Conciencia colectiva - El caso Colombiano


Definimos Conciencia Colectiva como el conjunto compartido de creencias y normas que regulan los deseos humanos dentro de una colectividad y, establecen lo justo y lo aceptable. Aquí pretendemos describir cómo ha evolucionado la moral y la conducta de la sociedad colombiana a partir de las aportaciones de tres autores fundamentales: el sociólogo francés Émile Durkheim, el sociólogo estadounidense Robert K. Merton y el filósofo alemán Peter Sloterdijk.
Durkheim introdujo el concepto de anomia en sus obras "La división del trabajo social" (1893) y "El suicidio" (1897), entendiéndola como el debilitamiento de la conciencia colectiva. Merton, en "Estructura social y anomia" (1938) y en "Teoría social y estructura social" (1949), profundizó esta idea al mostrar que la anomia no es solo ausencia de reglas, sino una contradicción concreta entre las metas culturales que una sociedad difunde y los medios legítimos que realmente ofrece para alcanzarlas, contradicción que genera distintas formas de adaptación individual: conformidad, innovación, ritualismo, retraimiento y rebelión. Finalmente, Sloterdijk, en "Crítica de la razón cínica" (1983), describe el desenlace contemporáneo de ese proceso: la razón cínica o falsa conciencia ilustrada, es decir, la situación en la que el individuo sabe perfectamente que las normas y promesas dominantes son injustas o contradictorias, pero decide igualmente adaptarse y participar en su reproducción, bajo la convicción resignada de que no existe alternativa real.
Este esquema teórico, formulado originalmente a partir de la experiencia europea y estadounidense, encuentra en Colombia un terreno de aplicación particularmente revelador, con matices y capas propias que enriquecen el modelo.
El primer punto de encuentro está en la naturaleza misma del vacío normativo. Mientras que Durkheim definía la anomia como el resultado de cambios acelerados —la industrialización, las crisis económicas— que erosionan un orden previamente sólido, en Colombia el fenómeno tiene una raíz distinta y más profunda: la ausencia histórica del Estado como regulador único en amplias zonas del territorio nacional.
Durante décadas, en extensas regiones rurales y periféricas, el monopolio estatal de la norma nunca llegó a consolidarse plenamente, y ese vacío fue ocupado por actores armados —guerrillas, paramilitares, estructuras del narcotráfico y, más recientemente, bandas criminales sucesoras— que impusieron órdenes normativos propios, paralelos y en abierta competencia con la ley formal.
No se trata, entonces, de una conciencia colectiva que se desmorona sin ser reemplazada, sino de una conciencia colectiva fragmentada desde el origen, que ha convivido durante generaciones con sistemas normativos alternativos, cada uno con sus propias reglas de convivencia, sus propios castigos y su propia noción de justicia.
A esta fragmentación estructural se suma una dimensión humana igualmente decisiva: el desplazamiento forzado interno. Millones de colombianos han sido obligados a abandonar sus territorios de origen y trasladarse a las periferias de las grandes ciudades, en un proceso que constituye un desarraigo literal de la conciencia colectiva local.
Comunidades enteras que sostenían su vida cotidiana sobre redes de sentido rural, comunitario y muchas veces campesino o étnico, pierden de golpe ese tejido normativo, sin que la ciudad receptora les ofrezca uno equivalente que lo sustituya con la misma fuerza integradora.
El resultado es una anomia doblemente intensa: la del territorio de origen, fracturado por la violencia, y la del territorio de llegada, que no logra absorber ni resignificar a quienes llegan. A esto puede añadirse una anomia de carácter más simbólico: el crecimiento sostenido del pluralismo evangélico y de otras formas de espiritualidad, lo cual multiplica los marcos de sentido disponibles y, paradójicamente, debilita la existencia de uno solo, ampliamente compartido, capaz de cumplir la función que Durkheim atribuía a la conciencia colectiva.
