La codicia


Los filósofos griegos fueron los primeros en analizar la relación del ser humano con lo material. Para Sócrates, Platón y Aristóteles, la riqueza era algo necesario, pero secundario: un medio para vivir bien, no el fin de la vida. Distinguían claramente entre el uso razonable de los bienes y la codicia, que definían como el deseo desmedido, insaciable y desordenado de acumular. Para ellos, la codicia era un vicio que nacía de la ignorancia y la falta de control sobre los propios deseos: quien pone su felicidad en tener más, se convierte en esclavo de lo que posee. La virtud, decían, estaba siempre en la moderación: usar lo necesario, administrar con sabiduría y buscar la plenitud en la virtud y el conocimiento, no en las cosas externas.
La escuela filosófica de los Estoicos (Zenón, Epicteto, Marco Aurelio) consideraba que, la codicia es una pasión irracional y querer cosas que no dependen de nosotros, (dinero, propiedades) nos hace esclavos del azar y del miedo a perderlas. Decían que el bien verdadero está en la virtud y en el control de uno mismo, no en lo material. Quien desea demasiado vive en ansiedad, quien se conforma con lo necesario es libre y feliz.
Siglos después, esa idea se transformó y cobró nueva fuerza con el surgimiento del calvinismo y las corrientes religiosas protestantes. Juan Calvino y sus seguidores dieron un giro profundo: para ellos, el trabajo dejó de ser un castigo y se convirtió en una vocación sagrada. Ganar dinero y tener éxito en los negocios no era malo, al contrario: podía ser una señal de la bendición de Dios y de que se estaba cumpliendo con el propio deber en el mundo. Sin embargo, pusieron una línea muy clara que venía de la sabiduría antigua: la riqueza es buena si se gana con esfuerzo honesto y se usa con austeridad; pero el amor al dinero por sí mismo, el deseo de acumular sin límite o el gasto en lujos y placeres, es codicia y pecado. El creyente no era dueño absoluto de lo que tenía, sino un administrador de los bienes de Dios. Por lo tanto, lo que ganaba debía ser ahorrado, reinvertido o usado para ayudar al prójimo, nunca derrochado.
Max Weber, en su obra Ética protestante y espíritu del capitalismo (1904–1905) explica cómo las creencias religiosas transformaron la mentalidad y la conducta, creando la base cultural y moral del capitalismo moderno occidental. Dice que la religión aportó el impulso ético y psicológico que lo hizo posible y dominante. Nos dice que el "espíritu del capitalismo" no es solo afán de ganar dinero (eso ha existido siempre), sino una actitud ética y racional: buscar ganancia de forma sistemática, continua y eficiente, como un fin en sí mismo, no solo para satisfacer necesidades y valorar el trabajo duro, la disciplina, el ahorro, la honestidad y la inversión como virtudes morales. Al principio, todo estaba cargado de sentido religioso: se trabajaba por Dios, por la salvación.
Los principios originales del calvinismo, construyeron una ética económica estricta que condenaba firmemente la codicia: enseñaban que toda riqueza y bienes eran un depósito entregado por Dios, del cual el ser humano era solo administrador, por lo que debían emplearse para honrarlo, satisfacer las necesidades básicas con decencia y moderación, y contribuir al bien común mediante obras de caridad, ayuda a los pobres o mantenimiento de instituciones sociales, sin permitir la acumulación ilimitada, el lujo ostentoso ni la explotación ajena. En esta visión, el éxito económico podía interpretarse como una posible señal de elección divina, pero solo si iba acompañado de austeridad y virtud; normas como el precio justo, la prohibición de usura o la regla de no aprovechar la necesidad ajena para obtener ganancias eran obligatorias y se aplicaban en la práctica en ciudades como Ginebra o Ámsterdam, donde se regulaba el gasto y se sancionaba a quien actuaba con avaricia.
Con el tiempo, la fe se fue debilitando, pero la mentalidad y los hábitos quedaron: disciplina, ahorro, afán de ganancia, inversión. Quedó lo que Weber llamó "jaula de hierro": hoy estamos obligados a vivir según estas reglas económicas, ya sin el sentido religioso, solo por la lógica del sistema mismo.
