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Colombia: el arte de recomponer el lienzo

  • Ileana Gutiérrez Quevedo
  • 22 jul
  • 4 min de lectura

Colombia es un gran lienzo donde, con frecuencia, las ideologías permanecen atrapadas, como colores primarios, sin permitir que del encuentro entre ellas surjan nuevos matices y colores complementarios. Sin embargo, la vida nunca ha sido un cuadro de un solo color. Está hecha de luces y sombras, de contrastes y armonías. Una obra maestra no elimina los colores distintos: aprende a integrarlos.


También una nación puede convertirse en una gran obra colectiva cuando el respeto es el pincel, la dignidad humana el lienzo y el bien común la inspiración. Así lo propone el Sentimentismo.1


Las naciones no comienzan a fracturarse por sus diferencias políticas. Empiezan a romperse cuando olvidan que, antes de cualquier ideología, existe una condición que iguala a todos: la de ser humanos.


La diversidad de pensamiento ha acompañado siempre a la humanidad. Lo que destruye una sociedad no es esa diversidad, sino la incapacidad para convivir con ella. La coherencia de una nación nace de la coherencia de sus ciudadanos, porque las exigencias dirigidas a quienes gobiernan también comienzan por la responsabilidad de quienes los eligen y los acompañan.


Colombia es un lienzo vivo. Sobre él se superponen capas de historia, heridas y esperanzas. Hay zonas luminosas y otras marcadas por la violencia; colores intensos junto a sombras persistentes. Es un lienzo que ha sufrido, pero que nunca ha dejado de ofrecer la posibilidad de una nueva pincelada.


Toda obra necesita un elemento casi invisible que permita que los colores permanezcan unidos. En pintura ese elemento se llama aglutinador. Es el material que une los pigmentos y les da permanencia. No se impone sobre los colores ni pretende reemplazarlos. Su función consiste, precisamente, en hacer posible que convivan sin perder su identidad.


Las sociedades también poseen un aglutinador. No está representado por una ideología, un partido político o un gobierno. Está formado por aquellos valores que permiten reconocer la dignidad del otro aun cuando piense distinto. Cuando ese vínculo se debilita, las diferencias dejan de dialogar y comienzan a fracturar la obra colectiva.


Allí encuentra la democracia una de sus expresiones más profundas. Más que un sistema político, es una cultura de convivencia. No busca uniformar el pensamiento, sino ofrecer un espacio donde las diferencias puedan coexistir sin destruir la unidad. Como ocurre en una pintura, los contrastes no empobrecen la obra; le otorgan profundidad.


Gobernar no debería significar pintar sobre los demás, sino contribuir a una composición donde cada color encuentre su lugar. Pero ese aglutinador también requiere cuidado. Si se debilita por la indiferencia, los colores terminan desprendiéndose unos de otros. Si se endurece por la imposición, la obra pierde flexibilidad y termina resquebrajándose.


Construir una nación exige cuidar ese vínculo invisible. Allí el arte deja de ser únicamente una expresión estética para convertirse en un lenguaje capaz de enseñar a mirar, a escuchar y a reconocerse en el otro. Se convierte, además, en un camino de formación humana, donde el encuentro entre las diferencias deja de ser una amenaza para convertirse en posibilidad de construcción colectiva. Es allí donde comienza a comprenderse por qué Colombia puede pensarse como un lienzo vivo.


En ese proceso, aprender resulta indispensable, pero no suficiente. También es necesario desaprender. Desaprender el miedo que convierte al otro en enemigo. Desaprender el desprecio que impide reconocer su dignidad. Desaprender la desconfianza que durante años ha alimentado la distancia entre quienes comparten un mismo país.


Solo entonces el conocimiento deja de ser una acumulación de ideas para convertirse en experiencia transformadora. Es allí donde el SER encuentra sentido, orienta el HACER y da verdadero significado al OBTENER. No como una fórmula, sino como un proceso continuo de crecimiento personal y colectivo.


La reconciliación nace precisamente de ese aprendizaje. No consiste en olvidar las diferencias, sino en descubrir que ninguna de ellas justifica perder la condición humana que se comparte. La paz tampoco representa un punto de llegada.


Es una construcción permanente que cada generación deberá aprender, cuidar y transmitir. No comienza cuando desaparecen los conflictos, sino cuando se decide que ninguna diferencia vale más que la dignidad de una persona. Entonces deja de ser únicamente un acuerdo político. Se convierte en una cultura. En una manera de convivir. En una obra colectiva que nunca termina de pintarse.


Los artistas saben que un solo color jamás cuenta toda la historia. La belleza aparece cuando cada tono encuentra su lugar dentro del conjunto. Lo mismo ocurre con una nación. Cada palabra, cada decisión y cada manera de mirar al otro dejan una nueva pincelada sobre el lienzo común.


Colombia todavía puede encontrarse. Porque el lienzo sigue en pie. Los colores continúan ahí. Y el aglutinador —si se sabe cuidar— todavía pega.


*Pintora


1.Sentimentismo: práctica pedagógica viva, desarrollada por Ileana Gutiérrez Quevedo, que, a través del arte, busca equilibrar las emociones y la razón para fortalecer el aprendizaje, la convivencia y el desarrollo humano y social. Su propósito es favorecer el reencuentro del ser humano consigo mismo, con los demás y con su entorno.

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