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Encuentra sabios en cada puerto

  • Roberto Ismael Prada Hernández
  • 23 jun
  • 8 min de lectura

El regreso a Ítaca, Tercer paso:

Los 12 pasos que cada viajero puede recorrer una y otra vez a lo largo de la vida


Cuando emprendas tu viaje a Ítaca, pide que el camino sea largo, lleno de aventuras, lleno de experiencias. No temas a los lestrigones ni a los cíclopes ni al colérico Poseidón; si tu pensar es elevado y tu emoción selecta, no los llevarás dentro de tu alma. Ve a muchas ciudades egipcias a aprender, a aprender de sus sabios”.



Esta parte del segundo verso del poema de Cavafis abre una comprensión fundamental para todo viaje humano: La ruta no está hecha únicamente de lejanía, sino de entendimiento; no solo de desplazamiento, sino de enseñanza; no solo de destino, sino de cambio. De esta forma, el retorno a Ítaca no es un trayecto recto, sino una escuela del espíritu. Los doce pasos de esta peregrinación pueden recorrerse una y otra vez durante la existencia, porque cada etapa revela algo diferente según la madurez, la cicatriz dejada por una herida profunda, la misión y la luz interna de cada viajero.


Encuentra sabios en cada puerto


En este tercer paso del regreso a Ítaca, el viajero descubre que la sabiduría no vive únicamente en lugares elevados ni en voces solemnes y tampoco pertenece solo a los grandes nombres; muchas veces aparece en los puertos cotidianos, en una conversación breve, en una corrección honesta, en una historia de cada día contada sin vergüenza, pero sí, con experiencia, humildad y verdad sencilla. Carlos, María, David, Sofía, Luis y Mateo empiezan a comprender que cada encuentro puede convertirse en maestro, si el corazón llega dispuesto a escuchar. Cavafis lo había insinuado con claridad al invitar al viajero a ir a muchas ciudades para aprender de sus sabios; porque el viaje no se mide solo por la distancia recorrida, sino por la capacidad de ser formado en el camino, tanto en lo que se ve, como por los encuentros con personas que llegan a cruzarse en el camino.


“El sabio de corazón recibirá los mandamientos”, dice Proverbios 10:8, y Eclesiastés 7:5 añade que “mejor es oír la reprensión del sabio que oír la canción de los necios”. En ambos textos, la sabiduría no se describe como superioridad, sino como receptividad; no como autopromoción, sino como humildad para aprender. El sabio no es el que más habla, sino el que mejor escucha y recibe.


Este paso, por tanto, habla de una disciplina profunda: la escucha activa. Los viajeros hacen preguntas, dejan de interrumpir y se abren a perspectivas distintas. Carlos entiende que cuanto más escucha (Shema en hebreo), más se transforma. Deja de ser el experto que tiene respuestas para convertirse en un líder que crea espacios donde la verdad puede aparecer. Esa transición no solo es madura; es espiritualmente necesaria. Porque en el viaje hacia Ítaca, escuchar bien también es una forma de orientarse.


Henri Nouwen ayuda a profundizar esta intuición cuando afirma que escuchar es mucho más que dejar hablar al otro; es recibirlo plenamente, acoger su historia y dejar que esa historia nos transforme. Para Nouwen, escuchar es una forma de hospitalidad espiritual, una apertura que permite que dos vidas se encuentren de manera sanadora.

El sentido de los pasos previos


Los dos pasos anteriores preparan el terreno para esta madurez. El primero, “Desea que el camino sea largo”, enseñó a no temerle al proceso ni a reducir la vida a la urgencia del resultado. El segundo, “Alístate para los mares y los vientos”, mostró que toda travesía implica disposición interior, fortaleza y apertura a la incertidumbre. El tercero completa ese movimiento al enseñar que el viajero no sólo debe sostener el viaje, sino aprender a leerlo con sabiduría.


En esta secuencia, el crecimiento no se mide por la velocidad sino por la lucidez. Quien no desea el camino largo termina despreciando la formación. Quien no se alista para los mares y los vientos se rompe ante la primera dificultad. Quien no encuentra sabios en cada puerto se encierra en su propia versión del mundo. Pero quien aprende a recorrer estas tres estaciones desarrolla una disposición integral: paciencia, resistencia y discernimiento.


