Construyendo la “Patria Milagro”: ¿Hacia un Estado Iliberal?
- Alvaro Echeverri Uruburu
- hace 3 días
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Actualizado: hace 2 días
Editorial

Algunos nombramientos del próximo gobierno y de los objetivos que parece habérseles trazado a los mismos de parte del presidente electo Abelardo De la Espriella, deben suscitar preocupación a los sectores democráticos del país, pues parecen justificar los peores temores que provocó su candidatura presidencial.
En concreto, se trata de las designaciones, en primer término, de Vivian Morales como Ministra de Educación. Morales es conocida de tiempo atrás por sus posiciones ultramontanas a propósito de los valores tradicionales de la familia (unión heterosexual, rechazo al aborto y el derecho a la adopción exclusivamente para personas casadas y de sexos opuestos, etc.). Ese derecho de familia que para Morales no ampararía a madres cabeza de familia, que hoy constituyen el 43% de los hogares colombianos.
Otro notable nombramiento ha recaído en Omar Bula Escobar, como Ministro de Relaciones Exteriores. Personaje hasta ahora desconocido -ese sí en verdad de los “nunca”- y que parece pertenecer a la “franja lunática”, pues cree en el “terraplanismo”, niega el cambio climático y sostiene que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos - CIDH-, es un organismo “al servicio de los criminales”.
Finalmente, cabe señalar la designación del filósofo y escritor Enrique Serrano López, quien sostiene la peregrina tesis según la cual la mayoría de los colombianos descendemos de una masiva emigración de judíos conversos durante el descubrimiento y conquista españolas -¿será por esa estamos obligados a restablecer relaciones diplomáticas con el Estado genocida (Apud Corte Penal Internacional) de Israel, tal como lo ha dispuesto el presidente electo?-. A Serrano, De La Espriella le ha encomendado ni más ni menos que la dirección de la “batalla cultural”.
¿De qué “batalla cultural” se trata?. Desde luego, no de un esfuerzo extraordinario de expandir la cultura a los más remotos lugares de la geografía nacional. El libreto es ya conocido: combatir lo que la derecha internacional atribuye a los sectores de izquierda, la llamada “ideología woke”, esto es, todo lo que signifique defender el papel y los avances de la mujer en la vida social; el respeto a los derechos de las personas con distintas orientaciones sexuales; las políticas contra toda forma de racismo y exclusión; la defensa del multiculturalismo y de los derechos de las etnias ancestrales y en general de toda opción privilegiada de las políticas públicas en favor de los sectores más débiles de la sociedad.
Esta “batalla” es sin duda el primer paso hacia lo que se ha llamado una “democracia iliberal”, esto es, un régimen donde se conserva la democracia formal (elecciones, aparente separación de poderes, existencia de partidos políticos etc.), pero a la cual se le ha sustraído el elemento liberal: la libertad de creencias y pensamiento y el principio de tolerancia.
Porque en esta “batalla” de la ultraderecha también cabe el ataque y la persecución a quienes sostienen una visión crítica de la historia nacional a los cuales se tacha de “enemigos y traidores a la patria”.
El elemento liberal en la democracia perece cuando se acepta y tolera que el poder puede inmiscuirse en el pensamiento de los ciudadanos en lo que estos deben o no creer. Toda intromisión del Estado en el ámbito personal de las creencias es inadmisible para un pensamiento liberal porque viola, como lo sostiene el filósofo inglés John Stuart Mill, el carácter absoluto que posee la libertad de pensamiento.
Ahora bien, como lo viene demostrando la experiencia de otros países, en particular Estados Unidos y parcialmente Argentina, la “batalla cultural” no se ha limitado a vehiculizar un discurso en contra de las ideas que se consideran “perniciosas”, sino que pasa a atacar los supuestos centros de creación y difusión de estas. Por ejemplo, se niegan recursos públicos a las universidades, se les impone a estas los planes de estudio “correctos”, se prohíbe cierto tipo de libros en las bibliotecas de las escuelas, se persigue a comunicadores sociales “molestos” y se obliga a sus jefes a despedirlos de sus trabajos, y las demandas civiles contra medios y periodistas se convierten en un instrumento eficaz para disciplinarlos. Paulatinamente se busca llegar a un mundo Orwelliano de verdades únicas y de reestructura de la historia.
La democracia formal podrá subsistir por algún tiempo, pero se encontrará vacía de contenido en la medida en que la libertad de pensamiento y el principio de tolerancia núcleos esenciales de la democracia liberal desde sus orígenes, han perecido en la incruenta “batalla cultural” adelantada por la extrema derecha.
Algunos dirán que es muy pronto para este tipo de pronósticos cuando el nuevo gobierno todavía no ha entrado en funciones (lo mismo se decía el ascenso de Trump 2-0). Con todo, nunca estará demás advertir de los peligros que amenacen a nuestra débil democracia liberal .Tanto mejor si estas admoniciones no se realizan, pero habremos cumplido con nuestra responsabilidad como medio de comunicación.
El Editor.
