Sentido adiós y el legado de una "samaria" ejemplar
- Sergio Díaz-Granados Guida
- 25 feb
- 3 Min. de lectura

Cada vez que llega este momento doloroso de decirle adiós a la gente que uno ha querido, pienso en el tiempo, en la vida y en la existencia.
Marco Aurelio escribió que lo que hacemos aquí y ahora resuena en la eternidad.
Víctor Hugo solía decir que, más que morir, cambiamos de forma para hacernos infinitos. Y Gabo nos enseñó que la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla.
La vida y la muerte están llenas de paradojas: hay instantes que parecen fugaces y, sin embargo, permanecen. Hay despedidas súbitas que se vuelven eternas en la memoria.
En medio de este dolor, exaltar su legado extraordinario se convierte en una lámpara que ilumina el camino hacia adelante.
A Silvia la conocí casi desde el primer día en que llegó a Santa Marta. Se instaló con su mamá en un condominio que había construido mi hermano Juan Pablo, y desde entonces nuestras familias forjaron un lazo sincero que perdura y perdurará en el tiempo.
Soy un convencido de que samario no es quien nace en Santa Marta, sino quien decide serlo.
Y Silvia fue siempre la más samaria. Su amor, su devoción y su entrega por el progreso de la ciudad quedaron reflejados en cada uno de sus logros.
Fuimos amigos, fuimos samarios fraternos y también aliados —ella como presidenta de la Cámara de Comercio de Santa Marta y yo como presidente ejecutivo de CAF, el banco de desarrollo de América Latina y el Caribe—.
Silvia participó activamente en la conmemoración de los 500 años de Santa Marta, en la gran conferencia que realizamos y en la consolidación de esa alianza histórica de la ciudad, por primera vez, con la banca multilateral.
También lideró el hermanamiento de Santa Marta con Sevilla; junto a una delegación de empresarios encabezó la misión y sentó bases sólidas para un trabajo que será muy provechoso para la ciudad.
Fue, además, una aliada fundamental para la organización y el éxito de la Cumbre Celac-UE que llevamos a cabo en noviembre del año pasado, recibiendo delegaciones y mostrando las maravillas de Santa Marta en un evento sin precedentes.
Su dedicación fue clave para impulsar el proyecto del Aeropuerto Simón Bolívar, que hoy cuenta con recursos garantizados.
Juntos también sacamos adelante iniciativas de apoyo —con líneas de crédito— para micro y pequeños empresarios a través de Fundemicromag, y promovimos la guía de negocios para atraer cada vez más inversión extranjera a Santa Marta.
El 30 de diciembre pasado nos reunimos en mi casa para planear el 2026 y mantener el impulso de ese trabajo que tanto la entusiasmaba.
Hablamos de la recuperación de la Catedral, la plaza, el edificio del Concejo y la Casa de Madame Augustine. Ella misma estuvo, junto a un grupo de mujeres líderes, participando en las labores de pintura del Centro Histórico.
Pero su visión iba más allá. Conversamos sobre agua, inclusión financiera y sobre cómo seguir ampliando el acceso al financiamiento para los micro y pequeños empresarios.
Y también sobre avanzar hacia la construcción de un gran centro de convenciones para Santa Marta. La ciudad está preparada para recibir eventos de más de 3.000 personas. Ese sueño —que era suyo y de todos— lo vamos a honrar.
La partida de Silvia no es un cierre: es la continuidad de un legado de trabajo, de una visión de ciudad y, sobre todo, de una forma luminosa de entender la vida.
En tiempos marcados por el desagravio, la descomposición, la rabia y la división, encontrarse con Silvia —siempre positiva, alegre y sonriente— era un respiro.
Su manera de servir demuestra que las formas importan y que aún es posible construir consensos por encima de cualquier diferencia.
Sencilla, desparpajada y profundamente humana. Una articuladora natural de la familia y la sociedad. Eso fue Silvia: una líder integradora, una samaria en toda regla.
En una de nuestras últimas conversaciones me habló de su sueño de traer ––desde todo el país y el mundo–– a mentes jóvenes samarias para pensar el futuro de la ciudad y de su gente.
Esa visión también la vamos a mantener viva.
El legado de Silvia permanecerá en cada acción que emprendamos hacia adelante: en el día a día de Santa Marta, en las pequeñas y en las grandes cosas, en esas paradojas que mencionaba al inicio.
Hoy nos embarga el dolor de la pérdida, pero también nos sostiene la gratitud y un recuerdo imborrable.
Porque la verdadera muerte es el olvido.
Y a Silvia no la vamos a olvidar.
*Presidente del Banco de America Latina y el Caribe (CAF)

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