Carta abierta al presidente electo.
- Vicky Socarrás Vives
- 25 jul
- 3 min de lectura
Actualizado: hace 2 dÃas
Magdalena espera al Estado
Señor presidente Abelardo De La Espriella:

En pocos dÃas asumirá usted la conducción del Estado colombiano. Lo hará en un paÃs que reclama liderazgo, confianza, seguridad, oportunidades, crecimiento económico y reconciliación. Pero entre los muchos desafÃos nacionales hay uno que no admite más aplazamientos: la deuda histórica del Estado con Santa Marta y con el Magdalena, una ciudad y un departamento que han contribuido a la construcción de Colombia, pero cuya riqueza cultural, ambiental y estratégica no se traduce en bienestar para la mayorÃa de sus habitantes.
Pocas regiones representan una contradicción tan profunda. El Magdalena posee una ubicación privilegiada sobre el Caribe, un puerto de importancia nacional, la Sierra Nevada de Santa Marta, la Ciénaga Grande, una inmensa riqueza ambiental y un enorme potencial para el turismo, la agroindustria, la economÃa marÃtima y la logÃstica. Sin embargo, sus treinta municipios enfrentan pobreza, desempleo, inseguridad, baja inversión, insuficiente infraestructura, servicios públicos precarios y una institucionalidad que no ha logrado responder a las necesidades de la población.
No se trata de una percepción ni de una opinión aislada. Diversos estudios del DANE, del Banco de la República, de la academia y de los gremios empresariales han advertido durante años el rezago económico y social de la región. Las cifras cambian con el tiempo; el diagnóstico permanece.
El atraso del Magdalena no es consecuencia de la falta de talento de su gente ni de la escasez de recursos naturales. Es el resultado de décadas de polÃticas públicas insuficientes, de discontinuidad institucional, de corrupción, de violencia y de una presencia del Estado insuficiente para responder al enorme potencial de esta tierra.
Cuando la pobreza se vuelve persistente, disminuye el consumo; cuando el consumo cae, se reduce la inversión; cuando no hay inversión, desaparecen las oportunidades de empleo y aumenta la desesperanza. En ese ambiente encuentran espacio la ilegalidad, la extorsión, las economÃas criminales y quienes han hecho de la corrupción una forma de ejercer el poder. Ese cÃrculo vicioso no puede romperlo una comunidad por sà sola. Debe romperlo el Estado con decisión, continuidad y autoridad.
Por eso esta carta, señor presidente, no solicita privilegios para el Magdalena. Reclama una polÃtica pública integral que convierta el desarrollo regional en un compromiso permanente del Estado y no en una promesa transitoria de gobierno.
El departamento necesita seguridad para que comerciantes, campesinos, empresarios y emprendedores puedan trabajar sin miedo; agua potable y saneamiento para todos los municipios; infraestructura que conecte el territorio con los mercados nacionales e internacionales; educación y salud que ofrezcan oportunidades reales a los jóvenes; condiciones que incentiven la inversión privada, la formalización empresarial y la generación de empleo; y una estrategia decidida para proteger el patrimonio ambiental que representan la Sierra Nevada de Santa Marta y la Ciénaga Grande.
Hace apenas unos dÃas, durante su visita a los pueblos palafÃticos de la Ciénaga Grande, pudo conocer de primera mano una realidad que durante demasiado tiempo ha permanecido al margen de las prioridades nacionales. Más allá de los anuncios, quedó la esperanza de que ese acercamiento vaya más allá de un episodio simbólico y mediático, sino el comienzo de una polÃtica pública capaz de transformar la vida de esas comunidades, olvidadas por el Estado.
El desarrollo del Magdalena no puede depender únicamente del esfuerzo de sus ciudadanos. Tampoco de la buena voluntad de un gobernador o de los alcaldes de turno. Requiere la presencia efectiva del Estado, articulando al Gobierno Nacional con las autoridades territoriales, el sector productivo, las universidades y la sociedad civil alrededor de una agenda común.
Pero esta también es una reflexión para nosotros mismos. Los magdalenenses no podemos seguir aceptando como normales la pobreza, la corrupción, la violencia o la resignación. Tampoco delegar en Bogotá la responsabilidad del futuro. El desarrollo comienza cuando una sociedad decide exigir instituciones transparentes, participar en las decisiones públicas y comprometerse con el destino de su territorio.
El Magdalena no espera discursos memorables. Espera decisiones que comiencen a transformar una realidad que lleva demasiado tiempo aplazada. Gobernar también significa corregir los desequilibrios históricos que han impedido a regiones como la nuestra desplegar todo su potencial.
Dentro de cuatro años serán los resultados los que hablen. Ojalá entonces pueda decirse que este fue el gobierno que decidió iniciar la recuperación del Magdalena como una causa regional; que comprendió que invertir en esta tierra no era un favor, sino una obligación del Estado y una apuesta por el desarrollo de Colombia.
Esa es la expectativa de un pueblo que no renuncia a la esperanza, pero que entiende que el progreso no llegará por la fuerza de los discursos ni por la desobediencia civil. Llegará cuando el Estado asuma plenamente su responsabilidad y cuando la sociedad decida acompañar, vigilar y defender, con la misma firmeza, las transformaciones que durante tanto tiempo ha reclamado.
Ahora le corresponde al Estado responder. El Magdalena ya esperó demasiado.
*Psicóloga y publicista
Santa Marta
