¿Borrar la historia puede cambiarla?


Retiradas por orden del presidente Abelardo de la Espriella, sin mediar procedimientos administrativos ni museográficos, más de cuatrocientas obras de arte —pinturas, fotografías, afiches, banderas y muchas otras expresiones artísticas— del Museo Nacional, so pretexto de que estas «ideologizan» la historia de nuestro país, constituyen una clara afrenta a nuestra memoria histórica. Se trata de documentos gráficos recopilados desde el año 2000, que registran la historia reciente de la violencia que ha recorrido nuestro territorio: las masacres, la muerte y desaparición de un partido político, el asesinato de líderes políticos de izquierda, así como la lucha feminista por los derechos de las mujeres, la lucha por los derechos LGTBQ+ y la «Séptima Papeleta», que dio origen a la Asamblea Nacional Constituyente. Esta memoria se había institucionalizado en el Museo Nacional, y su retiro constituye, a todas luces, una decisión arbitraria.
Abelardo de la Espriella, con un discurso exiguo, pero provocador y desafiante, calificó todas estas imágenes de «ideologizadas» y les colgó el sello de «INRI», al describirlas como una «oda al terrorismo». Asimismo, afirmó que desde el Museo Nacional no se debía hacer «apología al terrorismo». Tras su intervención, la ministra de Cultura impartió la orden de retirar las imágenes y casi desocupar las salas que contenían una parte importante de nuestra historia y del proceso de paz con el M-19, que dio origen a la Asamblea Nacional Constituyente. Fue precisamente esta la que expidió la Constitución de 1991, la misma que el desaforado presidente cacarea que va a «respetar sin tregua».
En Colombia, como en todas partes del mundo, es bien sabido que, para que una obra de arte forme parte de un museo, debe superar numerosas pruebas y cumplir protocolos preestablecidos, hasta llegar a una curaduría que constituye la culminación de un proceso de presentación e interpretación por parte de expertos. Se trata de determinar qué significa poner una obra en exhibición y qué aporta al público. «Para que una obra de arte llegue a ser exhibida y a formar parte de la colección permanente de un museo en Colombia, debe atravesar un riguroso proceso legal, técnico y curatorial. Este camino está regulado por la Ley de Cultura (Ley 397 de 1997) y las políticas internas de instituciones como el Museo Nacional de Colombia o el Banco de la República».
Estos procesos no se realizan a la ligera ni se sustituyen por una orden escrita de un funcionario jerárquicamente superior. Y, tal como se establecen los procedimientos, también deben cumplirse para revertir las decisiones adoptadas. Lo contrario supone transgredir la ley y, de paso, desconocer los principios constitucionales relativos al orden jerárquico de las normas.
Pero, más allá del tema legal, lo más preocupante es la clara incidencia que esta decisión puede tener en el pensamiento colectivo que el Gobierno pretende moldear mediante su «batalla cultural».
Estas órdenes impartidas desde la Presidencia no solo desconocen la ley, como ya dijimos, sino que también denotan una profunda ignorancia en materia de filosofía, psicología e historia de un pueblo.
El filósofo francés Paul Ricoeur, en su libro “La memoria, la historia, el olvido” explica la importancia de conservar la memoria histórica de una nación, de un pueblo o incluso de las personas que, en esencia, constituyen la sociedad. En esta obra se aborda la memoria como la presencia de lo ausente, que exige ser recordado y trae al presente imágenes cargadas de emociones en busca de justicia y reparación, tanto en el presente como en el futuro.
Es la memoria la que nos exige confrontar, en la cotidianidad, el enigma de que lo sucedido en el pasado perdura en el presente y, por consiguiente, puede ser empleado por la población para construir un futuro mejor, a pesar de que no pueda sentirse orgullosa de un pasado en el que se han cometido tantas atrocidades humanas. La memoria, entonces, del «más tarde», de la espera, de la dialéctica entre el pasado, el presente y el futuro, se convierte en la conjugación de un acontecimiento esperado con un conjunto de fechas por venir, en las que se abre un universo de posibilidades para la acción humana y la transformación. Y es así como la memoria constituye «la experiencia de la profundidad variable del tiempo»(Ricoeur, 2000, p. 238).