Aprender a dejar de ser el “experto”


Carlos, que al principio pensaba que un sabio era alguien lejano, casi inaccesible, se encuentra ahora con una verdad mucho más humana: la sabiduría se esconde en lugares cotidianos. Un compañero que ha atravesado pérdidas profundas, un amigo que fracasó en un proyecto empresarial, una madre que no se rinde, un colega que se atrevió a decir “no” a lo que traicionaba su esencia, todos pueden convertirse en maestros del camino, ya que no los interpreta como debilidad, sino como sabiduría encarnada. “Yo creía que el liderazgo consistía en tener respuestas”, dice Carlos, “pero ahora entiendo que también consiste en crear espacios donde otros puedan hablar con verdad, dónde se puedan hacer preguntas poderosas, dónde todos podamos aprender y crecer en forma individual y grupal”.


Carlos se reencuentra con escritores como Simon Sinek que en su trabajo plantea: “los grandes líderes no se presentan como los más inteligentes del grupo, sino como quienes reconocen que no saben todo y necesitan a otros para alcanzar algo mayor”. Con John Stott quien acerca del liderazgo dijo: “el liderazgo cristiano no se sostiene en el poder, sino en el amor; no en la fuerza, sino en el ejemplo; no en la coerción, sino en la persuasión razonada”.

Carlos descubre que dejar de ser “el experto” no lo rebaja; lo vuelve menos controlador, más disponible para servir y más sabio para acompañar. Su nueva forma de ver la vida consiste en reconocer que la autoridad genuina nace de la humildad.

Aprender a decidir desde el descanso y reposo


María aporta otra clave decisiva: el cansancio nubla la visión. “Cuando estoy agotada”, dice, “hasta una sombra puede parecer un monstruo”. Su reflexión da voz a muchas personas que, por dentro, sienten que la fatiga no solo les afecta el cuerpo, también les altera o deforma la forma de ver la vida y sus circunstancias, lo que los lleva a pensar que una decisión menor puede parecer una amenaza y una pausa breve puede sentirse como fracaso. María entiende que no toda urgencia merece obediencia y que no toda emoción intensa debe convertirse en dirección.

Thomas Merton ayuda a iluminar esta experiencia al recordar que el discernimiento y el desapego son signos de una madurez espiritual que ya ha superado la etapa inicial del camino. María descubre entonces que el reposo no es un lujo, sino una condición para escuchar y decidir mejor. Su nueva mirada es: “Antes de decidir, debo aprender a aquietarme; antes de responder, debo dejar que la voz sabia se distinga del ruido, reconocer que mi vulnerabilidad (Recordó en profundidad los mensajes de Brené Brown) no me hace débil, me hace más real y por lo tanto, más sabia”.

Reordenar su brújula y reinterpretar el liderazgo


David, más estratégico y directo, pone sobre la mesa una inquietud que muchos líderes conocen: “Puedo moverme mucho y aun así no saber si voy en la dirección correcta”. Su frase revela que el problema no siempre es la falta de esfuerzo, sino la falta de norte. David entiende que un liderazgo sin escucha termina siendo reactivo y, uno reactivo, suele confundir actividad con propósito.


Kim Scott resume de una manera magistral el liderazgo de equipos al escribir: Un líder fuerte tiene la humildad de escuchar, la confianza para desafiar y la sabiduría para saber cuándo dejar de discutir y comprometerse con lo verdadero y esencial que lleve a feliz término el proyecto o lo que se esté abordando. David empieza a comprender que liderar no es imponer velocidad, sino cultivar claridad. Su nuevo aprendizaje es este: “si no escucho antes de conducir, corro el riesgo de arrastrar a otros hacia mi confusión”.

Convertir la intuición en discernimiento


Sofía, con su sensibilidad habitual, reconoce un matiz importante: no toda impresión interior es sabiduría. “He aprendido”, dice, “que la intuición también necesita contraste”. Su frase vuelve más madura la conversación, porque evita la trampa de creer que toda voz interna es automáticamente confiable.


Para Sofía, que tiene la oportunidad de repensar a Daniel Goleman y Brené Brown, no solo intuye, sino que aprende a contrastar lo que siente con lo que observa y escucha. Eso la vuelve una viajera más fina, menos impulsiva y más capaz de discernir. Sofía recuerda que “sentir claridad” no siempre equivale a “tener la verdad”; por eso, quiere ahora verificar en un diálogo, escuchar la historia del otro (Nouwen) para saber si está enfocada o no.