Así, entre los siglos XVIII y XIX, este sistema de valores religiosos se desmontó completamente por una serie de cambios entrelazados: teológicamente, la doctrina de la predestinación se debilitó y se reinterpretó, de modo que la prosperidad dejó de ser un signo espiritual condicionado a la virtud para convertirse en una bendición directa, mérito personal o prueba absoluta de aprobación divina, hasta el punto en que ganar más se presentó como un deber moral y la codicia se justificó como progreso o éxito.
Económicamente, el auge del capitalismo y la Revolución Industrial tomaron el legado protestante de valoración del trabajo y el comercio, pero impusieron una lógica de crecimiento, inversión y acumulación masiva que chocó con la antigua norma de suficiencia; se separó la ética religiosa de la actividad económica bajo la idea de que los negocios son negocios, y prácticas antes condenadas pasaron a llamarse ambición legítima o espíritu empresarial, mientras que la necesidad de ampliar el capital llevó a situaciones como jornadas laborales de 14 o 16 horas o salarios de subsistencia, cosas que antes se habrían considerado explotación.
Socialmente, la burguesía, dueña de industrias y comercio, pasó de la modestia al poder y el lujo, dejando de ver la riqueza como una carga para considerarla un derecho y logro propio; al mismo tiempo creció el individualismo, se valoró más el éxito personal que el bien común y acumular bienes se convirtió en símbolo de estatus y mérito.
Las personas copiaron los hábitos de consumo de las clases altas (que a su vez imitaron el lujo de la nobleza), invirtiendo los valores: antes la modestia era virtud y mostrar riqueza era pecado, ahora mostrarla era señal de bendición y éxito, mientras que vivir con sencillez podía interpretarse como fracaso o falta de fe. Todo esto formó un círculo vicioso donde el sistema económico exigía deseo y acumulación, y la religión dejó de condenarlo para justificarlo, transformando completamente el sentido original: se pasó de la norma: no codicies, lo que tienes es de Dios y debes compartirlo, a la idea de esfuérzate y busca tener más, cuanto más poseas más bendecido eres, y el uso de tu riqueza es asunto tuyo, de modo que la antigua prohibición quedó reducida a una frase bíblica sin aplicación práctica en la vida económica y social.
El resultado de esta evolución es el estado actual de desigualdad económica que impera en las sociedades, especialmente en la órbita occidental. El 1,0% de la población más rica de los Estados Unidos, acumula el 22% de todos los ingresos anuales del país. En el Reino Unido, el 1,0% de la población se apodera del 14% de todos los ingresos. Para América Latina, el informe de Oxfam de 2024 estima que el 1 % más rico concentra casi 43,5% de la riqueza total de la región y en Colombia, el Informe sobre la Desigualdad Mundial publicado en diciembre de 2025 por el World Inequality Lab, señala que el 1 % más rico posee cerca del 38 % de la riqueza total y el 10 % más rico el 71 %.
Y claro que siempre habrá algún grado de desigualdad económica en todos los países, pero la codicia ha llevado a la situación ilógica e inaceptable de que haya parte de la población que no pueda acceder a un sistema social que ampare su salud, que facilite su vivienda, que ofrezca oportunidades de subsistencia, que garantice su educación y en general, que pueda permitirle pertenecer a un grupo social con dignidad.
No se trata de comunismos caducos ni de socialismo a ultranza, se trata de una conciencia general de la inutilidad del consumismo, de la necesidad del pensamiento colectivo para lograr un mejor bienestar. Permear la sociedad occidental con un poco de confucianismo adaptándolo a nuestra forma de pensamiento, podría volcar a Occidente a una nueva era de prosperidad pacífica y ordenada.
El confucianismo es una tradición filosófica y ética originada en la antigua China a partir de las enseñanzas de Confucio (siglo VI‑V a.C.), que propone un orden social basado en la virtud, el respeto recíproco y la armonía colectiva. Sus principios fundamentales son la benevolencia y amor al prójimo, la rectitud en las acciones, la lealtad y el respeto a las personas mayores y a las instituciones, así como la honestidad y la búsqueda del bienestar general antes que del beneficio individual. Concibe la sociedad como una gran familia donde cada quien cumple con su papel con dignidad, y considera que la prosperidad verdadera se construye sobre la justicia, la educación y la confianza mutua.
(Aparte del libro HACIA UNA SOCIEDAD DIGNA, de mi autoría.)
*Economista, especialista en Economía Internacional.

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