Historias del sismo
- Keshava Liévano
- 24 ago
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A Josefa le enseñó el manglar a tener paciencia.
No fue su madre, ni una abuela de esas que saben tantas cosas que parecen haber vivido varias vidas. Fue el barro. El barro le enseñó que nada se consigue de golpe y que las cosas importantes casi siempre están escondidas.
A sus cuarenta años, Josefa podía encontrar una piangua sin verla.
Metía la mano entre las raíces del mangle, hundía los dedos en el lodo oscuro y esperaba. No buscaba a ciegas. Escuchaba con las manos.
—Aquí hay una —decía.
Y casi siempre acertaba.
Había aprendido a distinguir el barro bueno del barro vacío, el manglar joven del manglar cansado, la raíz que podía sostenerla de aquella que se desprendía cuando uno confiaba demasiado en ella. Sabía leer las mareas como otros leen un calendario.
A veces salía antes de que amaneciera.
Se amarraba el vestido a las rodillas, se ponía un pañuelo en la cabeza y llevaba un canasto. Caminaba hacia el manglar con los pies descalzos porque las botas, decía, engañaban al cuerpo.
—Con los pies uno sabe dónde está parado.
Josefa había aprendido también que las mujeres del manglar no sacaban simplemente pianguas. Sacaban el día.
Cada molusco era una moneda. Cada canasto, una posibilidad de desayuno. Cada marea, una oportunidad de que sus tres hijos comieran.
El padre de los niños había desaparecido mucho antes de marcharse.
Era minero. De esos hombres que regresaban de la mina con los bolsillos llenos de barro y la cabeza llena de aguardiente. Prometía cambiar. Prometía dejar la bebida. Prometía volver con dinero.
Después dejó de prometer.
Josefa se quedó sola con tres hijos.
Rosa tenía entonces pocos años y ya sabía que su madre necesitaba dos manos más.
Ahora Rosa tenía trece.
Era la mayor y se levantaba antes que el sol para despertar a sus hermanos de siete y nueve años. Les preparaba algo para comer, los bañaba cuando hacía falta, revisaba que llevaran los cuadernos y caminaba con ellos hasta la escuela.
Después regresaba a ponerse el delantal.
Porque Rosa, además de estudiante, era la encargada del comedor de la Escuela La Libertad, cerca de Nuquí.
Tenía trece años y ya cocinaba como si hubiera heredado una cocina invisible.
Sabía hacer arroz con coco sin medir el coco.
Sabía cuándo el plátano estaba listo con sólo mirarlo.
Sabía preparar un encocado y conseguir que el pescado supiera a mar aunque ese día hubiera poco pescado.
Y, sobre todo, sabía cocinar piangua.
Josefa había sido su primera maestra.
—La piangua no se cocina con afán —le decía—. Primero hay que escucharla.
Rosa se reía.
—¿Y cómo se escucha una piangua?
—Cuando aprendas, vas a saber.
Y Rosa aprendió.
Aprendió a limpiarlas sin desperdiciar la carne. Aprendió a lavarlas varias veces, a preparar el sofrito con cebolla, ajo y hierbas, a calcular el momento exacto en que la leche de coco debía encontrarse con el guiso.
Pero había aprendido algo más importante: a cocinar para muchos.
En el comedor escolar no podía cocinar como en la casa.
Allí había que calcular.
Treinta niños.
Cuarenta.
A veces más.
Rosa llevaba mentalmente las cuentas de los plátanos, el arroz, el pescado, la piangua, el coco y el tiempo.
Mientras revolvía una olla podía estar pensando cuántas porciones saldrían, cuánto sobraba y cuánto podría guardar.
Porque Rosa tenía un secreto.
Estaba ahorrando.
Quería montar su propio negocio de comida.
No sabía todavía cómo se llamaría.
Tal vez El Fogón de Rosa.
Tal vez La Piangüera.
Tal vez simplemente Rosa.
Decía que algún día tendría una pequeña cocina cerca del agua, con una mesa de madera y cuatro o cinco sillas. Quería vender encocados, arroz con coco, pescado, patacones y, los días buenos, piangua.
—Yo voy a cocinar para la gente que viene de lejos —decía.
Josefa la escuchaba y sonreía.
A veces pensaba que su hija había nacido con un fuego diferente.
El terremoto llegó una mañana.
Primero fue un ruido.
Después el suelo empezó a moverse como si debajo de la escuela hubiera despertado un animal gigantesco.
Las paredes crujieron.
Los techos parecieron respirar.
Los niños gritaron.
Y durante unos segundos nadie supo qué hacer.
La Escuela La Libertad se desplomó.
Pero Rosa alcanzó a sacar a sus hermanos.
Los tres salieron vivos.
Cuando Josefa llegó, encontró a sus hijos cubiertos de polvo.
Los abrazó uno por uno.
No lloró.
No podía.
Las madres, en momentos así, tienen que convertirse en otra cosa.
En piedra.
En techo.
En árbol.
Esa noche durmieron juntos.
Rosa no dijo nada sobre la escuela.
Hasta el día siguiente.
—Mamá.
—¿Qué?
—¿Y ahora qué vamos a hacer con el comedor?
Josefa la miró.
—Nada, hija. La escuela se cayó.
Rosa bajó la cabeza.
—Pero los niños tienen que comer.
Josefa no supo qué responder.
Porque ahí entendió que su hija no estaba pensando en el edificio.
Estaba pensando en el fuego.
El terremoto había derrumbado paredes, aulas, pupitres.
Pero no había derrumbado la cocina que Rosa llevaba dentro.
Después de la tragedia, Josefa volvió al manglar.
No sabía hacer otra cosa.
La marea no espera a que uno termine de llorar.
Se metió en el agua hasta las rodillas.
Hundió las manos en el barro.
Encontró una.
Después otra.
Después otra.
Cada piangua parecía decirle que el mundo, a pesar de todo, continuaba.
Josefa pensó en Rosa.
Pensó en sus otros dos hijos.
Pensó en el hombre que se había ido detrás del oro y del aguardiente.
Y pensó en una cosa que nunca había dicho en voz alta:
sus hijos no tenían por qué heredar su pobreza.
Tal vez Rosa sería cocinera.
Tal vez tendría un restaurante.
Tal vez sus hermanos estudiarían.
Tal vez alguno sería maestro.
Tal vez ninguno tendría que bajar a una mina para sobrevivir.
Josefa sacó otra piangua.
La sostuvo un instante en la mano.
Entonces comprendió algo que el manglar le había enseñado muchos años atrás:
Las raíces no crecen hacia arriba.
Primero se hunden.
Buscan oscuridad.
Se aferran al barro.
Y sólo después encuentran la manera de sostener un árbol.
Josefa regresó a casa con el canasto lleno.
Rosa estaba allí, sentada junto a sus hermanos, haciendo cuentas en un cuaderno.
—¿Qué haces?
—Las cuentas del negocio.
Josefa dejó el canasto en el suelo.
—¿Ya sabes cómo se va a llamar?
Rosa levantó la mirada.
Sonrió.
—Todavía no.
Y siguió escribiendo.
Afuera, donde había estado la escuela, todavía quedaban piedras y pedazos de madera.
Pero en la cocina de aquella casa había un pequeño fuego.
Y mientras Rosa escribía sus cuentas, Josefa comenzó a limpiar las pianguas.
Una madre y una hija.
Una con las manos llenas de barro.
La otra con las manos llenas de futuro.

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