De la valiente y bella materia
- Luis Guillermo Giraldo Hurtado
- hace 6 días
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La historia -aunque con retrocesos graves, genocidios, por ejemplo- avanza consolidando respetos y marcha hacia conquistar más. Primero la esclavitud, fuera; luego los derechos humanos, fe en nuestros semejantes. Hoy es la consideración para con los animales, seres sintientes, que la ecología la extiende a todo lo viviente. Llegará -aunque parezca disparate- nuestra cortesía para con la materia, ella, misteriosa, compleja, leal compañera, tan versátil como la vida misma.
La materia, nuestra madre común. Hace 13.800 millones de años, del Big-Bang nació este universo, solo materia. Evolucionó ella -porque “Alguien” le infundió algo-, muchos sus hijos diferentes, nosotros incluidos, que de ella provenimos. Toda materia es hermana nuestra, nuestra pariente íntima y permanente.
La física comprobó que es eterna, solo que se transforma. Nuestros antepasados hace 4500 años lo intuían. En los megálitos de Stonehenge, Inglaterra, construyeron portales funerarios, piedras de 50 toneladas verticales y 25 horizontales. Vislumbraron en la piedra, pura materia, señal y garantía de eterno acompañamiento para sus muertos hacia su inmortalidad.
Hay momentos en que el espíritu parece brotar de la materia. Como en la música. Quien interpreta con el clarinete el concierto K.622 de Mozart, impulsa aire por un tubo de madera de granadilla, metales y cauchos. Una conjunción de elementos de materia, que transformados en música nos elevan por sobre lo material. Tráeme a Teilhard de Chardin en “El Fenómeno Humano”: “No hay materia y espíritu, sino una sola y misma sustancia del universo, captada bajo dos aspectos diferentes”.
Lo intuyó Platón, cuando planteó que lo bello trasciende lo físico y refleja la divinidad en las cosas materiales. Así la naturaleza, que se sirve de la materia para crear belleza. Un atardecer, un arco iris, una delicada flor.
La belleza -“sonrisa de la materia”-, sin esta no se podría crear aquella. Al escultor le proporciona mármol, al pintor colores, al compositor notas, al arquitecto sus elementos, al poeta tinta y papel. Materiales, allí ellos consignan su alma, lo mejor de su espíritu, y así detienen el tiempo en esa fiel memoria, la de la fiel materia, guardiana de la sensibilidad y creatividad humanas.
También es valiente. Dos episodios. En la Segunda Guerra Mundial, los aliados equiparon al Campbeltown, viejo barco destructor jubilado, con explosivos y lo dirigieron a la dársena alemana de Saint-Nazaire. Impávido navegó, aguantó kilómetro y medio los cañonazos nazis; y llegó y dinamitó esas compuertas. Cumplió y naufragó.
Otro. Narra Joseph Conrad -novela en su experiencia-, como en noche de mar, de soledad y oscuridad cerradas, el anciano barco Nan-shan, bien gastado de años y de océanos, lejos de Formosa afronta un tifón. Cubierta bañada de espuma, bandazos de esa extenuada, maltratada, solitaria criatura, crujiente y herida sobre aguas enemigas. Esa nave, sobre montaña rusa, caídas, estrépito tras estrépito, barca en su mutismo frente a los golpes traidores de vientos y oleajes, resistió, mantuvo el rumbo y llevó ilesos a sus tripulantes a puerto sereno.
En algunos pueblos pescadores de Grecia y España, cuando después de riguroso trajín sobre ese mar de sales, de soles y de olas, una vetusta barca, materia “que con vela y remo ha respondido jovial a la experta mano marinera”; nave que ya dolorida, que ya extenuada, que ya por los mares no puede navegar, es internada en tierra y cual altar es visitada y rezada en las fiestas patronales. Bella ofrenda de gratitud y buen recuerdo.
Leal nos ofrenda su servicio la materia. El poeta le agradeció a sus zapatos viejos. Otro inició su plegaria así: “Padre Nuestro que estás en las cosas…”
*Ex-Congresista

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