Descubrir la fuerza de recibir


Luis ofrece una de las frases más sobrias y más hondas del grupo: “Escuchar no me hace débil; me hace más completo”. En ella se condensa una lección esencial del paso. Muchos confunden receptividad con fragilidad, pero en realidad, la escucha exige estabilidad interior y una identidad menos dependiente de la autopromoción. El que escucha bien ya no necesita demostrar su presencia con exceso de palabras, su fortaleza no está en reaccionar rápido, sino en sostener silencio, reflexión y apertura. Su nueva forma de ver la vida consiste en dejar de luchar por controlar cada conversación para empezar a aprender de ella y, aprender a confiar en aportes que antes habría rechazado por orgullo o por cansancio.

Buscar una brújula verdadera


Mateo, finalmente, articula la intuición más interior del grupo: “La brújula más peligrosa es la que siempre busca aprobación”. Su frase eleva la reflexión a un plano plenamente contemporáneo. En una cultura que premia la imagen, muchas decisiones se toman para lograr aceptación y pertenencia. Mateo entiende que el verdadero riesgo es vivir guiado por el aplauso; no es equivocarse una vez, sino vivir guiado por la necesidad constante de agradar y encajar, es aceptar la presión de pertenecer frente a la necesidad de ser fiel a sí mismo, a sus principios y valores, a sus creencias y al propósito por el cual está en la tierra. Aprende que hay estrellas falsas que seducen al viajero cansado, pero que la dirección correcta se vuelve visible cuando el corazón se aquieta.


Jesús ofrece aquí el marco definitivo. Él dijo: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen”.Oír, ser conocido y seguir: ese es el orden del discípulo. Mateo comprende que una vida bien orientada no nace de la aprobación ajena, sino de la comunión con la voz correcta. Su nueva mirada sobre la vida es esta: “ya no quiero una brújula que me aplauda; quiero una que me conduzca a la verdad”.

Una invitación al lector


Este tercer paso habla a cualquier persona, sin importar edad, rol o estilo de vida. Todos necesitamos sabios en nuestros puertos: Personas que nos corrijan, amplíen, desafíen y nos enseñen a escuchar mejor. El joven necesita sabios; también el adulto, el profesional, el cuidador, el líder, la madre cansada y el viajero que cree haberlo visto todo. La madurez no consiste en dejar de aprender, sino en mantenerse enseñable. Todos necesitamos aprender a escuchar sin prisa, a preguntar mejor y a reconocer que la verdad suele llegar por voces más humildes de lo que imaginamos.


John Stott sostenía que la autoridad cristiana se expresa mejor en el servicio, el ejemplo y la persuasión razonada, no en la fuerza. Esa visión encaja perfectamente con este paso: el sabio no domina la escena, pero sí transforma el ambiente. Su presencia no aplasta; orienta. Y eso es precisamente lo que el grupo de viajeros empieza a descubrir mientras avanza hacia Ítaca.


A veces la dirección se revela en el rostro de alguien que ha sufrido, en la voz de quien nos corrige con amor o en la humildad de quien sabe decir: “yo también aprendí tarde”. En ese sentido, cada puerto puede ser una escuela y cada persona, una posibilidad de revelación.

Preguntas para meditar


¿Qué me enseñaron los pasos uno y dos sobre mi manera de recorrer la vida?

¿Estoy dispuesto a reconocer sabiduría en personas que no se parecen a mí?

¿Quiénes son los sabios que Dios ha puesto en mis puertos?

¿Qué parte de mi vida necesita más escucha que explicación y menos control?

¿En qué área estoy confundiendo aprobación con dirección?

¿Qué cambiaría en mi vida si escuchara con más profundidad?

¿Qué voces he despreciado por venir en formas sencillas?

¿Cuál de los viajeros describe mejor mi momento actual?


Las preguntas de meditación no buscan apresurar respuestas, sino abrir espacio para que el corazón escuche con más verdad. Si alguna te conmovió, te invito a escribir tus reflexiones y compartirlas, si te parece bien puedes hacerlo conmigo; a veces, al poner en palabras lo que hemos contemplado en silencio, el alma descubre con más claridad la voz que la guía, la dirección que la sostiene y la sabiduría que ya estaba obrando en nosotros.


*Ingeniero Industrial; Maestría en Gestión Ambiental y Desarrollo Sostenible; Coach Ontológico certificado; estudios en Coaching con PNL y Neuroteología. Con experiencia en el sector privado y público, sector farmacéutico, financiero, informático, académico y eclesiástico.



1 comentario


Claudia T
hace un día

Excelente!! 🙏👏👏👏👏

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