdomo y Luis Carlos Sáchica Aponte, y auxiliar de cátedra de Antonio José Cancino Moreno.


Luego vendrían las clases de Derecho en distintas facultades, los cursos remediales, mi paso como profesor titular de pregrado y posgrado y la creación de programas académicos novedosos. Bajo la dirección de maestros como Marco Gerardo Monroy Cabra, participé en la creación de la primera especialización dedicada al arbitraje del país, que con el tiempo se convertiría en una maestría de arbitraje nacional, internacional y de inversión.

Durante este periplo académico he coincidido con casi diez rectores y unos catorce decanos.

He alternado la vida académica con la actividad profesional y espero haber honrado al Rosario desempeñándome como conjuez de las altas cortes, director de la Corporación Excelencia en la Justicia, colaborador de Caracol Radio, presidente de la Corte Arbitral, director del Centro de Arbitraje de la Cámara de Comercio de Bogotá, secretario general de Telecom, secretario del Ministerio de Justicia y del Derecho, asesor de la Comisión Especial Legislativa, árbitro y litigante.

Mucho te debo, Rosario. 


Una mirada al futuro


En esta ocasión quiero también cabalgar sobre otras reflexiones. Para ello volveré a la historia.


¡Cuánto ha evolucionado el mundo desde el génesis de esta Universidad! Pocas décadas antes de su fundación se imponía la teoría heliocéntrica de Copérnico. La conquista del nuevo continente provocaba una renovación intelectual y ponía fin al ecumenismo geográfico basado en el modelo de Ptolomeo. El encuentro de civilizaciones desataba intensos debates jurídicos, como los de la Junta de Valladolid.


Atrás quedaron creencias aferradas al pasado, como aquella que aseguraba que los mares estaban plagados de monstruos que devoraban embarcaciones.


Sin embargo, aunque nuestra posmodernidad ha abandonado muchos de aquellos mitos, no así las criaturas peligrosas. Antes podían encarnarse en minotauros o dragones; hoy podría serlo la inteligencia artificial, si se la entiende como sustituto de la neurona.

No parto de la idea de que la inteligencia artificial sea negativa. Por el contrario, se trata de un invento de sorprendentes beneficios y puede convertirse en un valioso soporte. Lo que considero necesario preservar es el ejercicio del razonamiento humano.


De aceptarse que los sistemas informáticos sustituyan la cognición racional, correríamos el riesgo de depreciar uno de los elementos fundamentales de nuestra esencia: el cerebro.

Platón y Aristóteles sostenían que debía existir tiempo libre, el llamado ocio productivo, entendido como un reposo destinado a reenfocar la reflexión y potenciar la creatividad. Una cosa es utilizar la tecnología como herramienta y otra muy distinta permitir que sustituya el ejercicio de pensar.


Si llegáramos a ese extremo, los próximos genios no serían Da Vinci, Arquímedes, Picasso, Shakespeare, Monet, Einstein o Galileo, sino programas computacionales. Y entonces habríamos perdido una batalla fundamental de nuestra especie.

Pero mi corazón, a quien he delegado la guía de estas palabras, vuelve a llamarme la atención. Me indica que deje estas vicisitudes para otro momento y me centre en lo fundamental: mis seres queridos. 


Los que hacen posible una vida


En torno a mi esposa, María Elisa, no tengo mejores palabras para significar lo que has sido para mí que las que Mario Vargas Llosa destinó a su esposa al recibir el Premio Nobel, con mínimos ajustes.

Ella es la mujer con la que tuve la fortuna de casarme hace décadas y que todavía soporta mis manías, neurosis y rabietas. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido nuestras hijas ni los nietos que nos prolongan y alegran la existencia.


Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes y hace y deshace las maletas.


Gracias por todo, compañera de vida. Has sido, como tantas veces lo he repetido a la manera en que lo exclama un cantautor brasilero: “A mais certa em horas incertas”: la más cierta en horas inciertas.


Mariana, Laura y María Alejandra, mis queridas hijas, sin duda lo mejor de mí.

¿En qué momento se nos crecieron? Ahora entiendo más que nunca el inexorable paso del tiempo. Me extasiaba pensando que su infancia era para siempre, pero en realidad me estaba engañando: cada una de ustedes se hacía mujer.

Por fortuna, la felicidad posee memoria y tengo tanto de ustedes que siempre llevaré aquellos años grabados. También valoro este presente en el que la vida nos sonríe y en el que cada una se ha convertido en quien es.