Sobre este vacío normativo se despliega con notable claridad la tensión estructural que describe Merton. La meta cultural del éxito económico y del ascenso social está ampliamente difundida en Colombia, reforzada hoy con particular intensidad por el consumo, la publicidad y las redes sociales, que exhiben constantemente modelos de vida asociados al dinero fácil y visible. La magnificación de personajes como Pablo Escobar o los videos que acompañan algunas de las canciones modernas, son clara muestra de esto.
Sin embargo, los medios legítimos e institucionales para alcanzar esa meta —educación de calidad, empleo formal y estable, movilidad social real— permanecen distribuidos de manera profundamente desigual, en un país que exhibe, de forma persistente, uno de los índices de desigualdad más altos de la región. Esa brecha entre lo que se promete culturalmente y lo que se ofrece estructuralmente es exactamente la tensión mertoniana, y se manifiesta con crudeza en las economías ilegales, y en particular en el narcotráfico, que ofrece una vía alterna, más rápida, aunque más violenta hacia el éxito, que la prometida por la sociedad.
Buena parte de la institucionalidad política y burocrática cumple las formas —elecciones, trámites, discursos de transparencia— sin que ese cumplimiento formal se traduzca en un compromiso real con los fines que esas formas deberían servir; es la lógica de la corrupción normalizada, que se sostiene precisamente porque respeta el ritual mientras vacía su contenido. El retraimiento se observa en sectores juveniles empobrecidos, popularmente llamados "ni-ni" por no estudiar ni trabajar, que han dejado de esperar del sistema tanto sus metas como sus medios.
Finalmente, el diagnóstico de Sloterdijk encuentra en el lenguaje cotidiano colombiano una de sus formulaciones más precisas y elocuentes. La conocida fórmula popular según la cual un dirigente corrupto merece respaldo político porque, a pesar de todo, roba, pero hace las obras, condensa con notable exactitud la lógica de la razón cínica. No hay aquí ningún engaño externo ni ninguna ignorancia genuina: se reconoce abiertamente que existe corrupción, se la nombra, incluso se la denuncia en el discurso público, y sin embargo se decide participar en su reelección, bajo la convicción resignada de que no existe una alternativa real y de que, en el fondo, así es la política aquí.
El clientelismo electoral opera bajo un principio muy similar: su funcionamiento es de dominio público, nadie finge desconocerlo, los propios medios de comunicación lo documentan de manera recurrente, y sin embargo se perpetúa con absoluta normalidad en cada ciclo electoral, porque se ha instalado la convicción de que denunciarlo no altera el resultado.
Algo semejante ocurre con la llamada fatiga de la indignación que produce el ciclo constante de escándalos mediáticos: cada nuevo caso de corrupción genera al principio sorpresa y reproche, pero la repetición sostenida termina por convertir esa indignación en resignación informada, que es precisamente la forma que adopta la razón cínica cuando se vuelve costumbre colectiva.
Así, el caso colombiano no solo confirma la validez de la secuencia teórica que va de Durkheim a Merton y de Merton a Sloterdijk, sino que le añade una capa propia que merece ser subrayada. La anomia colombiana no proviene únicamente de una modernización tardía o de un cambio social acelerado, como en el modelo europeo original, sino también de la superposición histórica entre tradiciones comunitarias propias —indígenas, afrodescendientes, campesinas— y un individualismo neoliberal importado, que entra en fricción constante con esos marcos colectivos preexistentes.
Mientras esas tradiciones sostienen, en distintos grados, nociones de reciprocidad, trabajo comunitario y responsabilidad compartida con el territorio, el individualismo importado promueve precisamente lo contrario: la maximización del interés propio como criterio legítimo de conducta. Esa fricción entre dos lógicas normativas de origen muy distinto no es un simple desajuste técnico, sino una tensión civilizatoriaen miniatura.
En ese sentido, Colombia no funciona aquí como una ilustración menor o periférica del esquema teórico expuesto, sino como un caso particularmente denso, donde la anomia estructural, la tensión mertoniana y el cinismo moderno se entrelazan de forma más visible que en muchas de las sociedades que sirvieron de referencia original a estos tres autores, y donde, por lo mismo, el deseo una SOCIEDAD DIGNA adquiere una urgencia vital.
*Economista

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