Retirar las obras que contienen una parte importante de nuestro acontecer y de ese pasado violento que desembocó en un proceso de paz responde a un propósito claro y dañino: borrar la memoria histórica de nuestro país. Esta memoria, que con gran dificultad se ha logrado recopilar en diversos espacios públicos, tiene el objetivo preciso no solo de mostrar tantas heridas abiertas, marcadas por la violencia partidista, por el propio Estado o por el narcotráfico, sino también de crear conciencia colectiva para evitar que en el futuro se repitan estos macabros hechos.
En ningún caso, el retiro de estas obras borrará de la mente de quienes han sufrido la violencia en sus propias vidas los recuerdos que han marcado su destino, su espíritu y, por tanto, el de nuestra patria. Sin embargo, aunque no se pueda eliminar la memoria, sí se puede impedir que muchas personas, especialmente los jóvenes que desconocen la realidad del país, se pregunten por su pasado y comprendan sus consecuencias en el presente.
El arte es conciencia: revela las épocas y las atmósferas de su entorno, y da cuenta de los hechos. Puede expresarse a través de un concepto, adoptar formas realistas o abstractas, pero siempre está en tensión con su tiempo, con los cambios y acontecimientos de su geografía y con el mundo que lo rodea.
Un ejemplo claro es el retiro de la bandera de Colombia intervenida por el artista Antonio Caro, pionero del arte conceptual en nuestro país, quien realizó dicha obra en 2012. Con ella cuestionaba la explotación indiscriminada de nuestros recursos naturales. En la obra se observa cómo el color amarillo de la bandera, que según la interpretación oficial representa la riqueza de la patria, se transforma en fragmentos de piedra de un tono gris mineral. De esta manera, cuestionaba la extracción de minerales de nuestra tierra, sin que ello significara necesariamente progreso. Con esta intervención, el artista pretendía mostrar, desde la perspectiva del arte, el daño ambiental causado a los ecosistemas de los territorios explotados.
Así que «ideologizar» las obras contenidas en un museo es padecer una miopía infinita, desconociendo el valor intrínseco de cada experiencia individual del artista, de aquel que eterniza un momento y abstrae las ideas para que otros las interpreten y dialoguen con ellas. El arte es un puente entre los hechos ocurridos, que son imborrables, y el presente que nos habita.
Hablar de «batalla cultural» es un contrasentido. Contra la cultura no se lucha; la cultura no riñe con nadie. Cambia y se transforma con el devenir de los tiempos y con los desarrollos sociales, pero no es enemiga de nadie. Calificar de «batalla cultural» las luchas del feminismo, las conquistas laborales o las reivindicaciones de quienes profesan distintos credos o deciden escoger otras formas de relación sexual no tiene cabida en la modernidad: es tanto como batallar contra la realidad.
Podrá decirse que la ideología que impera en ese universo de las derechas debe imponerse a toda costa y a cualquier precio, o que se trata de un asunto político del que se pretende obtener réditos para complacer a sus adeptos. Pero no por ello resulta justificable emprender cruzadas y librar batallas trasnochadas que el mundo moderno ya superó hace bastante tiempo.
Por último, son destacables las palabras de la maestra Doris Salcedo, quien expresa al respecto: «La cultura conlleva todos los recursos materiales y simbólicos de una nación; los une, los pone a dialogar para crear sentido, crear una inteligibilidad y un afecto dentro de los miembros de una sociedad. Lograr un espacio de hospitalidad. No tiene un solo lenguaje, es políglota».
Dentro de la cultura todos tienen cabida. Borrar los elementos que conforman un museo no borra la memoria de una nación.
Nota: Al terminar este artículo, se publicó la noticia del Fallo de Tutela, que obliga al Ministerio de las culturas a restituir las obras de las que trata este texto. Quedará por resolver la impugnación para que sea aprobada oficialmente o por el contrario se sostenga la orden del presidente.
*Abogada, Magister en Administración pública, . Autora de la obra Mujeres rescatadas del olvido.(Ed EKEPSY,2023) colaboradora de la revista Columna 7, Santa Marta.

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