Gracias por ser el hilo mágico y la clave para descifrar los laberintos de la vida; por ser las inspiradoras de los éxitos y realizaciones y el remedio frente a los reveses.

He pretendido darles ejemplo de coherencia intelectual, lucha y probidad. Espero que aquel señor que vieron pasar incalculables horas sentado frente a una pantalla, trabajando sin descanso o leyendo tantos papeles, haya hecho eco en sus vidas. No para que sean mi prolongación, sino para que, como les dijo Barack Obama a sus hijas en su carta A Letter to My Daughters, crezcan en un mundo sin límites para sus sueños.


Pero los sueños se alimentan de la constancia. Las horas difíciles son la piedra con la que se construye el carácter. No debemos temerles; debemos aprender a confrontarlas.

Y a mi querido yerno, Will, convertido en otro hijo para nosotros, también mi gratitud.

A mi nieta Eloisa, depositaria de nuestros sueños, quisiera decirle tantas cosas y darle tantos consejos para la vida. Pero, ante la evolución de estos tiempos, me temo que muchos, provenientes de un hombre nacido en el siglo pasado, resultarán irrelevantes. Por eso prefiero rodearla de felicidad.



Parte de esa felicidad es entonar juntos algunas estrofas en italiano de Nel blu, dipinto di blu, popularmente conocida como Volare, de Modugno y Migliacci. Y así, nuestra Eloisa recordará esa frase que parece escrita para ella: “Ma io continuo a sognare negli occhi tuoi belli”.


Mientras tanto, este corazón, poblado por todas mis mujeres, busca espacio para Tomás y para todos los nietos que Dios disponga darnos a María Elisa y a mí para seguir andando por este mundo plagado de tantas cosas buenas.

Gracias igualmente a mi suegra, que honra la Bélgica de sus antepasados con su generosidad, prudencia, sensatez y disposición. 


La abuela

Quiero dirigirme finalmente a otra persona indispensable en mi vida: mi abuela, Maruja Jaraba de Mercado.

Nada mejor para hacerlo que acudir a aquellos sonetos que Roberto Carlos dedicó a su madre y que yo destino a quien marcó de manera tan especial mi vida y nos dejó hace algunos años.

A pesar de la distancia y del tiempo, no puedo olvidar tantas cosas que de ti necesito escuchar. Tengo a veces deseos de ser nuevamente un chiquillo, aquel pequeño que tú todavía crees que soy; de pedir que me abraces o que, con la mano apretando mi hombro, me digas aquello que necesito saber.

Gracias, abuela, por ser esa enciclopedia de conocimientos sobre la mejor manera de conducir el trasegar existencial.

Recuerdo, sobre todo, aquella enseñanza que me repetías: no escogiera puesto, sino jefe. Te he hecho caso.


Gracias por conectarme de manera indisoluble con ese Caribe que vio nacer a nuestros antepasados. Gracias por regalarnos aquel pequeño espacio enclavado en el departamento de Sucre, aquella finca inolvidable cuyos mares contemplábamos como ningunos otros, incandescentes, como si en lugar de aguas fueran gigantescas placas de oro.

En sus firmamentos nocturnos aparecían tantas constelaciones que, de seguro, habrían podido inspirar las mejores pinceladas de los impresionistas.

Lo dijo Valdano hablando de un grande, y yo lo emplearé para referirme a ti: siempre serás la ausente más presente. 


Epílogo: vivir

Excúsenme ahora si culmino mis palabras a la española.

Apelo a la poesía de Machado para coincidir con él en que, al final, somos simples pasajeros; en que todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar.

Y quiero terminar haciendo mías unas frases fundidas en un par de canciones que persiguen mi cotidianidad: Me olvidé de vivir y Quijote, interpretadas magistralmente por un madrileño inmortal.

Soy un simple Quijote de un tiempo que no tiene edad. Alguien que, para tratar de vivir varias vidas en una, impenitentemente le ha robado a sus noches el sueño.

Soy, simplemente, alguien que, de tanto correr para ganarle tiempo al tiempo, en ocasiones se ha olvidado de que 


la verdadera vida tan solo se vive un momento.

Gracias.


*Extractado del discurso de aceptacion al reconocimiento como "Profesor Emérito" del doctor Hernando Herrera Mercado en la Universidad del Rosario. Enviado por el periodista Jorjeá Sanchez Vargas para RevistaHOJEANDO.com

 

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